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Nuestra Historia

Virgilio Barco: Un hombre de partido

 
     
 

Barco, a lo largo de su vida y de su trayectoria pública fue un hombre indefectiblemente afecto, intelectual y sentimentalmente, a su partido, el PARTIDO LIBERAL COLOMBIANO. Lo cual significaba, de por sí, que jamás fue un hombre dogmático ni tampoco abrazado a una ideología hermética, cerrada e intolerante. Barco, más allá de un simple partidario, fue un militante activo de un partido político que, con sus virtudes y sus desvíos, con sus aciertos y con sus posibles extravíos, había estado presente en todas las vicisitudes del democrático y a veces laberíntico proceso de conformación y construcción de la historia republicana de Colombia; y cuyo quehacer y el de sus dirigentes se entrelazaba con los caminos, logros y padecimientos de la Nación. Barco, para decirlo de otra manera, estuvo siempre vinculado a su partido con un entrañable amor de patria.

Barco, remontaba la identidad con su partido a los albores de la nacionalidad y a la génesis de la existencia de sus partidos históricos. Aquí nos encontramos en un santuario de la historia de Colombia en donde se rinde homenaje a la memoria del General Francisco de Paula Santander. Y por acá debe estar bien alineada la invaluable colección, compuesta por más de sesenta tomos, sobre la vida y la obra del General Santander. Barco consideraba que si el prócer Antonio Nariño era considerado como el precursor de los derechos del hombre, como base y fundamento de dignidad del individuo, Santander, el "Hombre de las Leyes", debía ser considerado como el primero y más egregio vocero de lo que denominados en la terminología política contemporánea como el ESTADO DE DERECHO, base esencial del rechazo a toda forma de absolutismo y postulado esencial de cualquiera forma de organización democrática del Estado.

"Si las armas os han dado la independencia, las leyes os darán la libertad".

Esta lapidaria frase, como así aparece gravada en nuestro capitolio republicano, templo insustituible en donde se forjan las leyes que estructuran y rigen el funcionamiento del Estado y que establecen los necesario límites a la libertad en el comportamiento de los individuos, es un enunciado básico o un postulado fundador en nuestra historia republicana.

Quizás este enunciado fundamental, pronunciado en el tiempo de los orígenes de nuestra República, haya contribuido a que a lo largo de nuestro discurrir histórico, éste haya estado ensombrecido, por muy breves períodos y en raras coyunturas, por las oscuras sombras del absolutismo, a diferencia de lo que ha acontecido con dolorosa frecuencia en casi todos los demás países de la América hispano-portuguesa.

Pero la devoción liberal de Barco hacia Santander, como el "hombre de las leyes", también obedecía a que identificó en él al impulsor, hasta donde las circunstancias de la época lo permitían, del ESTADO LAICO, con una respetuosa distancia y separación del absorvente poder eclesiástico.

Santander, para el sentimiento de Barco, fue también un promotor de la enseñanza pública.

Nos hemos detenido en el arraigo de las convicciones liberales de Barco en la obra y la personalidad del General Francisco de Paula Santander, por cuanto en él identificó, como lo hacen no pocos historiadores, la primera personalidad de un político y de un gobernante, que dio vida e inspiración a lo que había de ser el Partido Liberal Colombiano que estaría en las mentes y en el corazón de muchos colombianos, especialmente entre sus capas más desposeídas o menos privilegiadas, en toda la travesía histórica, hoy lamentablemente desfalleciente, del Partido.

Barco profesó especial admiración por muchas de aquellas personalidades que, desde el gobierno o desde la dura oposición, fueron configurando la no siempre rectilínea trayectoria histórica del Partido Liberal. José Hilario López, con su legislación poniendo fin en Colombia a la esclavitud. Los convencionistas que promulgaron una constitución, quizás un tanto utópica o prematura, en 1.863. Don Ezequiel Rojas, visionario de las posibilidades de incrementar, mediante una prudente desregulación, el libre intercambio comercial. Manuel Murillo Toro, emprendedor de tareas integracionistas de la Nación. Don Aquileo Parra, con su sabiduría y su discreción provincianas. Y más tarde Benjamín Herrera y Rafael Uribe Uribe, no obstante las actitudes un tanto caudillescas, las infortunadas incursiones de Uribe Uribe en la economía privada y sus veleidades doctrinarias que le aportaron prematura confusión al pensamiento liberal.

Ya en los tiempos modernos, supo comprender el ímpetu transformador de Alfonso López Pumarejo y Darío Echandia, que supieron restablecer y profundizar los vínculos afectivos de las grandes masas populares con el Partido Liberal Colombiano, gracias a las inaplazables reformas políticas, sociales y económicas, oportunas y adecuadas en su momento histórico, que lograron un comienzo de desprendimiento de la sociedad colombiana de sus anquilosadas estructuras de cuño feudal y abrir horizontes hacía las posibilidades del advenimiento de una sociedad en trance de modernización.

Barco, en sus primeras batallas como actor protagónico y dirigente regional de Partido, en su natal ámbito localista del Norte de Santander, se unió a la vertiente liberal que lideró Jorge Eliécer Gaitán, por considerarla la más cercana y la que mejor interpretaba, en su momento, los sentimientos y los anhelos de las capas con menores privilegios de la sociedad colombiana. Sin embargo, en ningún momento, planteó la posibilidad de una disidencia escicionista y mucho menos personalista dentro del conglomerado de su partido. Siempre creyó útil, a través de su larga correría política y en determinadas circunstancias, alguna confrontación interna que mantuviera y afianzará la proclividad liberal hacia las canteras populares y que evitara el surgimiento de personalidades de tipo caudillista y de conductas excluyentes.

Barco participó en las trincheras de primera línea en la batalla para separar del poder al General Gustavo Rojas Pinilla, gobernante de facto que ejercía una forma bastante peculiar de dictadura, que pugnaba, obviamente, con las doctrinas y el pensamiento del Partido Liberal Colombiano.

