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Nuestra Historia

Enrique Olaya Herrera, un liberal Visionario

 
     
 

Infancia y Juventud

Enrique Alfredo Olaya Herrera nació el 12 de noviembre de 1880 en jurisdicción de la idílica población boyacense de Guateque. Sus padres fueron don Justiniano Olaya y doña Emperatriz Herrera. Doña Emperatriz, mujer de carácter dulce, pero imbuida de un patriotismo fervoroso, hizo honor a su nombre e imperó en los sentimientos de su hijo al inculcarle un amor sin límites por su país y por su pueblo. Su compañero de faenas políticas y periodistas, y también biógrafo, José Manuel Pérez Sarmiento, dice que "el espectáculo de la vida rural ofrecía sólo algunas visiones que suscitaron en el alma infantil pensamientos inolvidables. Olaya Herrera recibió de su madre el despertar de su alma ardiente y a la vez bondadosa".

No hay manera de explicar, ni siquiera con los avances de la ciencia, al menos por ahora, en qué consiste el fuego interior que anima a los espíritus superiores. Olaya Herrera lo traía desde el vientre materno, y su precocidad, además de los estímulos maternales, bien pudo ser alimentado por el ambiente de paraíso en que vivió su primera etapa infantil.

A loa ocho años, y de manera casi repentina, dejó los juegos propios de su edad y se aplicó a redactar, con el título elocuente de El Patriota, un periódico manuscrito que contenía artículos de crítica y encendidas exaltaciones de las maravillas de su región natal. El Patriota llegó a las redacciones de los principales periódicos de la capital y de las provincias. En Bogotá lo elogiaron, y en Medellín causó tanta impresión al director de El Espectador, que en 1891 don Fidel Cano consagró la precoz carrera periodística del director de El Patriota al nombrarlo corresponsal exclusivo de El Espectador en Boyacá. Olaya no cumplía aún los once años. Era un niño de elevada estatura, de mirada profunda e inquieta, y de cabellos rubios, por lo cual, tanto sus amigos como sus enemigos, lo llamaba con cariño, o con dejo despectivo, "el mono Olaya".

Olaya Herrera nació a tiempo que agonizaba el régimen radical librecambista y que el movimiento regenerador proteccionista, encabezado por Rafael Núñez, se adueñaba de la escena política colombiana. La batalla entre la coalición liberal conservadora, que se denominó Partido Nacional, y el grupo hasta entonces dueño del poder, calificado por Núñez como "Olimpo Radical", fue ardua y tensa entre los años de 1880 y 1885, y culminó con el breve pero sangriento conflicto de los radicales contra el Gobierno de Núñez a finales de 1884. Los radicales perdieron la guerra y muchos de ellos, como el expresidente Santiago Pérez, Juan de Dios Uribe, Fidel cano, César Conto y Luis a Robles marcharon al exilio, o tuvieron que resignarse a convivir con el nuevo orden impuesto por la Regeneración victoriosa y apoyado por una amplia mayoría que deseaba sustituir el caos radical por algo de "libertad y orden".

La familia de Enrique Olaya Herrera pertenecía al más puro radicalismo decimonónico, y el joven Olaya profesaba con entusiasmo esos principios cuando llegó a Bogotá en pleno auge de La Regeneración, a comienzos de 1892. En la capital, Olaya frecuentó los círculos radicales, que hacían la oposición al Gobierno presidido por el designado Carlos Holguín, en un clima dentro del cual la libertad de expresión vivía del recuerdo melancólico, y todavía fresco, de las épocas en que no se le atravesaba límite alguno. La fuerte personalidad de Enrique Olaya Herrera, que se consideraba a sí mismo como un hombre de disciplina germánica, sufriría a menudo las contradicciones internas entre su gusto por la autoridad firme e inexorable, y su pasión por la filosofía liberal, y una de las muestras de sus sabiduría política es que siempre supo ejercer la primera sin perjuicio de la segunda.

Olaya Herrera tenía el poder extraordinario de dominar y regular sus pasiones y sentimientos, de no permitirles que, bajo un impulso irracional, pudieran llevarlo a actos injustos de apreciación o de acción. A los catorce años, ya establecido en Bogotá como estudiante, era el colaborador más activo de El Fonógrafo, un periódico juvenil que dirigían los hermanos Alberto y Samuel Williamson. En él, Olaya Herrera orientaba la parte ideológica con tanta sensatez que ya se le consideraba como uno de los líderes naturales de la nueva generación. Una especie de joven prodigio. En uno de los editoriales de El Fonógrafo, Olaya Herrera escribe: "Yo tengo ciertas ideas: cuando veo que los adversarios, aquellos que no participan de mis creencias, se muestran intransigentes y quisieran en su rabia arrancar el corazón de sus adversarios, yo los compadezco. Cuando una causa es justa, no se defiende con arrebatos de ira: se defiende con razones, y si los enemigos tienen la fuerza bruta, se exclama como Galileo: E pur si muove. Al entrar los jóvenes en la lucha por la vida debemos abandonar todo odio: entrar serenos al combate y apoyar siempre a todo aquel que tenga la razón".

Este credo por la convicción en la justicia de su causa lo mantendría Olaya Herrera en el curso de su vida agitada e intensa. Si creíamos justa la causa que apoyábamos, debíamos luchar por ella hasta la muerte. Si esa causa perdía su justicia, debíamos abandonarla de inmediato, sin importar reclamos, ni reproches.

Las tormentas bélicas se habían calmado cuando Olaya Herrera ingresó a la Universidad en 1896; pero el ambiente político se agitaba en las intensas emociones de la primera gran campaña electoral que se realizaba con entera libertad, después de casi una década de dominio absoluto del Partido Nacional. Los liberales aspiraban a conseguir dos o tres escaños en el Senado y otros tantos en la Cámara, y en su afán para lograrlo impulsaron una protesta masiva contra lo que los líderes del liberalismo denominaban, con razón, el fraude oficial. El Joven liberal de diez y seis años, Enrique Olaya Herrera, trabajó sin descanso en la recolección de firmas que adhirieran a esta protesta, incluida la suya y la de otros jóvenes, como él, menores de edad.

