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Historia
   

 

Las sociedades democráticas y la insurrección de los artesanos contra el librecambio

 
     
 

La primera sociedad democrática de Bogotá Las sociedades democráticas fueron fundadas inicialmente por ilustres patricios del liberalismo con el propósito de instruir a sus miembros acerca de las más elementales nociones de la ciencia. Sin embargo, con el correr del tiempo se convirtieron en verdaderos "clubes" de agitación política de los artesanos, quienes reclamaban insistentemente la expedición de una ley que protegiera sus oficios y manufacturas. No es exagerado afirmar que el escenario de confrontación entre los partidarios del libre cambio y el proteccionismo en el siglo XIX, fue el de las Sociedades democráticas y en alguna medida también el de la Escuela Republicana.

La primera Sociedad democrática se fundó en 1838 por el Santanderista, político, periodista, educador y fundador también del célebre "colegio del Espíritu Santo", Lorenzo María Lleras y el antiguo conspirador septembrino y luego instaurador del libre cambio, Florentino González. A la nueva asociación le dieron el nombre de "Sociedad democrática Republicana de artesanos y labradores progresistas de Bogotá", más conocida como Democrática Republicana". A ella alcanzaron a pertenecer cerca de ochocientos miembros entre intelectuales liberales de la corriente Santanderista y artesanos de la capital.

El objetivo de la Sociedad era "procurar instrucción a sus miembros y "Difundir entre los artesanos i labradores en general los conocimientos útiles de todo género, i especialmente los políticos y morales, a fin de que puedan desempeñar i cumplir con inteligencia y celos los derechos y deberes de ciudadanos de esta República". En sus estatutos se acordaba la redacción de un periódico, (El Labrador) cuyo objeto sería "única y exclusivamente el sostenimiento de la doctrina democrática y la instrucción política de las masas".

Al comienzo sus miembros se reunían en la propia casa de su fundador y más tarde empezó a sesionar formalmente en un edificio que durante muchos años hizo parte del convento de los padres jesuitas, sirvió de sede de la Asamblea Constituyente de 1910 y de la Asamblea de Cundinamarca y funcionó la Biblioteca Nacional. Hoy la edificación corresponde al Museo Colonial, situado en la carrera Sexta entre calles Novena y Décima de Bogotá.

En la época en que se fundó la "Democrática Republicana" regía la Constitución Granadina de 1832, la cual dividía al país en departamentos, provincias, cantones y parroquias. De estas provincias, la más importante era la de Bogotá, que se convirtió también en capital de la República, con una población de 294.185 habitantes, un alto desarrollo agrícola y una importante actividad artesanal y cuatro parroquias principales: La Catedral, con 18.455 habitantes; Las Nieves con 9.333; Santa Bárbara con 6.543, y San Victorino, 5.755 habitantes.

La parroquia de La Catedral comprendía los barrios de La Catedral propiamente dicha, El Príncipe, El Palacio y San Jorge; la de Las Nieves, los barrios oriental y occidental del mismo nombre, y las parroquias de Santa Bárbara y San Victorino tenían solo un barrio que llevaba el mismo nombre de las dos parroquias. De estos barrios, el de mayor concentración artesanal era el de Las Nieves. En su alrededor- dice Guillermo Hernández de Alba- "agrupáronse las casas y talleres de artesanos y gentes humildes; maestros del arte de la pintura, escultores, batihojas, orfebres y plateros, carpinteros de los blancos y ebanistas maestros de arquitectura, etcétera, cuya piedad proporcionó recursos para convertir la Ermita en la Iglesia de tres naves que fuera adorno de la capital del virreinato".

La sociedad democrática fundada por Lorenzo María Lleras fue de poca duración, ya que dejó de funcionar en 1840 con motivo de la revolución "de los supremos ", o de los ïguales" como consecuencia de la rebelión del padre Francisco de Villota contra una ley de 1839 que ordenaba suprimir los conventos de La Merced, San Francisco, Santo Domingo y San Agustín de la ciudad de Pasto. El propósito de la Congregación del Oratorio de San Felipe de Neri, excita a los fieles de Pasto a resistir su ejecución, denuncia la ley como herética y masónica y obliga al gobernador de la provincia, Antonio José Chávez, a firmar una "Capitulación" para no dar cumplimiento a la Ley sobre los conventos de Pasto.