Como miembro activo, a nombre del Partido Liberal, hizo parte del movimiento denominado el Frente Nacional, movimiento que luego después de haber promovido y participado en la caída del gobierno de facto de Rojas Pinilla, asumiría la responsabilidad de reconstruir y consolidar las instituciones y las formalidades propias de la democracia, en el conjunto del Estado Colombiano.

Participó como Ministro de Obras Públicas en el primer gobierno del Frente Nacional presidido por Alberto Lleras Camargo. Asimismo, en el gabinete original del segundo gobierno del Frente nacional, presidido éste por Guillermo León Valencia, ocupó la cartera de Agricultura.

Desde el Ministerio de Obras Públicas, a más de haber impulsado proyectos vitales para el desarrollo del país como el ferrocarril del Magdalena y la carretera Panamericana; de haber concebido y realizado en la Plaza Mayor de Bogotá, el más amplio espacio cívico, apto para congregar en él grandes masas para que en forma multitudinaria expresaran allí sus reivindicaciones, sus inquietudes cívicas y sus adhesiones y afectos políticos, proyectó y realizó un plan vial de carreteras marginales que penetraban en el corazón de las llamadas "Republicas Independientes", dominadas hasta entonces por grupos de ideologías y prácticas totalitarias, abriendo así, con la presencia del Estado, un amplio espacio al campesinado pobre, minifundista.

En el Ministerio de Agricultura, entre otras estrategias de favorecimiento al trabajo de las sufridas masas campesinas, puso en marcha la llamada "operación maíz", la cual incremento enormemente el área cultivada, creo empleo rural y contribuyó a la seguridad alimentaría de las capas pobres del país.

Del Ministerio de Agricultura le correspondió retirarse prontamente en razón de que sus convicciones liberales lo llevaron a oponerse a ciertas prácticas de corrupción administrativa que aparecían en alguna entidad adscrita a su Ministerio y cuyos gestores estaban protegidos por el gobernante de turno.

En el gobierno presidido por el doctor Carlos Lleras Restrepo fue llamado a desempeñar el cargo de Alcalde Mayor de la ciudad de Bogotá. Su gestión como Alcalde es harto memorable puesto que durante su mandato se produjeron profundas transformaciones en la vida y en la estructura de la ciudad y se sentaron las bases y los antecedentes para la realización de una ciudad moderna, como lo es hoy en muchos aspectos de la ciudad de Bogotá.

Pero limitémonos a enunciar algunas obras y tareas que reflejan con gran claridad su espíritu y sus convicciones liberales, en el ejercicio de su gobierno en la capital de la República.

Pueden destacarse, entre múltiples tareas con el sello liberal y popular, la legalización de inmuebles en barrios de invasión o de construcción espontánea, en los cuales organizó la titularización de los predios, se adecuaron sus vías de acceso y las de tránsito interno, algunas de ellas simplemente peatonales por la morfología de los terrenos, se extendió hasta ellos las redes de electricidad y el alumbrado público, se instalaron, en sitios de fácil acceso, teléfonos de moneda. Se proyectó y se realizó el plan maestro de alcantarillado en su primera etapa, plan que cambió, en lo esencial, la calidad de vida de barrios de bajos estratos en el sur de la ciudad. Se realizó, igualmente, un gran plan para crear zonas verdes y espacios públicos para cultura y recreación, dentro de los cuales vale la pena recordar, por su magnitud y por su importancia en el desarrollo de la zona en que está ubicado, el hoy bien conocido parque "El Tunal".

La educación pública, especialmente el acceso a la educación básica de los hijos de familias de bajos ingresos, fue objeto de una preocupación constante, de un gran esfuerzo y memorables logros, como tarea inspirada en los sentimientos y las preocupaciones de la personalidad liberal de Barco.

El sentido y el objeto del trazado de la malla vial de Bogotá fueron en parte determinados por la necesidad de comunicar los barrios de estratos medio e inferiores del sur de la ciudad con los ubicados en la parte norte. Para tal efecto se proyectó y construyó la avenida 68 y se hizo el diseño de la avenida Boyacá. Antes de la construcción de la avenida 68 para trasladarse de un barrio del suroccidente de la ciudad como el barrio Kennedy o Timiza a un barrio del noroccidente como Quirigua o el Minuto de Dios, era necesario desplazarse en un largo recorrido en forma de trapecio que consistía en llegar al centro de la ciudad y después transitar por barrios como Santafé, Teusaquillo, Chapinero, y tomar en la calle 63 o la 80 el rumbo hacía el occidente.

Nos haríamos interminables reseñando la asombrosa tarea realizada y proyectada por Barco en los tres años que duró su administración. Pero todo ello transcurrió en un contexto político que hoy es oportuno y útil destacar. Todo ese conjunto de obras y tareas, con clara orientación liberal por su preocupación permanente de favorecer, principalmente, los estratos de la urbe menos privilegiados y con mayores carencias, se realizó sin el menor asomó de demagogia. La convocatoria a la ciudadanía para aceptar y participar en las obras y tareas, se hizo siempre tratando de estimular sus sentimientos y actividades inspiradas en un espíritu cívico que se logró inculcar y activar entre las más variadas capas de la población de la capital.

Otra caracterización política de esta obra de Barco, la cual puede ser observada también en su desempeño en las carteras ministeriales en las cuales prestó su servicio al país, fue la ausencia de cualquier usufructo de los resultados de su gestión con fines de proselitismo político personalista, ni como preparativo, antesala o peldaño para escalar nuevas posiciones en el Estado o en la organización partidaria.

Nunca Barco intentó formar o constituir un grupo político en torno a su persona. Por eso es posible afirmar categóricamente que nunca dentro del Partido Liberal Colombiano existió una corriente, un nicho, o una forma de aglutinación cualquiera que hubiera podido, con propiedad, denominarse como "Barquismo". Es esta una razón histórica que explica el porqué Barco llegó a la Dirección de su partido y a la Presidencia de la República con el único rótulo del Partido Liberal Colombiano, sin apelaciones aditivas a organizaciones partidistas extrañas o extranjeras, y pudo aglutinar en torno a su candidatura liberal a todas las vertientes de su partido – con excepción del en ese entonces apodado "galanismo" – vertientes muchas de estas distinguidas con el enunciativo de particulares apellidos.