Sus estudios de Derecho los efectuó Olaya Herrera en la Universidad, que era, al mismo tiempo, el bastión de las ideas liberales. La Universidad Republicana había sido fundada diez años antes, en 1886, con el nombre de Externado de Derecho, por liberales ilustrados como Nicolás Pinzón Warlosten y José Herrera Olarte. Olaya Herrera encontró allí grandes maestros, no sólo de la Cátedra Jurídica, sino de la doctrina liberal, de la talla de Luis A. Robles, a quien sus alumnos y copartidarios llamaban "el negro"; del filósofo, poeta y dramaturgo Carlos Arturo Torres; del ensayista y polemista Diego Mendoza Pérez; del humanista Antonio José Iregui, o del veterano economista Aníbal Galindo.

Pérez Sarmiento describe la vida universitaria de Olaya: "Las clases principiaban a las siete de la mañana y a esa hora ya estaba Enrique Olaya Herrera, puntual como un inglés, muy limpio y muy bien peinado, con el cabello partido por raya a la izquierda y levantado en la frente. En las clases era siempre el primero, pendiente de las palabras del profesor, haciéndole atinadas observaciones, muy correcto en sus maneras, muy suave en el trato, siempre en sus labios una sonrisa benévola".

Los condiscípulos de Olaya Herrera lo recuerdan como un estudiante disciplinado, demasiado disciplinado para ser tan joven, sin vicios grandes ni chicos, que no fumó jamás, ni se pasó de copas, y en cuyos devaneos amorosos, si los tuvo, privó una discreción exquisita. Y como dirigente, era un agitador fogoso que podía mover grandes masas con la elocuencia de su palabra, como lo probó con la enorme manifestación estudiantil que organizó en 1898 para apoyar la intervención de los Estados Unidos en favor de la liberación de Cuba.

Todas las semanas Olaya Herrera recibía de sus padres, desde el ubérrimo Valle de Tenza, unas cuantas canastadas de chirimoyas, que el joven universitario consumía por entero, según recuerdan sus compañeros de aula; pero no solo de chirimoyas se nutría Olaya Herrera. El dinero que recibía de la casa paterna lo invertía íntegro en la compra de libros y periódicos, pues era un devorador de lecturas mucha más que de chirimoyas, y estaba convencido de que la persona que no alimenta su espíritu no es otra cosa que un cadáver ambulante. No se sabe a qué horas dormía. Pasaba leyendo o escribiendo hasta bien entrada la noche, y en el día, entre sus estudios, sus actividades periodísticas y políticas, no tenía minuto de descanso. Colaboraba en El Republicano, de Diego Mendoza, Carlos Arturo Torres y José Camacho Carreño, y publicaba su propio semanario, El Estudiante, cuyos editoriales leía con su hermosa voz de barítono ante un grupo de alumnos de la Universidad Republicana.

Era un orador fuera de serie, tal vez el más impactante de su generación y de su tiempo, y bien con discurso escrito o improvisado, siempre asombraba y convencía al auditorio con su elocuencia y su capacidad de ahondar en los conceptos.

Pacifista por esencia y predicador constante contra el odio y el fanatismo, y en procura de la convivencia fraternal entre compatriotas, Olaya Herrera no rehuiría sus responsabilidades como liberal en los graves momentos que se aproximaban y que para él comenzarían con el trance más amargo de su vida.

Las Huellas de la Guerra

Debilitada la unión liberal por las continuas derrotas en el campo militar y en el electoral, afloró la división cuando Rafael Uribe Uribe tuvo serias diferencias con sus compañeros de la redacción de El Republicano, diario que desde 1896 expresaba el pensamiento del partido de oposición. No hubo modo de zurcir el roto abierto en el liberalismo. Uribe Uribe se fue al campo, a trabajar en una finca cafetera, pero desde allí dirigió las actividades del grupo que se conoció como uribista y que se enfrentó a la fracción oficialista, orientada por el expresidente Aquileo Parra. En 1898 Uribe Uribe regresó a Bogotá y fundó un diario con el nombre de El Autonomista, de cuya redacción encargó al poeta e intelectual Maximiliano Grillo.

La juventud liberal se sentía más atraída por el carácter romántico de la disidencia de Uribe Uribe, y por la enérgica y legendaria figura del caudillo antioqueño, que por las voces adustas de los directores oficiales del Partido. Olaya Herrera era ya, en ese momento, la figura juvenil más prominente del liberalismo, y empujado por su entusiasmo hacia el doctor y general Rafael Uribe Uribe, y por su abrumadora vocación periodística, ingresó como gacetillero en El Autonomista, donde entabló con Max Grillo una larga amistad intelectual que se conservó inalterable hasta los últimos días de la vida de Olaya.

Un año después, al concluir 1899, Olaya Herrera sufrió una pena indecible, la pérdida del ser por quien profesaba un amor rayano en la adoración. Su madre, doña Emperatriz Herrera, que dos años antes se había mudado de Guateque a Bogotá, murió en la noche del 10 de noviembre, en los brazos de la viuda del expresidente José Eusebio Otálora, doña Mercedes González, mientras Enrique desempeñaba sus labores en El Autonomista.

No había pasado una semana cuando su gran dolor personal se vio eclipsado por un acontecimiento terrible. El 17 de noviembre estalló la guerra civil, que sería conocida como Guerra de los Mil Días. Los liberales uribistas corrieron a las armas. Los directoristas se declararon adversos a la guerra y se abstuvieron de participar en la contienda.

