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Nuestra Historia

El General Benjamin Herrrea 1850-1924

 
     
 

Su familia y su niñez

Concluida la guerra de emancipación llegó a Cáqueza (Cund.) Gabriel Herrera, casado con Mariana Tejeiro. Su hijo primogénito, Bernabé, pasó su niñez y juventud al lado de sus padres cultivando la labranza y cuidados del ganado; a los 19 años ingresó al Ejército Granadino como soldado; para ese entonces (1839) ya habían comenzado las guerras civiles y los jóvenes en edad militar debían ingresar a uno de los dos bandos en pugna.

Así pues, Bernabé Herrera, de sencillo labrador se convirtió en guerrero por designio político de la convulsionada nueva República. Fue siempre un militar disciplinado con un concepto rígido de la institución y del orden constitucional; por eso estuvo al lado del Presidente José Ignacio de Márquez en 1840 y de José Hilario López en 1851 en defensa del orden establecido, y en 1854 se alineó en el ejercito sublevado para derribar al General José María Melo, quien en golpe militar se había apoderado de la Presidencia de la República.

En el año de 1848, el matrimonio formado por Bernabé Herrera y Margarita Cortés, se trasladó de Bogotá a Cali hospedándose en la casa de la familia de Villaquirán Espada; allí nació su único hijo a quien llamaron Benjamín, el 24 de Junio de 1850. Con motivo del alumbramiento la madre murió, pero por fortuna el niño fue atendido desde aquellos días por la familia Villaquirán la cual era muy conocida y apreciada en la ciudad pues se dedicaba a la enseñanza en su propio establecimiento educativo.

Bernabé Herrera en 1853 contrajo segundas nupcias con Gregoria, una de las hermanas de la familia Villaquirán. En la escuela mencionada Benjamín Herrera aprendió las primeras letras, posteriormente estuvo en diferentes centros de enseñanza elemental en Bogotá, Honda y Buga a donde trasladaban a su padre, quien acostumbraba llevar a su hijo a los cuarteles para presenciar los ejércitos y desfiles militares, familiarizándose desde entonces con la rígida disciplina castrense.

Cuando Benjamín tenía trece años murió su padre, por ello tuvo que enfrentarse desde entonces a la lucha por la vida con la única protección de la familia Villaquirán, para la que guardó siempre inmenso afecto y gratitud, como solía contarlo a sus amigos. Por ese tiempo se empleó como copista en la oficina de Miguel Antonio Caro con el objeto de ganar su sustento y a la vez obtenía conocimientos al lado de tan distinguido filólogo y político.

Su juventud, personalidad y rasgos físicos

En 1865 cuando Benjamín Herrera tenía quince años ingresó a la Guardia Colombiana, nombre que el radicalismo le había dado al Ejército Federal y allí permaneció hasta 1868. Al año siguiente la tía María Encarnación Villaquirán asumió los costos de su educación en el Colegio Mayor de Popayán; desde ese tiempo manifestaba su afición por la música, la que persistió durante varios años.

En 1871 se encontraba nuevamente en Bogotá reincorporado como Oficial de la Guardia Colombiana, llamado por su instintiva vocación militar; en tal condición recibió cultura general y cursos sobre armas y táctica bélica; estos conocimientos, responsabilidad y despierta inteligencia le daban atributos suficientes para destacarse del común de la gente; desde entonces ya se percibía lo insondable de su inquieto temperamento, esa manera tan suya, siempre vertical, tanto en el furor y odio como en la simpatía y amistad, con abierta exclusión de los términos medios. Su personalidad era cautivadora y recia, y comenzaba a tener aventuras galantes en las que fue osado y seductor hasta en tiempos de edad otoñal.

En 1874 siendo Teniente se retiró de la Guardia Colombiana y se trasladó a Cúcuta. Cuando desempeñaba el cargo de telegrafista, el 18 de mayo de 1875, tembló la tierra durante 14 segundos derrumbándose 300 casas y originando la muerte de más de un millar de personas; el terremoto causó además tremendos incendios y un violento huracán aventó las llamas que permanecieron ardiendo durante tres días. La ciudad era un lúgubre sitio de escombros, heridos y cadáveres. Benjamín Herrera, sobreviviente de la catástrofe, prestó su ayuda oportuna y eficaz organizando voluntarios que establecieron una especie de guardia cívica para controlar los desmanes de los saqueadores y depredadores, hasta que llegó el ejército para asumir el control de la situación.