La campaña presidencial de Barco se hizo con un solo rótulo y bajo una sola bandera: PARTIDO LIBERAL COLOMBIANO. Y ejerció su mandato presidencial, en interés de todos los colombianos, pero a nombre y con las doctrinas del PARTIDO LIBERAL. Prueba de ello, si fuese necesaria alguna, fue la formulación de su esquema GOBIERNO-OPOSICION. En su gabinete de gobierno durante los cuatro años, y después de haber cumplido formalmente alguna exigencia de la Constitución Política del momento, sólo se nombraron ministros de reconocida afiliación al Partido Liberal.

A la administración Barco le correspondió afrontar, en forma trágica y dramática, la arremetida terrorista, atroz y permanente, de la delincuencia organizada que buscaba por todos los medios asegurar su impunidad, desestabilizando la organización y el funcionamiento de las instituciones del Estado.

La administración Barco, contando con precarios recursos materiales, pero apoyándose en su convicción y su responsabilidad de defender la vigencia de las instituciones democráticas, hecho mano de todos los instrumentos legales a su alcance, jueces especiales y ocultos, testigos sin rostro, extradición por vía administrativa, pero procurando en todo momento que no se incurriese en ningún quebrantamiento del Estado de Derecho.

Pero mientras libraba esta ardua y difícil batalla contra la delincuencia poderosamente organizada, sin apartarse del rigor liberal del respeto a los derechos humanos, puso en marcha una de las acciones más amplias y de más eficacia para cumplir con sus compromisos de campaña y con sus convicciones de gobernante liberal. "EL PLAN NACIONAL DE REHABILITACION – PNR", el cual se había institucionalizado ya en la administración Betancur, y que se constituyó en la administración Barco en el gran instrumento dinamizador de la lucha contra la pobreza absoluta y como gran estimulante de la convivencia y la pacificación del país.

El PNR, con su peculiar metodología, llegó con su actividad y su organización funcional, sin aparato burocrático, a los villorrios más pobres, a las aldeas más necesitadas, a las áreas más conflictivas, a los rincones más desvalidos y olvidados. Con presupuesto modesto puso en marcha la realización de pequeñas e indispensables obras como caminos y puentes veredales, pequeños acueductos y sistemas sanitarios, escuelas primarias, puestos rurales o semiurbanos de salud, modestos locales comunitarios y de actividad cultural. Y todas estas tareas se contrataban con pequeños grupos locales que se organizaban para la realización de trabajo asociado, forma de contratación que se autorizó mediante legislación expresa, la cual aún permanece vigente, con la cual se obviaba el tener que recurrir a la voracidad, a los formalismos y las indelicadezas que han sido, infortunadamente, la característica de los contratistas profesionales vinculados a las telarañas políticas locales, y en cuyos marcos y procedimientos desaparecía, y desaparece, una buena porción del presupuesto asignado a cada determinado proyecto, si es que éste se realizaba, así fuera parcialmente.

Con la acción desplegada por el gobierno, con su clara inspiración de gobierno liberal, se remedió en un puntaje significativo el crónico desempleo de la periferia aldeana o rural; se redujeron impresionantemente los índices de población situada en el nivel de la pobreza absoluta, y se hizo presencia y se le dió respetabilidad al Estado, en muchos lugares y en capas de la población para quienes la noción de su existencia era prácticamente desconocida.

En las barriadas urbanas, durante la administración Barco, se dio un especial impulso, y se creo una famosa y fructífera actividad, un programa social cuyas raíces venían desde la administración liberal de Carlos LLeras Restrepo: el proyecto de Madres Comunitarias, incrustado en las entrañas de las necesidades de la población más desprotegida, dentro de la estructura gubernamental del Instituto Colombiano de Bienestar Familiar. La amplia cobertura de este proyecto tuvo dos efectos bien importantes para la población de menos recursos: permitió la escolarización temprana de hijos de madres trabajadoras y mejoró el balance nutricional de los niños protegidos por el programa.

En materia educativa se trató de regularizar la situación de los maestros, agrupados en el sindicato beligerante e intransigente que el país conoce, creando un gran fondo que garantizara el pago oportuno de las prestaciones de los docentes. En esta forma se trató de estabilizar y, por consiguiente, mejorar la educación pública básica.

En fin, no nos detendremos más en los proyectos, programas y realizaciones, en el campo de lo social, que se patrocinaron y se realizaron en la administración liberal del Presidente Barco. Pero es necesario señalar, como clarificación histórica, que toda la política social del Presidente Barco fue el fruto de sus profundas convicciones de liberal colombiano, e inspiradas en las mejores tradiciones del Partido Liberal Colombiano y en el arraigo que esas tradiciones tenían en las grandes masas populares, en las cuales predominaba la vivencia de un partido que siempre había participado en las contiendas sociales y políticas en defensa de las reivindicaciones populares.

Barco nunca invocó, ni jamás hizo mención de doctrinas extranjeras ni de ideologías internacionales, ni mucho menos buscó fundamentar en ellas su política social y las decisiones económicas de su gobierno. Solamente utilizó la densa documentación de la ONU para ayudar a esclarecer temas como el de la lucha contra la pobreza absoluta y problemas de educación, salud, sanidad y vivienda.

De allí que para las grandes masas del Partido Liberal haya resultado algo extraño, sin explicación histórica y doctrinaria, el que su partido, con una tradición de luchas populares antigua y auténtica en un país en desarrollo, haya buscado acogerse al amparo de una cofradía de partidos cuyo origen proviene de países desarrollados. Es muy probable que la alardeada afiliación del Partido Liberal Colombiano a la brumosa Internacional Socialista, en lugar de estrechar los lazos y la adhesión de las gentes populares a su tradicional organización partidista, les haya creado un cierto grado de confusión y desasosiego.