Gracias a José Manuel Pérez Sarmiento conservamos el registro de la acción de Olaya Herrera en ese conflicto. "La Universidad cerró sus puertas, los estudiantes nos dispersamos para ir unos a los campamentos, otros a las prisiones. Muchos murieron heroicamente. Todos supimos cumplir nuestro deber de liberales en esas horas de peligro y de angustia, en esos momentos de prueba para nuestro partido. Uno de los primeros en acudir a las toldas liberales fue Olaya Herrera. Burlando la vigilancia de la policía abandonó la capital y cerca de Facatativá se presentó una mañana al general Cenón Figueredo, quien acogió con la más viva simpatía al joven que iba a ofrecer su vida por el triunfo de las ideas.

El general Figueredo lo nombró abanderado de su fuerza. Envuelto en un bayetón, por el lado rojo, llevando en la mano la bandera en diversas acciones de armas, el joven soldado boyacense se portó con extraordinario valor. En el combate de Nocaima, para enardecer a los compañeros, coronó una cima, punto estratégico de gran importancia, que era indispensable ocupar. Las balas enemigas se dirigían a él por su estatura. Envuelto en el bayetón rojo, el abanderado hacía un magnífico blanco. Los proyectiles silbaban a su alrededor, pero Olaya, sereno y heroico, pudo llegar sano y salvo a la anhelada posición".

Después de dos años de lucha, la guerra de los mil días entró en una lenta, pero indudable agonía. El ejército regular del liberalismo estaba aniquilado y sólo las guerrillas sostenían con increíbles tenacidad y valor, en el campo de batalla, las ideas liberales.

Como muchos otros jóvenes que habían estado peleando con denuedo y sin pausa, Olaya Herrera, ante la completa derrota y la dispersión del ejército liberal, enfrentó la dicotomía de unirse a la guerrilla invencible del general Marín, o acogerse a la amnistía decretada por el Gobierno para quienes depusieran las armas y retornaran a sus hogares, previa promesa de no apoyar ninguna actividad bélica.

De la espada a la pluma

Olaya estaba agotado, y en los últimos meses era serio el deterioro de su salud. No tenía caso continuar en una contienda de la que apenas ardían ahora los últimos rescoldos y que antes de un año habría terminado. Regresó a Bogotá, y tras unas semanas de descanso y reparación, retornó a su actividad infatigable. Con su compañero de Universidad, José Manuel Pérez Sarmiento, fundó un diario destinado a defender los derechos de los liberales vencidos.

El Comercio, dirigido por Pérez Sarmiento, comenzó a circular el 1o. de noviembre de 1901, con la columna editorial a cargo de Enrique Olaya Herrera. En el primer número, con su prosa clara y directa, Olaya Herrera fijó posiciones y puso distancias: "No debiendo el Partido Liberal abdicar de su derecho a intervenir en la dirección de los negocios comunes, el grupo de jóvenes de ese Partido que escribirá en este diario, aspira a contribuir con sus opiniones al estudio de los problemas de gravedad intensa que todos los colombianos por sí mismos tienen el derecho y el deber ineludible de resolver… La labor suprema en estos momentos de general desventura es el desarme moral de los corazones. El odio no puede ni debe sobrevivir a la contienda. Si existiera en el vencedor, se haría indigno de su triunfo; si en el vencido, le daría a aquel un pretexto, o si se quiere, una razón para la persecución en la hora precisa de la mutua amnistía".

Para atender sus necesidades personales y contribuir al sostenimiento económico de El Comercio, Olaya Herrera fundó en Bogotá una agencia judicial y de cambio, el 26 de noviembre de 1901. Multiplicaba su tiempo de una manera prodigiosa, que le permitió realizar labores tan disímiles como atender la agencia, escribir los editoriales diarios de El Comercio, continuar sus estudios de derecho, interrumpidos por tres años, y participar con mucha actividad en la áspera política de posguerra.

El Comercio fue el primer diario liberal que circuló en Bogotá cuando la guerra aún se mantenía por parte de la guerrilla. Al autorizar su aparición el Gobierno quería dar una muestra de tolerancia y de buena voluntad hacia la oposición cuasivencida. El equipo inicial lo conformaron intelectuales del más alto vuelo, algunos de ellos integrantes de la Gruta simbólica. Baldomero Sanín Cano, Julio Flórez, Clímaco Soto Borda, Rafael Espinosa Guzmán, Víctor M. Londoño, Gustavo Gaitán Orjuela, Ricardo Hinestroza Daza, el Director, José Manuel Pérez Sarmiento, Max Grillo y Enrique Olaya Herrera. Las ediciones de El Comercio se suspendieron un años después, en noviembre de 1902, a tiempo que se firmaba la paz definitiva, y el 26 de enero de 1903 reapareció con formato nuevo y mejoras notables, bajo la dirección tripartita de Enrique Olaya Herrera, José Manuel Pérez Sarmiento y Eduardo González Camargo.

Los liberales pacifistas, a su turno, publicaron desde mayo de 1902 un diario, El Nuevo Tiempo, que formulaba acres ataques a los uribistas. En El Comercio Olaya Herrera respondió con vehemencia y tachó a su colega de diario "adocenado y servil". El tono espeso de la polémica suscitó la intervención del Gobernador de Cundinamarca, don Jorge Vélez, quien advirtió a El Comercio que moderara sus opiniones o sería clausurado. Olaya Herrera hizo caso omiso de las advertencias oficiales, y el Gobierno le impuso a El Comercio la multa astronómica de quinientos pesos, suma que no poseían los propietarios del diario, por donde Olaya Herrera y Pérez Sarmiento fueron llevados a prisión. Enseguida cuarenta y cuatro liberales uribistas de Bogotá reunieron los quinientos pesos y pagaron la multa de los directores de El Comercio, que informó al respecto: "Dos días han permanecido los señores Olaya Herrera y Pérez Sarmiento en un lugar infecto, sin ninguna higiene, vigilados por polizontes groseros como si se tratara de reos de delitos feroces, y no fueron puestos en libertad sino hasta que se pagó íntegro el valor de la multa con tan enorme injusticia decretada".