Posteriormente viajó a Bogotá donde fue elegido Concejal, dignidad que tuvo que dejar por haber sido llamado a prestar servicios militares en el Estado Soberano del Tolima. Por sus méritos le confirieron el grado de Coronel.

En 1883 fue trasladado a Pamplona como Comandante del Batallón de Infantería perteneciente a la Guardia Colombiana, responsable del orden público en los territorios de Santander desde Cúcuta hasta Bucaramanga. Allí conoció a María Josefa Villamizar Camargo, de familia distinguida que había hecho historia en la región; después de corto noviazgo contrajo matrimonio. Desde entonces los moradores ya demostraban alta estimación al militar de tan sobresaliente personalidad.

El ilustre jefe liberal Carlos Arango Vélez lo definió así:

"Era un hombre pequeño, como todos los grandes... delgado, musculoso, bien conformado. En la amplia oreja pegada al cráneo, en el cuello fuerte, en la nariz de un solo rasgo, en los labios firmes, en el cabello díscolo y en la raya vertical de la frente había voluntad, en el ojo aquilino y comunicativo había inteligencia y una rara energía. En las cejas pobladas y abiertas como las alas de un azar había una serena magnanimidad, cuando el ojo miraba, intimidaba; pero las cejas y también las pestañas eran un palio de benevolencia que invitaba allegar hasta el fondo mismo de la sala del alma generosísima. Tenía entonces cuarenta y tres años y usaba una barba corta pero tupida como las cejas y como el cabello y como el mostacho caucásico. Y todo eso puesto sobre el marfil de una piel de seda, no era rubio, ni negro: era de color de fuego, de bronce quemado, era leonino. El General Herrera era un león".

Desde 1894 Miguel Antonio Caro, encargado del Ejecutivo, manejaba con mano férrea el devenir político; por eso se organizó una conspiración dirigida por el Gral. Santos Acosta; el movimiento tuvo eco en algunas regiones del país pero fue finalmente derrotado y el gobierno volvió a aplicar la "ley de los caballos". Hubo muchos retenidos, dentro de ellos Benjamín Herrera quien no tuvo ninguna participación en aquellos acontecimientos, pero fue perseguido y desterrado a Venezuela. A finales de 1898 logró regresar a tierras pamplonesas para dedicarse nuevamente a sus quehaceres comerciales y en política a recomendar la resistencia civil, en ningún caso la armada, él en su experiencia guerrera sí que creía en el formidable poderío de las armas morales; pero por esa posición había quienes le motejaban de cobarde. Posteriormente demostraría lo contrario.

La guerra de los mil días

A finales del siglo XIX el liberalismo estaba excluido de toda participación en el gobierno; era un partido derrotado, relegado y escarnecido y pretendían desaparecerlo como agrupación partidista. El fraude electoral se practicaba ostensiblemente con amenazas y violencia, se le imposibilitaba la intervención en los cuerpos colegiados y la participación en los puestos públicos, había denegación de todo derecho y justicia; era la herejía política.

Fue esta situación la que obligó a Rafael Uribe Uribe, el único vocero liberal en el Congreso, a pronunciar en 1898 dramáticas y angustiadas intervenciones; en una de ellas dijo:

"...Por eso venimos hoy a deciros por última vez que nos deis libertad para exponer y defender nuestro derecho con el voto, con la pluma y con los labios; de lo contrario, nadie en el mundo tendrá poder bastante para impedir que tenga la palabra los cañones de nuestros fusiles".

Este fragmento de la famosa "Oración por la igualdad" no era una amenaza sino una predicción, como lo advirtió el orador, y era también el producto de una política que el novel líder venía desplegando contra el gobierno y contra las mismas directivas de su partido, a fin de tomar una decisión radical que resolviera la delicada situación del país.