El poder Ejecutivo improbó esta capitulación por la fuerza y entonces el padre Villota levantó el estandarte de San Francisco de Asís y llamó a las armas en defensa de la religión. El gobierno de Márquez designó al general Herrán para debelar la insurrección, aunque el también general José María Obando se había ofrecido para realizar la misma tarea. Pero era que de por medio estaban las aspiraciones presidenciales de ambos generales y los amigos del gobierno temían que una victoria de Obando le franqueara el paso a la primera magistratura. Por ello removieron el proceso seguido por el asesinato del mariscal Sucre, cuyas acusaciones sólo se apoyaban –dice José Manuel Restrepo-, en el testimonio del coronel Morillo, cómplice del mismo delito.

Obando, sintiéndose sin garantías y amenazado en su vida, se levantó en armas contra el gobierno, seguido de los gobernadores liberales de las provincias, quienes se autodenominaron "Jefes Supremos", de donde tomó el nombre la revolución de 1840. José María Obando es derrotado por Tomás Cipriano de Mosquera, José Ignacio de Márquez y Pedro Alcántara Herrán, quien es elegido luego Presidente de la República para el periodo 1841-1845.

2-La oposición artesanal a la candidatura de Mosquera y el libre cambio de Florentino González -Extinguida la primera sociedad democrática, los artesanos resuelven asumir (1844) una actitud política y defienden la candidatura presidencial de Eusebio Borrero, insigne representante de la tendencia santanderista, quién debía enfrentarse a Tomás Cipriano Mosquera y Rufino Cuervo, ambos de la corriente "ministerial".

El 11 de julio de ese año aparece en Medellín una proclama electoral denominada "Grito de la Democracia", firmada por varios artesanos y reproducida en Bogotá en los siguientes términos:

"Ningún voto más desinteresado que los nuestros, porque aunque sea muy natural al hombre la idea de mejorar, sabemos limitar nuestras aspiraciones al círculo estrecho que ocupamos... Bien sabemos que es de nosotros que debe formarse el ejército; que nosotros debemos conducir los reclutas; guardar los presos, etc., etc., ¡ todo cuanto pueda considerarse como carga pesada y onerosa!. En cuanto a nosotros, sepa la Nueva Granada, sepa el mundo entero, que no es un pariente de los emperadores ni de los reyes el que queremos que rija nuestros destinos. Lo que queremos i deseamos es un patriota decidido que sostenga nuestra Constitución, que respete nuestras garantías i que haga la felicidad de nuestra patria. Es un republicano i nada más lo que queremos.

La elección del general Mosquera para presidente de la Nueva Granada en las presentes circunstancias es impolítica, extemporánea y peligrosa. Así lo sentimos i bastante se halla escrito para probarlo. Nuestros votos serán pues para el republicano general Eusebio Borrero, i si nuestros deseos corresponden a nuestras esperanzas, creemos no tener jamás motivos de arrepentimiento" (el subrayado es mío).

El manifiesto de los artesanos resultó como una premonición. El 1º de abril de 1845 se posesiona como Presidente de la Republica el general Tomás Cipriano de Mosquera y nombra como su secretario de hacienda a Don Florentino González, inspirador y ejecutor del libre cambio en Colombia. Luego de su forzoso exilio en la capital británica, don Florentino regresa a Colombia en 1844 en compañía de su esposa Bernardina Ibáñez y establece en Bogotá un almacén de artículos importados.