Es posible, también, que haya suscitado en la militancia liberal algunos interrogantes sobre la perdida de vigencia y actualidad de los postulados y de las tendencias y orientaciones doctrinarias de su partido, que lo llevasen a comparecer con rótulos y formulaciones que le eran extrañas.

Las grandes mayorías liberales nunca fueron socialistas: Los partidos socialistas en Colombia fueron la creación, sin trascendencia electoral, de meritorios intelectuales y académicos como Guillermo Hernández Rodríguez, Gerardo Molina, Antonio García, para citar algunos nombres de destacadas personalidades. Algunos, entre ellos, libraron valerosas batallas en defensa de las reivindicaciones populares, pero nunca alcanzaron a tener capacidad de convocatoria popular, de alguna significación o trascendencia.

Por lo demás, existe un antagonismo doctrinario entre los principios y las convicciones que constituyen la esencia de un partido abierto y sensibilizado a toda la dinámica y los impulsos populares, y un partido basado en la ideología hermética y totalizante que caracteriza e identifica el socialismo.

Pero sigamos adelante en este esfuerzo de escrutinio del pensamiento liberal y su conducta de gobernante, inspirada siempre en los sentimientos y arraigos de su partido. Cuál fue la razón doctrinaria para que Barco, en los finales de su período presidencial, planteara la necesidad de buscar un giro o una evolución hacia una apertura, gradual y prudente, de la economía colombiana, que permitiese, sin detrimento de los intereses populares, ir levantando los cerrojos ya herrumbrosos colocados en acatamiento a las viejas teorías "cepalistas" del crecimiento "hacía dentro"?.

Podemos asegurar que en la biblioteca de Barco, bien surtida por cierto de pensamiento económico y social, no sobresalían las obras del austriaco Von Mises, ni las del inglés Popper, ni las del norteamericano, Premio Nóbel de economía, Hayek, ni las del francés Revel, para citar algunos de los más eminentes expositores de las doctrinas, no siempre homogéneas ni enteramente concordantes, de la corriente del pensamiento social que se ha agrupado o catalogado como "neoliberalismo".

El planteamiento hacia una necesaria modalidad de apertura económica de la estructura productiva y comercial de Colombia no tuvo ninguna fuente de inspiración en las corrientes de pensamiento denominadas "neoliberales". Era una ineludible reacción frente a un hecho del devenir histórico del marco universal dentro del cual estaba incrustada la nación colombiana. Se trataba del predominio rotundo de la democracia de estirpe capitalista y empresarial en el mundo y en la civilización occidental. La democracia capitalista tiene como uno, entre otros, de sus cimientos, el MERCADO. Y las necesidades del "mercado" conducían y conducen hacia el tan denostado fenómeno de la globalización.

Mantener cerrada y aislada del mundo la economía colombiana nos habría convertido en una especie de asteroide, sin centro de gravitación, extraviado en alguna oscura curvatura del cosmos.

La necesidad de la apertura económica no significaba que ella pudiese realizarse siguiendo manuales o cartillas de dudoso origen, producto, a veces, de burdas traducciones o interpretaciones. Tampoco podía ser conducida por operadores inexpertos, inhábiles y mucho menos inescrupulosos.

Fue un poco este fenómeno el que se presentó en la fase inicial del proceso de apertura económica y el que causó algunos efectos bastante negativos y aún catastróficos en nuestra economía y en la estructura integral de nuestra sociedad.

Metafóricamente, el proceso de la apertura económica puede compararse a la de la apertura, en una voluminosa represa, de su compuerta maestra. Sí se hace con la suficiente pericia y con la necesaria prudencia, el agua controlada en la liberación de la represa debe producir efectos positivos y enriquecedores como la generación de energía, la alimentación de acueductos y el funcionamiento de distritos de riego. Pero si la apertura de la compuerta se hace sin técnica y sin conocimiento claro de sus consecuencias, puede producir inundaciones catastróficas, daños y destrucción.

Es necesario, además, en el caso de la apertura económica de un país, que quienes la diseñan y la operan posean, no sólo un suficiente conocimiento de la realidad del país, sino, igualmente, que estén compenetrados de una profunda inspiración patriótica y tengan capacidad de evaluar sus consecuencias, especialmente de carácter social, a partir de criterios y de una sensibilidad profundamente liberales. Ello significa que en las decisiones para llevar adelante los procesos de apertura económica, es necesario precaver los efectos negativos que tales procesos pueden acarrear para las grandes masas, y para las capas de población más desvalidas, como es el caso, en Colombia, de gran parte de la población campesina.

Ese espíritu liberal debe llevar a la búsqueda y aplicación de fórmulas, programas y proyectos que no solamente contrarresten las consecuencias adversas de un proceso de apertura económica, sino que también abran nuevos horizontes de progreso y de bienestar a las comunidades más desvalidas.

El Partido Liberal Colombiano, en aquella etapa del proceso, al parecer no entendió la responsabilidad que le correspondía asumir, ni la oportunidad de hacerlo, ni cual era una postura liberal conveniente y no confrontante frente al tema.

Lo que ha quedado de aquella importante coyuntura de la vida nacional fue la de crear otro motivo de antagonismo y confusión en las filas del Partido. Quienes detentaban, precisamente, los puestos de comando del partido, se amparaban en las banderas de la Social-Democracia y en los dogmas de la Internacional-Socialista para oponerse a toda forma de apertura económica como contraria, en forma general y sin precisión alguna, a la soberanía nacional y a los intereses populares. Y lo más grave, a estigmatizar a quienes propendían por la realización de la necesaria apertura económica, así su realización se adelantase precaviendo, en lo posible, los intereses de las capas populares y en especial, del campesinado pobre. Esta estigmatización llevó a una de las simplificaciones más dañinas en la vida del Partido Liberal: la de denominar, peyorativamente, como "neoliberales" a quienes no se identificaban con la dogmática social-demócrata.