Sin dejarse intimidar por las arbitrariedades de la autoridad, Olaya Herrera enfrentó la fuerte censura contra la prensa, decretada por el Ministro de Guerra, Arístides Fernández, en marzo de 1903, y le ganó la pelea al poderoso personaje. El Presidente Marroquín desactivó la censura y Fernández tuvo que renunciar al Ministerio.

Como periodista, Enrique Olaya Herrera inició este oficio en Colombia tal como hoy se lo conoce. Fue un modernizador en toda la línea, tanto en las labores tecnológicas y administrativas, como en las intelectuales. Pérez Sarmiento lo recuerda: "Dábase al periódico tan por entero que, para quienes trabajábamos a su lado, era motivo de frecuente curiosidad averiguar a qué hora descansaba. De ordinario, él estaba en la redacción de los primeros; y cuando, concluidas las tareas, que él iniciaba y dirigía personalmente, nos retirábamos de la oficina, allí se quedaba él. Allí le encontrábamos al volver; allí estaba hasta que, ajustado y cerrado el periódico, Olaya Herrera abandonaba la redacción, generalmente solo, pues no le gustaban esas cortes de admiradores más o menos sinceros de que otras personalidades gustan de acompañarse. No sólo no le agradaban, sino que consideraba como indiscreciones intolerables tales oficiosidades, que en más de una ocasión sabía esquivar hábilmente".

En marzo de 1904 Olaya Herrera se retiró de El Comercio. Había cumplido su propósito de crear un gran diario, que alcanzó en menos de tres años un tiraje promedio de tres mil quinientos ejemplares diarios, cifra colosal para la época. Era una característica de la personalidad de Olaya cambiar a menudo de ambiente, siempre con la vista fija en su meta primordial: la política.

Olaya Herrera se retiró de El Comercio con el pretexto de aceptar una comisión hecha por los jefes liberales Rafael Uribe Uribe y Nicolás Esguerra para ofrecerle la jefatura suprema del partido al expresidente Sergio Camargo, que vivía retirado en la población boyacense de Miraflores. Los comisionados hicieron el viaje a lomo de mula, y por el camino se les unió el periodista santandereano Guillermo Forero Franco, con quien Olaya Herrera encontró una nueva afinidad en el periodismo y a quien consideró el socio más apropiado para continuar su afición de fundar un diario detrás de otro, lo que para Olaya parecía ser un reto irresistible.

A su retorno de Miraflores, Enrique Olaya Herrera se dedicó a escribir su tesis sobre Libertad Condicional, con la que obtuvo en el Externado de Derecho su grado de doctor en Derecho y Ciencias Políticas, el 10 de septiembre de 1904. Cinco días después publicó, en codirección con Guillermo Forero Franco, el diario El Mercurio, que pronto superó en circulación a El Comercio y que se ubicó como el más importante de Bogotá, después de El Nuevo Tiempo.

Los liberales orientados por Uribe Uribe habían resuelto apoyar la candidatura presidencial del general Rafael Reyes. Olaya Herrera puso El Mercurio al servicio de esta candidatura, rechazada por una fracción del liberalismo –la de los antiguos pacifistas—y por casi todo el conservatismo, que apoyaba la del general Joaquín F. Vélez. Reyes ganó las elecciones con holgada mayoría y llamó enseguida a colaborar en su gobierno a los liberales uribistas. Olaya Herrera aceptó el puesto de Director de la Sección 4a. del Ministerio de Relaciones Exteriores. A comienzos de 1906 el general Benjamín Herrera, que era, junto con Uribe Uribe, la figura liberal más prestigiosa, fue nombrado enviado extraordinario y Ministro Plenipotenciario en Venezuela.

En marzo del mismo año, el Presidente Reyes designó a Olaya Herrera como Secretario de la Legación de Colombia en Caracas. Olaya Herrera dejó la sección 4a. del Ministerio, y la dirección de El Mercurio, y viajó a Caracas, donde a su llegada en los últimos días de abril, se le brindó una inesperada recepción apoteósica y se le acogió como a la figura mayor de la nueva generación colombiana. La estancia de Olaya en la capital venezolana fue breve.

Anota Pérez Sarmiento: "Desde Venezuela regresó a Bogotá y luego hizo su primer viaje a Europa, a fin de perfeccionar sus estudios en ciencias políticas y económicas en la Sorbona de París, y en la Universidad de Bruselas, institutos en los cuales adquirió más sólidos conocimientos".

Olaya Herrera permaneció en Europa cerca de año y medio. Regreso a Bogotá a mediados de 1908; pero no era el mismo partidario del Gobierno de Reyes, ni el seguidor devoto de Uribe Uribe. Volvió con ideas propias, dispuesto a enfrentar la dictadura del general Reyes y a crear un partido nuevo, depurado de los errores y de las malas mañas de los partidos tradicionales. No tendría conmiseración con sus adversarios, ni temor alguno por lo que pudiera sucederle en medio de los numerosos peligros a que se exponía.

El jefe republicano

Olaya Herrera reanudó su papel en la historia de Colombia con su afición favorita: fundar un periódico. Gaceta Republicana apareció el 16 de noviembre de 1908 como vocero de la oposición al Presidente Reyes, y como heraldo de los objetivos de esta oposición, que eran los de formar bajo el lema de unión republicana a los liberales y a los conservadores adversos al Gobierno dictatorial de Rafael Reyes. El gobernante, acosado por una crisis cambiaria y financiera devastadora clausuró Gaceta Republicana en su tercer número y ordenó someter a vigilancia a Olaya Herrera. Sin embargo, los agudos editoriales de los tres números de Gaceta habían activado y articulado la oposición. El 13 de marzo de 1909 grupos de estudiantes se reunieron en la Plaza de Bolívar para pedir la renuncia del Presidente Reyes. Olaya Herrera se trepó a la tribuna y arengó a los estudiantes. Desató un emocionante motín que provocó la renuncia de Reyes.