Impresionado por las bondades del credo manchesteriano y los logros de la revolución industrial en Inglaterra, logra persuadir al general Mosquera sobre las bondades del sistema. Se afirma que era tal la influencia que ejercía el Secretario de Hacienda sobre el presidente, que cuando se proponía hacer ejecutar algunas de sus ideas, le decía a Mosquera: "Señor general, en días pasados me sugirió usted en la conversación una idea que me pareció excelente, aquí la traigo desarrollada en forma de decreto o de proyecto de Ley según el caso, vea usted si he comprendido bien o no las ideas de usted." El general Mosquera, que acaso no había pensado en el asunto, aceptaba gozoso las ideas del secretario por la habilidad con que éste se las presentaba, como manando de la misma mano del general.

Fue seguramente con este sistema de persuasión como Florentino González logró imponer el libre cambio y cuyas ideas quedaron plasmadas en la memoria de hacienda de 1847. En ella sostiene básicamente que la Nueva Granada debía ser un país exclusivamente agrícola y proveedor de materias primas para los países ricos. La industrialización era algo que estaba por fuera del esquema de don Florentino. Es en este momento que nuestro ilustre personaje cae en desgracia con los artesanos, quienes nos entendían el sentido de una reforma que solo beneficiaba a un pequeño núcleo de comerciantes importadores y daba al traste con las manufacturas nacionales. De ahí la paliza que le propinaron años mas tarde a la salida de una corrida de toros en la plaza de las Nieves.

Pero era que además algunas de las reformas "progresistas" del gobierno del General Mosquera, en lugar de beneficiar, perjudicaban en alto grado los intereses de los artesanos. Tal fue el caso de la introducción de los barcos de vapor en el río Magdalena, los cuales venían a rebajar los costos del transporte fluvial, dada su mayor seguridad y velocidad comparado con el champan y aumentaban las importaciones en detrimentos de los productos nacionales. No es simple coincidencia que los artesanos pidieran alza de derechos aduaneros en el momento en que se establecía la navegación a vapor. Los barcos a vapor representaban para los artesanos casi el mismo peligro que las medidas librecambistas de Florentino González.

La situación anteriormente descrita explica de por sí la actitud de rebeldía que asumieron los artesanos contra el libre cambio y que desembocó finalmente en la revolución artesano militar de 1854. Ante la imposibilidad de competir con la calidad de los productos extranjeros, muchos de los talleres que producían manufacturas tuvieron que cerrar sus locales creando un gran desempleo y un enorme malestar social. Nuestro comercio exterior comenzó a depender entonces de un solo producto, el cual primero fue el tabaco, después el anís, luego la quina y más tarde el café.

El cuadro de nuestra dependencia, se completa con la suscripción del Tratado Mallarino-Bidlack de 1846 con los Estados Unidos, mediante el cual abandonamos todo la política proteccionista que habíamos observado durante la época grancolombiana a favor de nuestra marina mercante. Los "derechos diferenciales" de aduana utilizados para cobrar tarifas mas bajas en el caso del transporte de mercancías en buques nacionales desaparecieron de un "plumazo". A cambio de ello, los Estados Unidos se comprometían (art.35) supuestamente a garantizar la neutralidad en el istmo de Panamá y la soberanía colombiana sobre este territorio. El resultado y aplicación de este instrumento no pudo ser más desastroso para Colombia. Los Estados Unidos en lugar de garantizar la soberanía colombiana sobre panamá, lo utilizaron para justificar todas sus intervenciones militares en el Istmo de 1846 a 1902. Se calcula que los desembarcos de los Estados Unidos en el istmo durante esa época, duraron en total ciento sesenta y ocho días, o sea casi seis meses de permanencia en tierra colombiana. Pero como si fuera poco a este mismo tratado se le dio una interpretación torticera para poder justificar jurídicamente "el zarpazo" sobre nuestro antiguo departamento en 1903. "I took panamá" fue la frase imperial de Teodoro Roosevelt después de la desmembración.

Desde el punto de vista comercial también el Mallarino Bidlack representaba un triunfo para la diplomacia norteamericana. Mediante su firma lograban reemplazar el tratado suscrito con Colombia en 1824, en el sentido de lograr que sus buques se equipararan con los Colombianos y así colocarse también en pié de igualdad con Inglaterra al dejar sin efecto las estipulaciones del tratado de 1825.