Para mayor infortunio del Partido, un gobierno liberal, por incompetencia en el manejo de los instrumentos y por una injustificada precipitud, abrió las compuertas de la economía, sin una suficiente preocupación por la salvaguardia de los intereses populares. Y así se justificó la contienda que tenía sentido ventilarla, como tantos otros temas de carácter económico, en el interior del Partido. Pero ello, infortunadamente, no ocurrió así. Las distintas vertientes del Partido, que deben existir en un conglomerado abierto y sin dogmatismos ideológicos, se convirtieron, como ya era una tendencia un tanto inveterada, en pequeños feudos personalistas, una vez más identificados por ismos no de doctrinas o principios, pero si de apellidos.

La historia reciente del partido, especialmente en la etapa posterior a la administración liberal del Presidente Barco, parece enseñarnos que su reconstrucción no puede significar la eliminación de las controversias en temas operativos en la aplicación de las esquivas e inciertas fórmulas y procedimientos de carácter económico. Pero esa reconstrucción tampoco puede ser el resultado, ni limitarse a la fusión o integración formal de los pequeños feudos que tienen nombre propio y clientela definida y limitada.

Esa reconstrucción del Partido Liberal Colombiano debe provenir no de acuerdos en los clubes de la capital de dirigentes que lo son más por los titulares de prensa que por su ascendiente y liderazgo frente al pueblo liberal. Debe ser el fruto del reverdecimiento y de la nueva florescencia del Partido en los núcleos populares. Ello significa que la dirección del Partido, para su reconstrucción, debe tener la capacidad para abrir de nuevo en pueblos y ciudades las casas del Partido; para poner en acción, no burocrática sino fervorosa, los desaparecidos directorios barriales, municipales y departamentales; para edificar de nuevo la gran pirámide nacional vivificada y puesta en fructífera actividad política, por la savia, que a través de ella circule desde las amplias bases de la pirámide hasta su cúpula dirigente, del perenne e inagotable espíritu liberal.

Cuando los aspirantes a cualquier clase de representación popular, sólo para lograr algún ahorro electoral solicitan el aval del Partido pero luego ocultan su identificación y no agitan ni enarbolan los principios, programas y distintivos del Partido, y en adelante lo hagan de nuevo; cuando en las sedes, que deben ser los templos del Partido, y en las esquinas y plazas donde se encuentre su refrescada militancia vuelva a escucharse a pulmón abierto, con fe, con alegría y con convicción los tres gritos de combate del Partido, los tres vivas al Partido Liberal, entonces podremos decir que el Partido Liberal Colombiano ha recuperado, resurgiendo de lo más profundo de las entrañas de la Nación, su infatigable e interminable marcha, abriendo caminos de esperanza, en el horizonte de nuestra historia, a las grandes masas que un día depositaron su fe y su confianza en la construcción de una renovada y pujante sociedad.

Estas reflexiones me aparecen en la imaginación tratando de rememorar el pensamiento y la conducta liberales de Barco quien no fue, ni pretendió que se le reconociera como tal, ni un liberal social.-demócrata ni un liberal "neoliberal". Barco fue, y hasta la hora presente así se le ha reconocido, como el ULTIMO LIBERAL RADICAL, que procuraba siempre el mayor beneficio para el grupo social colocado en los estratos de la sociedad con la peor posición material.

VIRGILIO BARCO UN SERVIDOR PUBLICO

Ocupémonos, ahora, de lo que hemos indicado como uno de los rasgos más caracterizantes de la vida, el pensamiento y la gestión pública de Virgilio Barco. Trataremos de fundamentar la afirmación rotunda de que Barco, a lo largo de más de medio siglo de actividad en la esfera política, fue siempre, y nunca trató de tener un rol diferente entre sus conciudadanos, un SERVIDOR PUBLICO.

Digamos, para comenzar, que el calificativo de SERVIDOR PUBLICO, en su acepción más estricta y rigurosa, no debe ser aplicable a quien en forma temporal o fortuita desempeña una gestión pública. Tampoco debe ser válido este calificativo para quienes en determinadas coyunturas políticas, abandonan transitoriamente su desempeño en el mundo de la activad privada y asumen funciones parlamentarias o gubernamentales, así en el ejercicio de ellas adquieran una cierta relevancia o liderazgo. El verdadero servidor público, con alguna similitud con la dedicación total de un gran artista, bien sea en las artes plásticas o en la esfera de la música, dedican la integridad de su capacidad vital e intelectual al cultivo y realización de su arte. También puede pensarse en lo que acontece en el ámbito de la vida religiosa con la tarea sacerdotal, o la contemplativa o la de servicio al prójimo.

Todo ello requiere, en grado superlativo, de una irrefrenable vocación, de una profunda convicción y de una dedicación sin pausa ni altibajos.

En la actividad política, limitémonos al panorama de nuestro país. Es cierto que siempre ha existido una gama de personalidades que han hecho de la actividad política un exclusivo y particular modo de vida. Pero el sólo profesionalismo político no es suficiente para merecer el calificativo de SERVIDOR PUBLICO. Por qué razón? Porque a la actividad política, así sea en forma permanente y profesional, se llega por muy diferentes senderos o motivaciones: o por simple interés de figuración personal, algunas veces pensando en posibilidades de fácil enriquecimiento, otras por ambición de poder, desde el poder local que identificamos en el llamado "gamonal del pueblo" , hasta los oropeles y la satisfacción personal ante la actitud servil de muchos y cierta admiración no exenta de una dosis de envidia de una parte significativa de sus conciudadanos.

Tampoco le atribuiríamos el honroso calificativo de SERVIDOR PUBLICO al caudillo carismático o demagogo o populista que emerge en un sombrío pasaje de la vida democrática y republicana de un país. Ejemplos de esta naturaleza los estamos contemplando, para infortunio de sus países y con un improbable contagio, pero sí con una cierta dosis de influencia en sectores de confusa inconformidad en el nuestro.