Esteban Jaramillo lo ve de esta forma: "Tenía Olaya Herrera una enorme facilidad de redacción y a ello se debe sin duda que su obra literaria haya sido más brillante que profunda, menos severa y concisa que sonora y desenvuelta. Pero ante todo era un gran orador, uno de nuestros más grande oradores, tribunicios y parlamentarios. Olaya debió en gran parte su fama y su prestigio, sus grandes éxitos ante la democracia, a esa oratoria avasalladora, que en pocos minutos realizaba el prodigio de la compenetración espiritual del orador con el auditorio. Su elevada estatura, su voz vibrante de artísticas modulaciones, su ademán imponente, su gesto expresivo, la misma inclinación habitual de su cuerpo, su mirada atrayente, la acción amplia y pausada, la facilidad, el fuego y la elocuencia de la dicción, hacían de él un orador que no ha tenido en Colombia quizá otro parecido".

A partir del 13 de marzo Olaya Herrera se convierte en la figura más influyente del país por los próximos veintiocho años. Al día siguiente, el 14 de marzo, Reyes reconsideró su renuncia y reasumió el Poder Ejecutivo. Olaya Herrera fue detenido y permaneció tres meses en la cárcel, donde escribió el libro Camino del Presidio, en el que analiza los acontecimientos del 13 de marzo y sus antecedentes. Mientras tanto, afuera, las manifestaciones contra Reyes se sucedían y la crisis económica estaba paralizando las actividades. Reyes presentó su renuncia definitiva el 10 de junio y salió del país. Al mismo tiempo salió Olaya de la cárcel y reanudó sin demora la publicación de Gaceta Republicana, que reapareció el 26 de julio e impulsó con mayores bríos la formación de un gobierno de unión republicana, porque, según Olaya, "este país no está maduro todavía para los gobiernos de partido; necesitamos aún, durante varios períodos presidenciales, gobiernos de concentración, que pongan todas las capacidades al servicio del país y que sean una permanente salvaguardia del orden y de la tranquilidad públicas".

Olaya Herrera se consagró a la dirección de Gaceta Republicana y a la organización de la Unión Republicana. Apoyó la asunción del mando por parte del Vicepresidente, Ramón González Valencia, quien debería concluir el período constitucional de Rafael Reyes, y realizó con el nuevo mandatario una entrevista que reveló en Olaya a un reportero moderno e incisivo.

Adelantó en Gaceta Republicana campañas que tuvieron eco estrepitoso y que conmovieron a la sociedad en sus cimientos. Las dos más notables fueron la encuesta sobre la pena de muerte, que Olaya quería ver abolida, y que fue abolida, en efecto, en la reforma constitucional de 1910; y la segunda, la campaña contra el proyecto de ley de prensa, propiciado por el Presidente González Valencia, que pretendía restringir la libertad de expresión y establecer los delitos de opinión. El proyecto fue archivado.

Cuando se produjo en 1903 la separación de panamá, uno de los críticos más serios de este hecho que conmovió tan profundamente al país, fue Olaya Herrera. Desde entonces había estado advirtiendo sobre los peligros que amenazaban la independencia y la soberanía de las naciones latinoamericanas. En 1909, al aproximarse el centenario de la Independencia, y cuando su generación se alistaba para entrar en la vida pública, Olaya redoblo las alarmas. Estas palabras suyas, escritas hace noventa y cuatro años, tienen hoy un preocupante sabor de actualidad: "Debemos pensar que la obra de la Independencia no está todavía completa. La Independencia de los países de América Latina, situados en la región tropical, se halla en peligro. Si continúa el desbarajuste administrativo y las contiendas internas, el siglo XX presenciará la desaparición de las repúblicas hispanoamericanas como entidades soberanas e independientes". ¿No es lo que estamos viendo ahora?

El éxito incuestionable de Gaceta Republicana, que había alcanzado en tiraje y prestigio a El Nuevo Tiempo, le permitió a Olaya Herrera traer maquinaria propia para la impresión y composición de su diario, y entre los elementos importados se contaba el primer linotipo que llegó al país y que le dio a Gaceta la posibilidad de modernizar tipografía y diseño y tomar ventaja sobre sus competidores.

La campaña para la Asamblea Nacional Constituyente comenzó en febrero de 1910. Fue fragosa y llena de problemas para los aspirantes republicanos, que debían lidiar, por un lado, con los conservadores apoyados por el clero, y por otro con los liberales de Rafael Uribe Uribe, sin contar con los independientes, que ventiaban palo para todos lados. Sin embargo Olaya Herrera, Nicolás Esguerra y otros miembros de la Unión Republicana obtuvieron un buen número de escaños, aunque minoritario, en la Asamblea Nacional que se reunió el 14 de mayo de 1910 con el propósito de modificar la Constitución y elegir presidente de la República para el período de 1910 a 1914.

Sobre la Asamblea nacional se desató una granizada de candidaturas presidenciales. Ante la objeción de que la Asamblea carecía de facultades para elegir Presidente, pues eran privativas del Congreso, Olaya Herrera presentó un proyecto por el cual la Asamblea adquiría carácter de Congreso ordinario. A continuación comenzó la puja presidencialista. Olaya y los republicanos presentaron la candidatura del antioqueño Carlos E. Restrepo, cuyo rival más fuerte era el conservador bogotano José Vicente Concha. Tras discusiones tumultuosas, alianzas y contra alianzas, y polémicas de todo género, se realizó la elección presidencial el 15 de junio de 1901. Gracias al trabajo incansable realizado por Olaya Herrera, el candidato republicano Carlos E. Restrepo fue elegido presidente de la República, con 23 votos, por diez y ocho a favor de su contendiente José Vicente Concha.