Es de anotar que, ambos instrumentos se habían celebrado bajo la creencia de que la Nueva Granada estaba en condiciones de competir de igual a igual con las potencias marítimas de la época, cuando la realidad era que con las cláusulas de estos tratados ambas naciones podían inundar nuestros mercados con artículos extranjeros en detrimento de las manufacturas nacionales.

En conclusión, el libre cambio de Florentino González provocó la ruina de las manufacturas y artesanías nacionales, desestímulo el desarrollo de la industria marítima en el país y permitió la suscripción del Tratado Mallarino Bidlack con el cual los Estados Unidos pretendieron justificar la separación de nuestro antiguo departamento de Panamá.

No acababa de secarse la tinta de los decretos mediante los cuales se decretaba una guerra abierta contra las manufacturas nacionales, cuando el 5 de mayo de 1846 más de doscientos artesanos elevaron una petición ante el congreso nacional para que se suspendiera un proyecto dirigido a establecer "una rebaja considerable a los derechos de importación que hoy gravan a cierta clase de artículos del comercio extranjero tales como piezas de ropas hechas, calzado, herramientas, y otras manufacturas que se hacen en el país i que proporcionan la subsistencia en esta sola población, a más de dos mil familias, i son suficientes para ocurrir a la demanda que puedan tener en toda la extensión de la República."

3-La Sociedad democrática de Bogota del sastre Ambrosio López. No obstante, el congreso hizo caso omiso a la solicitud de los artesanos y por ello pocos meses después de haberse expedido la ley que bajaba los derechos de aduana, el sastre Ambrosio López Londoño y otros artesanos fundaron el 4 de octubre de 1847 la "Sociedad Democrática de Bogotá".

Su objetivo era "promover el adelanto y fomento de sus respectivos oficios" y "la instrucción de sus miembros en otros ramos de necesidad e interés general". Es decir, que tenía como objetivo no solo la instrucción de sus miembros como en la de 1838, sino principalmente la defensa y promoción de sus oficios.

A la sociedad alcanzaron a pertenecer cerca de 300 miembros, entre los cuales se destacaban el mismo Ambrosio López quien fue nombrado como su presidente y autor de "El Desengaño", el sastre Rudesindo Suñer, el herrero Emeterio Herrera, el también herrero y orador fogoso, Miguel León, el zapatero José María Vega y Saavedra y los militares retirados Valerio Andrade y Antonio Echeverri.

Si bien la Sociedad se componía fundamentalmente de artesanos, a ella se vincularon los jóvenes liberales, quienes más tarde harían parte de la bancada "Gólgota", como Salvador Camacho Roldán, José María Samper Agudelo, Antonio María Pradilla, Próspero Pereira Gamba, Januario Salgar y muchos otros, con el fin de impartirle a los artesanos cursos de lectura, escritura, aritmética y música. Pero "quienes dejaron de concurrir a sus sesiones desde que comenzaron a notar que ya no se miraba con simpatía a los miembros que habían recibido educación de colegio y usaban vestidos de mejor calidad que la ruana y la chaqueta que usaban los artesanos".

Establecida y aprobado el reglamento de esta Sociedad, vuelve a plantearse la necesidad de contar con una legislación que protegiera las manufacturas nacionales de la competencia extranjera. La sociedad democrática de Bogotá convocó una sesión extraordinaria para resolver si se firmaba una petición de los artesanos, en el sentido de aumentar los derechos de aduana de los artículos extranjeros de consumo llamados artefactos como calzado, sillas de montar, productos de herrería, obras de sastrería etc., y presentarla a consideración del congreso nacional.

En la sesión tomó la palabra José María Samper y trató de expresar su pensamiento librecambista. El seguidor de Florentino González en materias económicas, sostuvo que "quienes habían estudiado economía política y pensaban guiarlos por el sentido común eran adversos al alza de derechos aduaneros", y "él los combatía como medida injusta y perniciosa, en tanto cuanto la protección pudiera encarecer los consumos y volverse casi prohibitiva".