Como un auténtico SERVIDOR PUBLICO podríamos, entonces, identificar a quien ingresa a la actividad pública con una decisión de allí permanecer por la motivación superior de prestar un servicio al país y a sus conciudadanos y con una irrevocable vocación, limpia, honesta y patriótica de contribuir al engrandecimiento de la Nación. Y en el caso de un SERVIDOR PLUBLICO de estirpe liberal esa vocación debe estar orientada hacia el mejoramiento y progreso de las clases populares.

En nuestra historia republicana es posible identificar en las altas esferas de la vida pública y del poder, figuras eminentes, con verdadera vocación de servidores públicos. Aún en la época de la hegemonía conservadora, las doctrinas arcaicas y retardatorias de quienes condujeron la vida política y el Estado, hicieron un daño menor en el rumbo del país cuando fueron aplicadas por personajes con legítima vocación de servidores públicos.

Es esta una de las razones por las cuales, en la escogencia tanto de los representantes del Partido en lo cuerpos colegiados, como de los gobernantes territoriales y de quien habrá de asumir la máxima autoridad en la Nación, no basta con escuchar y considerar plataformas, programas y declaraciones doctrinarias que pueden satisfacer y acercar el electorado en mayor o menor medida. Resulta indispensable, además, escudriñar la trayectoria ciudadana de quienes se postulan para ejercer responsabilidades en la gestión pública. No son suficientes ni los conocimientos eruditos ni la fácil o frondosa elocuencia. Es necesario, en toda circunstancia, examinar con el máximo cuidado y diligencia el comportamiento del aspirante a lo largo de su vida pública.

En el espectro contemporáneo de la política, y dentro del amplio espacio de las variadas matices de las democracias occidentales que tiene como denominador común el respeto a las reglas y a las instituciones propias de la organización estatal que denominamos Estado de Derecho, encontramos identidades y contraposiciones que hacen ambiguas y confusas las tradicionales clasificaciones o encasillamientos doctrinarios: qué es la izquierda o la derecha democráticas, o el centro-izquierda o el centro-derecha?. Un postulante que califica dentro de estas denominaciones, que no se presenta como extrema izquierda, que bien puede merecer la apelación de comunista, anarquista o partidario de la subversión, de la lucha de clases o de la confrontación armada; ni tampoco como extrema derecha, fanático, fundamentalista, intolerante y proclive a la violencia como método de lucha política que implica el posible exterminio del adversario, puede aquel postulante ser el preferido por el elector liberal, si reúne dos requisitos indispensables: el primero, que tenga visibles inclinaciones de defensa de los intereses populares, con claridad y sin populismo; y, además, las que se predicaron del postulante que sea un auténtico servidor público.

Nunca en su prolongada actuación pública Barco transitó por los penumbrosos corredores que conducen, con tiquete de regreso, de una gerencia o una dirección gremial, a un Ministerio. Su vida política obedeció a las reglas de una rigurosa carrera profesional, en la cual se asciende y se es promovido de un rango inferior a otro de mayor responsabilidad. Concejal de Cúcuta y de otros municipios de su departamento, lo cual entonces estaba permitido por la ley; diputado; secretario municipal en la Alcaldía de su ciudad; representante a la Cámara y senador por su Departamento; Ministro del Despacho, Embajador y representante del gobierno en importantes organismos internacionales ; fallido candidato a la Presidencia de la República por respeto a las jerarquías de su Partido; y finalmente candidato único del Partido Liberal Colombiano, elegido con el apoyo fervoroso de todas las vertientes del Partido, desde aquella denominada "Poder Popular" hasta aquellas que, enarbolando las banderas y principios del Partido Liberal, proponían un mayor énfasis en la búsqueda de una dosis mayor de orden y autoridad, sin apartarse de las más estrictas normas de la democracia liberal.

Virgilio Barco fue una persona que tuvo la oportunidad de recibir una excelente educación. Originalmente graduado en ingeniería en la prestigiosa institución bostoniana el Masachuset Institute Of Technologic -MIT- y años más tarde como economista en la Universidad de Harvard, nunca se comportó como una persona excepcionalmente erudita ni hizo especial despliegue de su sólida formación académica. Tampoco, y en virtud de sus reconocidas limitaciones de comunicador, atrajo a las masas liberales por su elocuencia o por un encendido verbo. Su capacidad final de la hasta hoy irrepetida y victoriosa convocatoria a las grandes masas del Partido Liberal, habría que explicarla, en gran medida, en las dos características esenciales de su vida, su pensamiento y su actividad pública que hemos pretendido resaltar en este intento de conceptualización de su vida y de su obra: HOMBRE DE PARTIDO Y SERVIDOR PUBLICO, sin titubeos, sin paréntesis, sin reservas y con una total integridad.

Nos preguntamos hoy si estas condiciones especiales en la personalidad y en la trayectoria de Barco no serían las que motivaron el interrogante, que en su momento apareció como una frase ambigua, formulada por el expresidente Alfonso López Michelsen: "Y sino es Barco, quién?".

En la historia reciente del Partido Liberal Colombiano también podríamos dar otros ejemplos de hombres de partido y de servidores públicos integrales que, quizás, por tales razones, culminaron sus carreras públicas como presidentes de la República. Para ser breves recordemos aquí los nombres de ilustres expresidentes liberales que también han hecho o hicieron, de igual manera, todo su extenso recorrido en la vida colombiana como servidores públicos. Se nos viene a la memoria los nombres ilustres de Julio César Turbay Ayala, César Gaviria Trujillo, Víctor Mosquera Chaux, militantes, servidores, dirigentes y orientadores paradigmáticos del Partido Liberal Colombiano.

HACIA EL FUTURO: CONJUNCION FORMAL DE PERSONALIMOS O RECONSTRUCCION DEL PARTIDO?