Carlos E. Restrepo se posesionó el 7 de agosto de 1910 y en su gabinete nombró como Ministro de Relaciones Exteriores a Enrique Olaya Herrera, que entonces tenía treinta años.

Del Ministerio al Ministerio pasando por la pedreria, Santiago, naufragio, Nueva York y Bogotá

Ahora le tocaría a Olaya representar el papel opuesto al que había venido desempeñando, y pasar de crítico a criticado, de periodista a funcionario. El Partido republicano estaba creado y era el Partido de Gobierno. Lo atacaron con crudeza los opositores partido liberal y partido conservador, y los objetivos principales de la arremetida opositora fueron el Presidente y su ministro de Relaciones, cabezas visibles del republicanismo. El joven periodista Laureano Gómez, desde su periódico La Unidad, se ensañó en la persona del canciller. Unos de los calificativos más suaves que le aplicó fueron los de "incapaz" y "tartufo".

Cuando contrajo matrimonio, Olaya Herrera ya no era Canciller. Había sorteado una violenta tempestad política con motivo del conflicto con el Perú, originado en la quiebra de la Casa comercial Arana, y de la derrota humillante sufrida por las tropas colombianas en el ridículo combate de La Pedrera, frontera con el Perú, el 10 de julio de 1911. Olaya Herrera, como canciller, hizo esfuerzos mayúsculos para evitar que las relaciones con el Perú llegaran a la ruptura, no obstante el clamor nacional por una guerra santa contra los invasores. Olaya Herrera realizó un trabajo diplomático tan eficaz que culminó en la firma de un "modus vivendi" fronterizo colombo peruano, que evitó la guerra y nos ahorró grandes calamidades. Citado al parlamento por el senador liberal Uribe Uribe, que lo acusó de imprevisión y negligencia en el asunto de La Pedrera, Olaya Herrera sostuvo con su antiguo jefe un duelo parlamentario que hizo contener la respiración del país. "El ministro Olaya Herrera era digno contendor del diputado Uribe Uribe. Difícilmente volverá a verse un debate tan emocionante como aquél", cuenta José Manuel Pérez Sarmiento.

La salud de Olaya Herrera comenzó a experimentar los primeros síntomas de una enfermedad que se iría agravando con los años y que se manifestaría en gripes de extrema severidad, como la que lo postró en el lecho en la primera quincena de octubre de 1911. Renunció al Ministerio de Relaciones el 15 de noviembre y el Presidente Carlos E. Restrepo lo nombró Ministro Plenipotenciario de Colombia ante el Gobierno de Chile. Contrajo matrimonio en Bogotá con la señorita María Teresa Londoño Sáenz, en ceremonia oficiada por el nuncio de su santidad, Monseñor Ragonessi, el 2 de diciembre de 1911, y una semana después siguió para Santiago en compañía de su esposa. Trabajó de manera incansable para fomentar las relaciones de Colombia con los países australes. El gran diario bonaerense La Prensa lo elogió como a uno de los más brillantes estadistas suramericanos.

La primera hija del matrimonio Olaya Londoño nació en Santiago de Chile en diciembre de 1912 y fue bautizada María Emperatriz.

Como era su costumbre, ante la imposibilidad de atender en persona la dirección de su diario, en julio de 1913 Olaya Herrera les vendió Gaceta Republicana a los periodistas Luis Cano y Arturo Manrique. Un año más tarde renunció a su cargo diplomático en Chile y se embarcó rumbo a Nueva York en el vapor Van Dyck, sin sospechar que en pocos días su viaje tendría en vilo a los colombianos.

El vapor Van Dyck fue hundido por un submarino alemán el 26 de octubre de 1914 a la altura de las costas de Brasil. Las primeras noticias que llegaron a Colombia indicaban que todos los pasajeros, entre ellos el ex canciller Enrique Olaya Herrera y su familia, habían perecido. La consternación se apoderó del país; pero hacia mediados de noviembre los cables aclararon que el propio submarino alemán había recogido a los náufragos, y que el doctor Enrique Olaya Herrera y su familia estaban fuera de peligro.

Olaya prosiguió su viaje a Nueva York, donde gestionó la compra de una rotativa Dúplex, la primera que sería instalada en Colombia. Una vez más, el niño periodista de Guateque le daba un impulso fundamental a la tecnología del periodismo colombiano.

Se embarcó en Nueva York de regreso a Colombia el 21 de enero de 1915. Llegó a Barranquilla el 1o. de febrero y a Bogotá el 15. Se le tributó una recepción multitudinaria por parte de los republicanos, aunque Olaya se abstuvo de aceptar la postulación a la Cámara. Estaba entregado al montaje de un nuevo periódico, El Diario Nacional, primer rotativo colombiano, que aparecería como vespertino el 16 de septiembre de 1915. El 12 de noviembre nació la segunda y última hija del matrimonio Olaya Londoño, bautizada Lucía Teresa.

En los cinco años siguientes Olaya Herrera ocupó la primera fila, como periodista y como político, en los sucesos más trascendentales de la vida colombiana. Cuando entendió que el Partido Republicano se había reducido a un canapé desde el que luchaban con inútil coraje los doctores Alfonso Villegas Restrepo, Eduardo Santos, Simón Araújo, Armando Solano, Luis Cano y Luis Eduardo Nieto Caballero, dio el viraje de regreso a las filas liberales e inició, con Benjamín Herrera, con Alfonso López y con Enrique Santos Montejo la modernización del liberalismo.