¡Quién dijo Troya! Ante semejantes palabras, el herrero Miguel León y otros miembros de la Democrática, sin oír más razones ni explicaciones, interrumpieron al orador y lo hicieron bajar de la tribuna. El episodio terminó en que José María Samper, luego de amonestar a los artesanos que lo amenazaban con sacarlo a palos si era necesario, atravesó el salón mirando a la asamblea democrática con supremo desdén, y advirtió que no volvería, como en efecto lo hizo, a ninguna de sus sesiones.

A partir de ese momento comenzó a agudizarse la confrontación entre los intereses de los "cachacos" y los "de ruana" quienes en cualquier oportunidad se amenazaban e incluso acudían a las armas como sucedió más tarde en1853 durante las jornadas en la plaza de las Nieves en que hubo varios heridos de lado y lado.

4-El gobierno de José Hilario López y la decepción de los artesanos. No obstante, los artesanos hicieron un alto en el camino y resolvieron respaldar abiertamente la candidatura presidencial y luego el gobierno de José Hilario López. La postulación de José Hilario López para la Presidencia perseguía en el fondo unir al liberalismo, en ese momento dividido en dos fracciones irreconciliables: la de los gólgotas y la de los draconianos.

Los gólgotas pertenecieron en su mayoría a lo que se denominó Escuela Republicana y eran partidarios del libre cambio y los draconianos eran básicamente los artesanos acompañados de otros insignes liberales como José de Obaldía, Antonio Gómez, senador de la provincia del Cauca, el General José María Mantilla, Juan Nepomuceno Azuero, Vicente Lombana, Patrocino Cuellar y el general José María Obando, ya proclamado para el próximo periodo presidencial. La historia se encargaría de alinderarlos al lado del proteccionismo aduanero.

Los puntos fundamentales para procurar la unión del partido eran el proteccionismo aduanero, la entrega de los ejidos al pueblo y la abolición de la esclavitud. De ahí el entusiasmo con que recibieron su candidatura los artesanos de la Sociedades democráticas, la acción definitiva que tuvieron en su elección el 7 de marzo de 1849 en el convento de Santo Domingo y la defensa de su gobierno ante el embate del partido conservador y del clero en 1851.

José Hilario López entendió bien la importancia de las Sociedades democráticas como instrumento eficaz de su gobierno y por eso las defendió y propició su proliferación en todo el territorio nacional. Al punto de que de 1849 a 1852 se fundaron más de cuarenta Sociedades democráticas con distinta denominación. Prácticamente no hubo ninguna ciudad o pueblo que no tuviera su propia sociedad democrática.

Es dentro de esa gran proliferación de Sociedades democráticas que aparecen las de orientación conservadoras como "La Filotémica", "Popular", "Amigos del pueblo" del "Niño Dios" y otras que se enfrentaban constantemente con las "democráticas". Pero sin duda la más importante entre ellas fue la Escuela Republicana de la cual vienen a hacer parte los más destacados estudiantes de derecho del Colegio de San Bartolomé y de la universidad Nacional. El 25 de septiembre de 1850 se inaugura con la presencia del propio Presidente José Hilario López y la de los más importantes intelectuales que hacia parte de la fracción gólgota del liberalismo, como Manuel Murillo Toro, José María y Miguel Samper Agudelo, Salvador Camacho Roldán, Aníbal Galindo, Manuel Suárez Fortoul, Januario Salgar, Antonio María Pradilla, Nicolás y Próspero Pereira Gamba, Pablo Arosemena, Eustorgio Salgar, José María Rojas Garrido, Santiago Pérez, Francisco Eustaquio A., Foción Soto y muchos otras figuras destacadas del partido.