Finalmente triunfó Uribe Uribe con sus tesis belicistas, era inevitable e indispensable hacer la guerra. La difícil situación nacional se debía a las insalvables discrepancias del partido liberal contra la hegemonía conservadora de la regeneración y así fue como el 18 de Octubre de 1899 se inició la guerra de los Mil Días.

El Generalísimo de todas las tropas liberales era Gabriel Vargas Santos. El Gral. Benjamín Herrera, designado Jefe del Ejército Revolucionario Nortesantandereano, quien por su formación militar aspiraba a comandar un gran ejército regular, es decir, uniformado marcando el paso al son de bandas de guerra y fanfarrias de pueblo, pero por falta de cargamento, dinero y ante el apresuramiento de declaración de guerra, tuvo que organizar inicialmente milicias de macheteros, negros, indios, mestizos, artesanos, estudiantes y terratenientes descontentos y sediciosos. En pocos días superó el número de tres mil hombres disciplinados y equipados. Era el Ejército del Norte.

Mientras tanto el Gral. Uribe dirigía los Ejércitos de Cundinamarca, pero no era rigurosamente obedecido ya que cada regimiento tenía un jefe y a ello se agregaba que carecía de especiales dotes de mando militar; el era consubstancialmente un intelectual, un ideólogo, no un guerrero. De todos modos, sus columnas avanzaron sobre Bucaramanga y empezó la primera gran batalla. Fue un combate desigual en que los revolucionarios liberales sacrificaron inútil y absurdamente una juventud inexperta; más de mil hombres perecieron en aquella desastrosa degollina. La derrota fue total. A pesar del fracaso el Gral. Uribe continuó la marcha y le pidió al Gral. Herrera que saliera a encontrarlo y protegiera a su disminuido ejército, como efectivamente sucedió. El Gral. Uribe pretendía desde entonces asumir la jefatura de la guerra, lo que no le permitió el Gral. Herrera y mucho menos sus tropas.

Era ostensible el distanciamiento temperamental y psíquico de los dos adalides, imposible someterse uno al otro. Eran dos personalidades contrarias, excluyentes, antagónicas y ambos tenían temples fuertes. El Gral. Uribe era nervioso y emotivo con escaso don de mando militar, en tanto que el Gral. Herrera era imperturbable, con gran capacidad de organización y aptitud para dominio castrense. El uno elocuente, extrovertido, ambicioso; el otro introvertido, prudente, modesto en demasía, firme y sereno. No se entendieron desde que se conocieron y no harían jamás amistad.

Sin embargo, los dos jefes en ese momento se lanzaron juntos tras la victoria de Peralonso. A la vanguardia iba el Gral. Herrera con sus tres mil soldados del Ejército del Norte; al centro el Gral. Uribe con el Ejército del Sur formado por setecientos hombres; y a la retaguardia el Ejército de Ocaña y Magdalena comandado por el Gral. Justo Durán integrado por ochocientos revolucionarios.

Se combatió implacable y ferozmente desde las orillas del río Peralonso contra las fuerzas gobiernistas que doblaban en soldados y recursos a las liberales, hasta que aquellas extenuadas empezaron a retirarse; el Gral. Uribe con sus soldados y algunos del Gral. Herrera, en forma temeraria y arrojada atravesaron los veinticuatro metros del puente de La Laja, obteniendo la victoria ante la desbandada del enemigo. El Gral. Herrera no pudo hacerlo por encontrarse herido.

Peralonso se había convertido así en la palabra alentadora y prodigiosa para la revolución; los fracasos y derrotas de Bucaramanga y otro sitios fueron relegados a segundo plano; se comentó mucho del heroísmo, la pericia, la destreza, el arrojo de los soldados de la revolución, y desde luego no faltaron las hipérboles y las leyendas.

Posteriormente se libraron varias batallas, célebres la de Palonegro donde fueron derrotados los ejércitos revolucionarios dejando más de siete mil muertos; en cambio en las dos de Aguadulce la victoria de los ejércitos revolucionarios fue aplastante y el prestigio del Gral. Herrera se encumbró inmensamente en el ámbito nacional e inclusive en el internacional.