Admirador irreducible de las virtudes de la raza alemana, Olaya Herrera era partidario de que Colombia se conservara neutral en el inmenso conflicto que devastaba a la humanidad desde agosto de 1914; sin embargo, no vaciló en expresar, el día de la fiesta nacional del Imperio Alemán, el 26 de enero, cumpleaños del Emperador, un cálido elogio de Alemania, y el 3 octubre de 1917 se confesó germanófilo, sin que demorara la respuesta del Ministro de Inglaterra, que el 4 de octubre declaró incluidos a Enrique Olaya Herrera y a su periódico, El Diario Nacional, en las listas negras de los aliados. Frente a esta reacción exagerada de los ingleses, Olaya Herrera mantuvo una actitud erguida; pero su retiro del republicanismo y su simpatía por los alemanes lo habían distanciado de su amigo Eduardo Santos, con quien se enfrascó al año siguiente en duras polémicas.

Cuando Olaya Herrera analizó la inconveniencia de que Colombia rompiera su neutralidad, Eduardo Santos le respondió que esa neutralidad olía a germanofilia. Olaya no contra replicó. Habiendo advertido que la guerra estaba a punto de liquidarse a favor de los aliados escribió en su periódico que la paz mundial era inminente y que para Colombia llegaba en un momento excepcionalmente oportuno. Recibidas las primeras noticias del fin de la guerra, Olaya Herrero efectuó de inmediato una encuesta entre banqueros, comerciantes y escritores con la pregunta "¿Qué repercusiones políticas y económicas tendrá para nosotros la conclusión de la guerra?" El tema sirvió para que el país dejara de divagar y se concentrará en sus problemas.

Uno de los cuales, y no el menor, era la revolución rusa de octubre de 1917, que en Colombia tuvo efectos inmediatos. Por primera vez surgieron en el país las huelgas sociales, cargadas de violencia. El 8 de enero de 1918 estalló en Santa Marta una huelga de obreros del banano, con varios muertos y heridos, sobre la que Olaya Herrera opinó que "no ha tenido otro motivo que expresar el desaliento por el malestar económico". El mismo día estallaron huelgas en Cartagena y Barranquilla. Se paralizaron transportes, fábricas y comercio y la policía disparó a discreción sobre los huelguistas, con saldo trágico.

Enrique Olaya Herrera defendió con energía el derecho de los trabajadores a reclamar, mediante el paro, contra los salarios injustos que devengaban; analizó la crisis fabril en Colombia y predijo que de no suspender las medidas represivas y cambiarlas por una reforma social, podría generarse un desastroso paro general. Poco después Bogotá siguió el ejemplo de los obreros de la costa y pararon los trabajadores de la fábrica de cigarrillos Hidalgos, por causa de los bajos salarios; en Bucaramanga se declaró en paro el poder judicial porque hacía siete meses no les pagaban los sueldos, y por la misma razón iniciaron el cese de labores los empleados de la Imprenta Nacional. Después hubo una huelga general en Tumaco y al finalizar el año los obreros de Bogotá, en número cercano a cinco mil, realizaron una gran manifestación para reclamar por el derecho de huelga y otros derechos que hubieran sido impensables un año antes.

La gravedad de la situación acercó de nuevo a Olaya y a Santos y pactaron que en adelante el programa del Partido Liberal, si llegaba al poder, sería una reforma social gigantesca que acabara de una vez por todas con las grandes injusticias de un sistema económico estructurado para beneficio exclusivo de una casta de privilegiados.

En febrero de 1910 Olaya Herrera planteó en su periódico la pregunta clave: "Estamos en la hora de la revolución social ¿Podrá el socialismo realizar sus ideales en paz? Un año después, en enero de 1920, el mismo respondió que el socialismo, como estaba planteado por los soviets, era una utopía irrealizable, y que el Partido Liberal de Colombia debería trabajar con base en los postulados Reforma Social, sí; revolución, no.

Participó en 1918 de la coalición que respaldó la candidatura de Guillermo valencia contra la clerical conservadora de Marco Fidel Suárez. Derrotada la coalición, y posesionado el señor Suárez de la presidencia, enfrentó una oposición implacable y peligrosa para la estabilidad institucional, porque los adversarios del señor Suárez eran ni nada más ni nada menos que Eduardo Santos, de la izquierda republicana; Laureano Gómez, de la izquierda conservadora; y Alfonso López, de la izquierda liberal.

Olaya Herrera trató de impedir la caída del Gobierno de Marco Fidel Suárez, cantada con anticipación por algunos arúspices del periodismo como el Bobo Borda, quien había escrito en Gil Blas que el señor Suárez no terminaría su período. Olaya, además de admirar las cualidades humanísticas de Suárez, y la sinceridad con que el presidente intentaba formar el mejor de los Gobiernos, creía que nada sería tan trágico para el país democrático como interrumpir abruptamente un período presidencial legítimo; pero en 1921, los efectos de la crisis mundial de posguerra agudizaron la crisis social de Colombia, creció el desempleo y la crisis económica puso en jaque la estabilidad financiera.

Presionado por estos factores, y por una corriente incontrolable de opinión adversa, renunció el Presidente marco Fidel Suárez. Asumió la presidencia el designado, Jorge Holguín, y nombró Ministro de Agricultura a Enrique Olaya Herrera, cargo que ejerció hasta noviembre, para pasar por segunda vez a la cartera de Relaciones Exteriores, en la que apenas duró diez y siete días, entre el 8 y el 24 de noviembre de 1921. En abril del año siguiente se le ofreció, y él aceptó , el cargo de Enviado Extraordinario y Ministro Plenipotenciario de Colombia en Washington.