En su fundación influyó decisivamente no solo la experiencia de la revolución europea de 1848, sino las ideas de los socialistas utópicos que agitaban las mentes ya inquietas de nuestros jóvenes liberales y la de muchos otros intelectuales en otros lugares de la América del Sur. A pesar de que a la generación del cuarenta y ocho le correspondió vivir doce años de hegemonía Ministerial y la reforma educativa de Mariano Ospina Rodríguez, tuvo la fortuna de recibir la influencia de grandes pensadores franceses como Lamartine, Blanc, Fourier, Saint Simón, Comte, Proudhon, Constan, Say, y de los novelistas con reconocida sensibilidad social, como Eúegene Sue, autor del judío errante y Víctor Hugo, creador de la incomparable obra Los Miserables. De ahí su mayor receptividad a las nuevas corrientes del pensamiento universal.

Entre estos nombres, el de Luis Blanc tiene una doble importancia entre nosotros, ya que su influencia no se limitó a la formación intelectual de los miembros de la Escuela Republicana, sino que la creación de talleres nacionales como fórmula para combatir el desempleo de los pobres de París, fue emulada por el Presidente José Hilario López. Su gobierno presentó un proyecto para que se estableciesen talleres industriales en la Universidad y en los colegios oficiales y en mensaje dirigido al Congreso nacional sugirió el envío de jóvenes artesanos a Europa con el objeto de que perfeccionaran sus conocimientos técnicos. El 8 de junio de 1850 ordenó además establecer escuelas de artes y oficios en los colegios nacionales para la enseñanza gratuita de mecánica industrial. Infortunadamente estos proyectos se redujeron en la práctica a la inclusión en los planes de estudio de las entidades oficiales algunas materias como el dibujo lineal, la mecánica y la agricultura.

La Escuela Republicana fue junto con las sociedades democráticas, uno de los escenarios en que comenzó a perfilarse una tendencia socialista en Colombia. Las piezas oratorias de José María Samper y las ideas expresadas por Manuel Murillo Toro como secretario de hacienda de José Hilario López tenían sin duda una orientación a lo menos socializante, como también la tuvo la del pensador Manuel María Mediedo como se desprende de su libro "La ciencia social o el socialismo filosófico, derivación de las grandes armonías morales del Cristianismo.

Sin dejar de mencionar claro está, la contribución de los propios artesanos, quienes si bien no profesaban esa ideología y estaban enclavados dentro del liberalismo, hicieron un gran aporte a esta tendencia al despertar la conciencia política de los trabajadores y la seducción que ejercieron sobre los intelectuales más sensibles. Sin duda este es el punto de partida de las ideas socialistas que luego retomaron Rafael Uribe Uribe, Jorge Eliécer Gaitán, Alfonso López Pumarejo y otros destacados dirigentes del liberalismo.

No obstante, esta sensibilidad social de los miembros de la Escuela Republicana contrasta con la actitud que asumieron frente a la defensa y protección de las manufacturas nacionales reclamada insistentemente por los artesanos. "Su pecado" y en general el de los gólgotas, consistió en no haber captado el mensaje que les enviaban los artesanos, en el sentido de poner a disposición de la defensa de nuestras manufacturas esas ideas socialistas que decían profesar.

Lo cierto fue que el librecambismo de los gólgotas contagió al gobierno de José Hilario López, quien no pudo dar cumplimiento a sus promesas electorales y produjo un nuevo desencanto en los artesanos. En lugar del proteccionismo se impuso con más fuerza el credo manchestariano y en vez de entregarle al pueblo los ejidos se permitió su libre enajenación y las tierras quedaron en manos de los grandes terratenientes.

La reacción de los artesanos y campesinos no se hizo esperar. Ambrosio López publica su escrito "El desengaño" en el que denuncia con razón que el gobierno de José Hilario López no había expedido la ley proteccionista y el misterioso José Raimundo Russi, suscita un acalorado debate el 26 de febrero de 1850 en la sociedad democrática de Bogotá sobre una nueva petición de los artesanos exigiendo un alza de aranceles para los artículos de importación.