En cumplimiento de sus Estatutos, en semanas venideras deberán reunirse el Congreso del Partido Liberal Colombiano. Es de esperar que el cambio de la denominación tradicional de Convención a la de Congreso no obedezca, apenas, a una modificación formal de nomenclatura. Será muy útil que la nueva denominación corresponda a un propósito firme de modernización del Partido y de superación de los viejos hábitos, procedimientos o corruptelas que se introducían en el discurrir y en las decisiones de lo que debía y debe ser la congregación fervorosa de quienes ostentan posiciones directivas en lo que históricamente ha sido la inmensa muchedumbre de hombres y mujeres, jóvenes y viejos, de gentes con una situación económica confortable y de meros asalariados, pequeños comerciantes, prestadores de variados servicios o artesanos, que se identifican con los principios y doctrinas liberales, y que militan o han militado bajo las banderas y símbolos del Partido, o han sido simpatizantes o adherentes por simple identificación espiritual.

La agenda de ese próximo Congreso liberal versará, suponemos, sobre temas y decisiones como la elección de una nueva Dirección Nacional; sobre la posición del partido frente al gobierno actual; sobre las controversias relativas a cuestiones económicas que se ventilan en la presente coyuntura; y sobre lo que, a nuestro juicio, se denomina impropiamente la unificación del Partido.

A la luz de las reflexiones que nos ha suscitado la presentación esquemática del pensamiento y las convicciones liberales de Virgilio Barco, que han sido la materia de esta intervención, nos vamos a permitir formular, quizás en forma un tanto fuera de contexto, algunas inquietudes acerca de la probable agenda del próximo Congreso del Partido Liberal.

En la viciada tradición de muchas de las Convenciones del Partido, tanto de aquellas a nivel nacional como de las de alcance regional, han aparecido con mucha frecuencia los forcejeos, casi siempre con impropios motivos, por imponer tal o cual personaje que representa su "clientela" política. En contadas ocasiones estos personajes representan grandes núcleos del partido pues no se identifican por sus posiciones doctrinarias, ni por su amplia capacidad de convocatoria popular, ni tampoco por su pulcra trayectoria al servicio del Partido. De tal forma, las direcciones así elegidas, resultan ser unas endebles amalgamas o coaliciones o coyunturas en torno a menguados poderes o a insignificantes figuraciones públicas.

Habría que concentrar los mayores esfuerzos y la más clara voluntad de quienes van a representar en el próximo Congreso del Partido a sus grandes masas de militancia activa, adormecida o potencial para que la nueva dirección quede integrada por hombres y mujeres del Partido de impecable trayectoria a su servicio y al de la Nación; con entusiasmo, fervor y abnegación; que tengan capacidad de imprimirle de nuevo a la mayoría de los colombianos el espíritu de lucha por las causas populares.

El congreso del Partido no podrá dejarse atrapar en la maraña economicista en las que se mueve y sobrevive la cofradía de los "técnicos" que despliegan y hacen proselitismo en torno a uno cualquiera de los MODELOS económicos en voga. El Partido Liberal Colombiano no es, ni pueden convertirlo, en un partido "economicista". A lo largo de su vital y accidentada trayectoria histórica el Partido ha venido forjando su propia doctrina social y su propio pensamiento político. Los "Modelos" económicos no pueden ser más que manuales operativos, no dogmas técnicos; y manuales que es necesario ir ajustando y actualizando en función de los fines y metas primordiales del Partido: su inclinación hacia el servicio de las causas populares y por este camino el del progreso y engrandecimiento de la Nación.

Veamos, en segundo lugar, cual puede ser una posición patriótica y digna del Partido Liberal Colombiano.

El Partido, con su candidato oficial, ha resultado perdedor en las dos últimas elecciones presidenciales, que, además, han sido consideradas limpias e inobjetables. El Partido derrotado no debe aspirar ahora a mendrugos o pequeñas parcelas de poder que se otorgarían a algunos de sus militantes, no obstante lo prestancia que luzcan.

Ello no significa que un militante o un dirigente del Partido debe negarse a prestar un servicio al país, cuando para ello sea solicitado, y ese servicio, más que un simple gaje personal, deba resultar de evidente utilidad para el país.

Tampoco debe olvidarse que el Partido tiene una obligación para con la Patria de apoyar todas las acciones sociales y gubernamentales encaminadas a la defensa y preservación de las instituciones democráticas. El Partido tiene que acudir con su vocería y con toda su capacidad de movilización ciudadana a reforzar la lucha contra todas las siniestras fuerzas de la violencia y terrorismo que tratan de perturbar o hacer imposible nuestra vida de comunidad fundamentada en comunes e insustituibles valores, propios de una sociedad civilizada. El Partido Liberal Colombiano, en la confrontación entre la civilización y la barbarie, no puede permanecer impasible ni declararse neutral. Esa sospechosa neutralidad que ahora preconiza un hormiguero de las llamadas ONGs, cuyo origen, objetivos y representividad resulta bien difícil de ser aprehendida.

En las tareas sociales emprendidas o que emprenda el actual gobierno, tanto por su origen liberal como por las exigencias de la actual coyuntura, el Partido tiene obligación, no tanto de participar en su implementación burocrática, como de velar por su exitosa realización y sus fructíferos resultados en bien de los más desposeídos de la fortuna y de la Nación entera.

En el tema, seguramente obligado de la agenda del Congreso del Partido Liberal, aparecerá el de lo que comúnmente se denomina como la UNIDAD LIBERAL. Esta tarea de la llamada "Unidad Liberal" ha venido siendo trabajada entre grupúsculos de dirigentes, algunos valiosos y de innegable prestancia intelectual, proceso en el cual cada uno de ellos aporta lo que podríamos llamar su pequeña – quizás no alcanza a ser mediana porción, para conformar una "colcha de retazos"- que se denominaría la UNIDAD LIBERAL.

Esta unidad no pasaría de ser una coalición – muy probablemente transitoria y circunstancial – y que se realizará no con la participación y la adhesión de las grandes masas del Partido, sino, como ha venido ocurriendo, en recinto cerrado y buscando para su frágil soldadura el calor o fuego que emana del poder de turno. Esta "unidad" no pasaría, quizás, de ser una alianza de pequeños y, algunos pocos, medianos feudos, quizás no exentos varios de ellos de cierta respetabilidad y vocación patriótica y liberal, pero cuya endeble madeja no podría sustituir la pujanza y la vitalidad de lo que ha sido históricamente el Partido Liberal Colombiano.