Después de la capitulación del ejército gobiernista en estas últimas batallas la revolución era un movimiento triunfante en el Istmo de Panamá y una muy seria amenaza para la estabilidad del régimen. Se esperaba la gran marcha sobre Bogotá.

Los marines norteamericanos que habían desembarcado tiempo atrás del acorazado Wisconsin en el Istmo, ejercían el gobierno absoluto del Canal. No obstante las optimistas perspectivas de los revolucionarios los Estados Unidos alegando defender los intereses económicos de su país y la comunidad internacional que residía en Panamá, amenazaban con emplear sus cañones y marines contra los liberales. Simultáneamente, soplaban vientos de paz con la firma del acuerdo en la hacienda magdalenense de Neerlandia por el Gral. Rafael Uribe.

El derrotado Gral. gobiernista Víctor Salazar se dirigió al Gral. Herrera ofreciendo mediación amistosa a los jefes de los partidos en contienda. El ejército revolucionario era dueño de la situación en ese momento y podía invadir el centro del país, pero entre tanto, se perdería Panamá, lo mas conveniente para los intereses nacionales era aceptar el arbitraje. De todos modos el Gral. Herrera buscaba a todo trance la paz, hacía la guerra para lograr la concordia perdurable.

Había llegado entonces el momento histórico, decisivo, culminante, en el que se terminarían diferencias partidistas en beneficio de la integridad nacional y de la tranquilidad entre los colombianos. Y así, en acto del más elevado patriotismo, quebró su espada victoriosa y el 21 de Noviembre de 1902 firmó el Tratado de Paz de Wisconsin.

Su posición en el gobierno del General Reyes

El ominoso gobierno de José Manuel Marroquín terminó y le sucedió el de Rafael Reyes quién representaba la conciliación en tiempos de fracaso y tribulación del partido liberal. Se posesionó con su programa "menos política y mas administración" y "unión y concordia". El Gral. Herrera le ofreció su entusiasta acogida a los planes iniciales; ellos eran dos personajes con conceptos muy similares sobre el país político y la necesidad de llevar adelante el país nacional.

El liberalismo todo apoyó al Gral. Reyes, como era obvio, después de 18 años de ostracismo. Era una luz en el horizonte político y especialmente en el democrático y él le correspondió dándole participación en el gobierno. Así se formó el movimiento que se llamó de Concordia Nacional.

Era evidente que el país respiraba paz y esperanza y esa situación de la que no se tenía memoria inmediata, llevaba a los dirigentes liberales a congratularse, a veces exageradamente, con el Presidente Reyes y su obra. Pero poco a poco con el trascurso del tiempo y por diversas causas este se fue convirtiendo en dictador y tirano.

A comienzos de 1906 se presentó un atentado contra el Presidente en las afueras de Bogotá, hechos perpetrados por un grupo de jóvenes conservadores, tal vez por temor a la alianza de Reyes con los liberales. Sus autores fueron en breve tiempo sentenciados y fusilados, lo que llenó de pánico y terror a las gentes. Posteriormente el gobierno presentó a la consideración de la Asamblea Constituyente un proyecto de ley sobre reunión del Congreso Nacional y formación del mismo por elección popular, proyecto que fue aprobado. En ese momento se hizo ostensible y mas enérgica la oposición del Gral. Herrera al Presidente, porque pensaba que este acto implicaba la entrega del poder a los politiqueros que representaban la regeneración con sus desastrosos antecedentes y se inició una resistencia pasiva.

En junio de 1909 el Gral. Reyes desprestigiado, con una fuerte oposición de las Juntas Republicanas (origen de la Unión Republicana) y con protestas estudiantiles, presentó renuncia a la Presidencia de la República.

Se había producido una revolución pacífica dirigida perspicaz y hábilmente por el Gral. Herrera quien fue su inspirador y guía. Ya no era sólo el adalid militar, era también el político, el caudillo civil.

 

 

 

 
 
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