Tiempo después Ambrosio López al publicar su segundo escrito "Triunfo de la Serpiente Roja, cuyo asunto es competencia de la Nación, es expulsado por "tránsfuga" de la sociedad que él mismo fundó y Russi es fusilado bajo el cargo, nunca buen establecido, de ser el jefe de la banda de ladrones "El Molino Rojo" y responsable del asesinato del cerrajero Manuel Ferro. Nada pudieron las solicitudes formuladas por amplios sectores pobres de la capital y de varios intelectuales encabezados por Joaquin Pablo Posada para salvar la vida de Russi y la de los otros artesanos sentenciados. Los gólgotas pensaron que era la oportunidad para escarmentar y amedrentar a los artesanos de las "Democráticas."

De otro lado, los indios desposeídos de sus tierras, se unieron con los artesanos y organizados en cuadrillas armadas se lanzaron a los campos, asaltaron las haciendas, mataron a sus dueños y en Palmira, instituyeron la "era del zurriago", así denominada porque en la noche dichas cuadrillas salían armadas de zurriagos a castigar a los hacendados que se habían adueñado de los ejidos del pueblo. Eran los prolegómenos de una verdadera revolución social.

De los tres puntos del programa presidencial de José Hilario López, solo se cumplió el relativo a la abolición de la esclavitud decretada en 1852. Pero la medida venía a beneficiar a los latifundistas y propietarios de las minas de la parte sur del occidente colombiano o la antigua provincia del Cauca y no a los artesanos propiamente dichos. Por el contrario, los esclavos libertos se trasladaron a Cali y otras ciudades donde competían con la mano de obra artesanal y más tarde también se transformaría en la de la industria extractiva de quina.

5-José Maria Melo y la revolución artesano militar de 1854. El incumplimiento de las promesas electorales por parte de José Hilario López, tuvo como consecuencia el inmediato desplazamiento de la militancia política de los artesanos hacia la fracción draconiana del partido liberal. Desengañados con la actitud de los gólgotas, los miembros de las Sociedades democráticas buscaron refugio en otras guías y motivaciones. La división de esta colectividad se agudizó y en las elecciones presidenciales de 1852 cada fracción presentó su propio candidato. Los gólgotas lanzaron al panameño Tomás Herrera y los draconianos al prestigioso general José María Obando. Los conservadores no presentaron candidato y observaban impávidos los acontecimientos.

Las urnas favorecieron indiscutiblemente al candidato de los draconianos y José María Obando se posesiona el 1º de abril de 1853 como nuevo Presidente de la República. Desde ese momento los gólgotas aliados con los conservadores comienzan a obstaculizar su acción gubernamental y aprueban la constitución federalista de ese año. En ella se establecía entre otras cosas, el libre comercio de armas, la elección de los gobernadores por voto popular y la facultad para variar por una simple ley las divisiones territoriales. Es decir, la nueva Carta Fundamental tenía todos los elementos para paralizar el gobierno.

A lo anterior se agrega la actitud de la bancada gólgota en la Cámara de representantes al negar (19 de mayo de 1853) la nueva petición de los artesanos de la Sociedad Democrática del distrito de la catedral de Bogotá, en el sentido de aumentar la tasa aduanera sobre los artefactos extranjeros.

Los artesanos presentes, al informarse de la negativa, montaron en cólera e irrumpieron intempestivamente en el recinto al grito de "!archivémoslos a pedradas, mueran los gólgotas!" y en las horas de la noche del mismo día los artesanos se enfrentaron violentamente con los "cachacos" y apalearon inmisericordemente al instaurador del libre cambio, Florentino González y

Al general Eustorgio Salgar.

Tampoco accedieron los gólgotas a aumentar el pie de fuerza a 1200 hombres como lo solicitaba el gobierno para poder custodiar los parques, las cárceles y otros puestos importantes del país. Por el contrario, redujeron a ochocientos hombres el pié de fuerza y limitaron en tiempo de paz el numero de jefes y oficiales a un coronel, dos tenientes coroneles, cuatro sargentos mayores, doce capitanes y treinta ocho oficiales subalternos.