Qué hacer, entonces, ante el fracaso y los precarios resultados de estos llamados intentos de Unión Liberal?. Sin menospreciar la transitoria utilidad de estos superficiales escarceos de unión, consideramos que ellos deberían ser, apenas, motivo de un examen anecdótico y sintomático en el Congreso del Partido Liberal.

La tarea del Congreso, a nuestro juicio, no podrá consistir en darle un poco más de aliento y en prolongar, un poco artificialmente, este precario sendero de unificación del Partido. Su objetivo histórico debería consistir en sentar las bases y armar el andamiaje para la RECONSTRUCCION del Partido. Quizás, ya lo hemos indicado atrás, está RECONSTRUCCION no podrá consistir en la frágil armazón de un consistorio de personalidades, con más o menos figuración y capacidades intelectuales, pero con una menguada representatividad de la necesariamente amplia y extendida base popular.

La reconstrucción, que debe ser lanzada y promovida por el núcleo humano competente que llegue a ser elegido como nueva Dirección Nacional, deberá ocuparse menos de los pequeños pactos y de los transitorios entendimientos entre personalidades y dedicarse a restablecer los valores, el fervor y la emotividad de las masas en torno a sus símbolos e identificaciones, que hoy vergonzosamente ocultan muchos postulantes a puestos de representación que han solicitado, a mi juicio, en forma no exenta de dolo, el aval del Partido para sus reducidas faenas electorales.

 

Virgilio Barco, como Presidente liberal, promovió, trazó los lineamientos y adelantó, junto con el Consejero de Paz de su gobierno, el doctor Rafael Pardo, el proceso de DESMOVILIZACION del movimiento armado insurgente M19 y de otros grupos armados menores, tarea que fue concluida en los comienzos de la administración del Presidente César Gaviria Trujillo.

En la salida o solución, que tendrá que haberla, del actual conflicto armado que con tanta crueldad aflige hoy al país, el Partido Liberal Colombiano deberá tener una misión específica que cumplir. En toda ocasión se está reclamando, con justeza, la presencia de las instituciones y los organismos del Estado en toda la vastedad del territorio Nacional. Pero, a nuestro juicio, esa presencia del Estado tendría que estar complementada con la presencia de un partido político, activo y convocante. La presencia y la acción del Estado democrático desprovisto de un canal político de comunicación y de interacción con la comunidad, pueden quedar limitados a una acción coercitiva y aún benefactora, en el sentido de que dispensa servicios, pero no llega a tener el necesario efecto cohesionante que fortalezca el tejido social y la pacífica convivencia de la diversidad de criterios.

Cuando no existen organismos políticos independientes y separados del Estado y sólo aparece la manifestación pública de un partido político único, dirigido y al servicio del Gobierno de turno, nos encontramos con el fenómeno claro de una dictadura. Ante la ausencia de partidos como voceros de la comunidad, de las aspiraciones, inquietudes, reivindicaciones e inconformidades del sentimiento popular, el Estado democrático languidece y tiende a desaparecer.

No somos contrarios, en la circunstancia de la extrema emergencia por la cual atraviesan en este momento las instituciones democráticas ante la arremetida feroz y demencial del narco-terrorismo, a la iniciativa gubernamental de conformar una red de millones de cooperantes, remunerados o voluntarios, con cuyo concurso se logre defender el orden institucional. Pero estas son apenas medidas circunstanciales, temporales, de emergencia.

El día tendrá que llegar, y pronto antes que sea demasiado tarde, y está deberá ser la grande y patriótica tarea de la Dirección que sea elegida en el próximo Congreso del Partido Liberal, en que en todas las veredas, villorrios y aldeas, pueblos y barriadas urbanas vuelva sentirse el vigor y la pujanza de un partido que con su doctrina y sus banderas cívicas, restablezca el orden y la convivencia democrática, en sana competencia con todas las otras manifestaciones y organizaciones políticas de civilizada estirpe.

Un partido democrático, como lo es el Partido Liberal Colombiano, no puede ser un simple apéndice del Estado ni un mero instrumento al servicio del gobierno de turno, así éste sea de estirpe u origen liberales. Un partido político democrático y que, además, sea un auténtico vocero de las masas populares, no puede limitarse a ser un colaborador o un opositor del gobierno de turno, o el punto de apoyo o de oposición a alguna de sus acciones y medidas. Ese partido, tal y como lo concebimos, tiene que ser parte irremplazable de la estructura misma, de la conformación y de la acción del Estado democrático.

En el momento histórico en que hoy nos encontramos, en el que hay que salvaguardiar, frente a la arremetida feroz de la barbarie, lo que queda en pie de nuestras instituciones democráticas, remozándolas y perfeccionándolas, y en que es necesario vigorizar el deteriorado tejido social y restablecer el imperio de la ciudadana convivencia y confrontación pacíficas, el Partido Liberal Colombiano tendrá que jugar un papel protagónico. Para recuperar su influjo y su capacidad creadora en el proceso histórico de la conformación y perfeccionamiento de una sociedad civilizada y democrática, de profunda raigambre popular, habrá de emprender ya, sin dilaciones ni oportunistas esperas, el proceso, no de una simple y formal reunificación, sino el de su reconstrucción vigorosa, que se sienta y se viva en todos los ánimos y en todos los ámbitos de la vida nacional.

Será que ello ocurrirá así? Nosotros esperamos con todo el corazón, como colombianos que hemos envejecido viviendo las glorias y las angustias de la patria, ver de nuevo las plazas llenas de hombres y mujeres, jóvenes y viejos, fervientes, emocionados y convencidos, ondeando las banderas y ostentando el viejo color de su partido, escuchando el mensaje movilizador y patriótico de sus dirigentes.

Nuestra esperanza es que ello habrá de ocurrir, así, de nuevo.

 

 

 
 
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