Presidencia y los últimos años

Al cabo de un largo período de ocho años de la más fecunda gestión diplomática a favor de su Patria, Olaya Herrera atendió el llamado que los liberales, orientados por Eduardo Santos, le hicieron, por acuerdo unánime, para que regresara a Bogotá a encabezar la reconquista del poder para el liberalismo. Olaya Herrera no quiso aceptar su candidatura en nombre de un partido, sino de una Concentración Nacional que hiciera viable un Gobierno destinado a garantizar la reforma social, la paz, la prosperidad y el bienestar de los colombianos. Con estos programas, Olaya Herrera derrotó en las elecciones de 1930 a sus contrincantes conservadores, el poeta Guillermo Valencia y el general Alfredo Vásquez Cobo, y tomó posesión de la Presidencia el 7 de agosto de 1930, próximo a cumplir los cincuenta años.

De acuerdo con José Manuel Pérez Sarmiento: "Su Gobierno no fue de reacción sino de garantía para todos, de adelanto para el país, de conciliación y de paz. Cuando se presentó el conflicto con el Perú, con la colaboración de eminentes compatriotas de los dos partidos políticos, en su carácter de director de relaciones exteriores y jefe supremo del ejército, obtuvo que en Leticia no se derramara una sola gota de sangre, y durante el año que esa población estuvo administrada por la Sociedad de las naciones, la República adquirió elementos suficientes para defender su integridad y sostener sus derechos por la fuerza, si ello fuere necesario".

La administración de Olaya Herrera no sólo sorteó con éxito el conflicto con el Perú, sino la crisis económica más grave de su historia, provocada por la recesión mundial. El manejo que le dieron Olaya Herrera, y su ministro de hacienda, Esteban Jaramillo, fue una obra de magia económica.

El país superó la crisis, y al concluir el cuatrienio presidido por Olaya, la transformación de Colombia era monumental en todos los aspectos. Resultaba difícil reconocer en la de 1934 a la misma nación cuya presidencia asumió Olaya Herrera cuatro años antes, acompañado por un equipo de generación que, también es verdad, no se ha vuelto a dar.

La impagable lección que nos dejó Olaya Herrera, y que parece que hemos olvidado, es la de que a un gobernante no se elige para que busque excusas por su falta de acción. A un gobernante se le elige para que actúe, sean cuales sean los obstáculos que se le presenten. Olaya Herrera no salió al balcón a llorar ante las gentes para explicarles que la guerra con el Perú, que la crisis mundial, que la oposición de Laureano le habían impedido gobernar o actuar. Olaya Herrera, ante esas adversidades, actuó, las venció y cumplió con lujo los programas a que se había comprometido con los colombianos.

Enrique Santos Montejo, Calibán, juzgó así la administración de Olaya: "No ha menester el período presidencial de 1930 a 1934, regido por el doctor Enrique Olaya Herrera, de la perspectiva histórica para ser juzgado. Las consecuencias benéficas de todo orden que se derivarán de este primer ensayo de gobierno verdadero que ha hecho Colombia, perdurarán mucho tiempo aún y serán cada día más patentes; pero la obra inmediata, la realización magnífica, están a la vista, pueden admirarse como un paisaje de extraordinaria belleza, que se apodera de nuestros sentidos tan pronto lo contemplamos. Esto explica por qué el pueblo colombiano, la masa trabajadora, las clases medias y elevadas, no esperaron al ilusorio fallo de la posteridad, y rindieron al Presidente de la república, a la hora en que tornaba a la vida privada, el más grandioso homenaje que hombre alguno haya recibido aquí".

La culminación de su período presidencial no significó el retiro de Olaya Herrera de la actividad pública. Su sucesor, Alfonso López, le encargó de la cancillería a partir del 30 de enero de 1935, para dirigir los últimos detalles del tratado con el Perú. Concluido con resultados satisfactorios para Colombia, López le ofreció a Olaya la jefatura de nuestra misión en Roma. Cuando comenzó a barajarse el posible sucesor de Alfonso López, el nombre de Enrique Olaya Herrera recibió el respaldo pleno de los liberales para una segunda administración en el período de 1938 a 1942. Olaya aceptó la postulación y se preparaba para regresar a Bogotá. Su vieja enfermedad lo atacó de nuevo y esta vez con agresión fulminante. Enrique Olaya Herrera falleció en Roma el 18 de febrero de 1937.

El país entero se estremeció con la trágica noticia y cada quien sintió la repentina muerte de Olaya Herrera como un duelo personal, como lo registra Pérez Sarmiento: "Desde su llegada al país, el cadáver del doctor Olaya Herrera tuvo la compañía permanente del pueblo. Es pasmoso este ejemplo de fidelidad de la masa al hombre. Cali, Ibagué, Bogotá, son tres etapas al través de las cuales se expresó la misma angustia; pero el homenaje que rindió la capital tuvo una especial significación: lo rindió la Bogotá apática y ecléctica, parca en el elogio como pródiga en la crítica, a la que no se reconocía una capacidad para emocionarse. Toda su vida espiritual se conmovió, se alteró el ritmo habitual de sus actividades… y el pueblo todo se olvidó de que había al menos la necesidad de enjugar las lágrimas: las dejó correr como corrían en otro tiempo los manantiales libres de la represa mecánica. Nunca presenció la capital nada tan emocionante, tan intensamente sentido y grandioso como el homenaje rendido al doctor Olaya Herrera al acompañar los restos del grande estadista hasta el cementerio".

Enrique Olaya Herrera fue un espíritu visionario porque tuvo sus ojos puestos siempre en el presente. Nunca creyó que quienes tienen el honor de hacer parte de la clase dirigente pueden arrogarse el derecho de exigir sacrificios a sus conciudadanos, ni comprometerse a otro deber que no sea el de poner todas sus capacidades en alcanzar la meta suprema de brindarles oportunidad de igualdades, trabajo digno y grandes esperanzas de felicidad. Un reformador social con la visión y la grandeza suficientes para entender los anhelos y las necesidades de su pueblo y hacer de sus mejores sueños una realidad que, aún hoy, nos ilumina.

 
 
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