El sentido de la medida era muy claro: terminar con el ejército permanente, dependiente del ejecutivo y abolir el grado de General. Así podía cumplirse su deseo de deshacerse del General José María Melo, hombre de entera confianza del presidente Obando. Naturalmente ante ese reto los militares reaccionaron con gran irritación y el presidente manifestó que si lo dejaban sin generales nombraría a Melo como su ministro de Guerra.

Era apenas natural que ante estas circunstancias militares y artesanos se unieran para enfrentar la actitud de lo gólgotas. El 13 de abril de 1854 los democráticos comenzaron a desfilar con los fusiles del Estado y divisados con una cinta que tenía la siguiente inscripción: "Vivan los artesanos y el ejército, abajo los agiotistas" y un inmenso numero de ellos desfilaren por la calle del presidente Obando dándole vivas. Lo que se proponían los artesanos y los militares en ese momento era respaldar al presidente para que pudiera gobernar con mayores poderes y derrotar por eso medio a las mayorías gólgotas del congreso.

Sin embargo, Obando olvidando su condición de bravo soldado y de indiscutible caudillo que había dominado tantas veces a las muchedumbres con la irradiación de su personalidad, sin que nadie se lo exigiera, se declara preso. El congreso lo condena y la Corte Suprema lo absuelve de toda complicidad y desde entonces vive en la Casa de gobierno abandonado de todo sus amigos y despreciado por su conducta del 17 de abril y los meses anteriores.

Ante la vacilación de Obando la revolución artesano militar viene a consumarse. Francisco Antonio Obregón uno de los más entusiastas de la reivindicación artesanal, notifica al presidente que "no lo reconoce como Jefe de la República" y que a ella la gobernará en adelante, "la persona a quien el pueblo reunido actualmente en la plaza diere el mando supremo".

El 17 de abril de 1854 toma las riendas del poder el General oriundo del Chaparral y con una importante trayectoria militar, José María Dionisio Melo. Sus hombres más cercanos fueron el mismo Obregón, Ramón Ardila y Joaquín Pablo Posada, personas de gran prestigio intelectual y muy afines con los intereses del gremio artesanal. Los dos primeros hacen parte de su gabinete ministerial junto con Pedro Martín Consuegra, José María Maldonado Neira y José María Gaitán. Joaquín Posada de inclinación socialista e ideólogo por excelencia se encarga de divulgar las razones del movimiento desde los periódicos "El alacrán y el denominado "17 de abril".

El gobierno de Melo tenía un ingrediente popular indiscutible y propendía en general por el mejoramiento de los artesanos y los campesinos. De ahí que uno de las primeras medidas adoptadas hubiera sido "gravar fuertemente todas las industrias y todas las importaciones, exceptuando las artesanías nacionales colocadas en niveles preferenciales, creando una especie de impuestos al patrimonio para tierras y semovientes y exportación del tabaco."

Pero si esta medida produjo el júbilo de los artesanos, quienes por primera vez contaban con un Estado proteccionista, los decretos expedidos sobre préstamos forzosos o "derrames" para mantener el orden público y las obras sociales, fueron "la manzana de discordia" con los comerciantes importadores. Tal fue su actitud en contra de la medida, que muchos de ellos se asilaron en la embajada americana para poner a buen recaudo sus capitales y así evitar el pago de los "derrames". Desde ese momento surge una indiscutible connivencia entre los intereses de los llamados "Constitucionalistas" o grupo de oposición al gobierno de Melo y el representante diplomático de Estados Unidos, señor James Green.

Desde la sede diplomática se conspiraba contra el gobierno, como fue el caso del Vicepresidente Obaldía, rompiendo así el fundamento del derecho de asilo y permitiendo, si no auspiciando la vigilancia de nuestras costas por los buques americanos "Decatur" y "Massachusetts".

Para liberarse del "usurpador", los demás generales de la Republica deponen sus diferencias y se unen abiertamente a la causa "constitucionalista". El general Tomás Cipriano de Mosquera pone a disposición su casa comercial y desde los Estados Unidos logra un empréstito para financiar la resistencia en todo el país y con parte de esos dineros y la ayuda financiera y militar del general Pedro Alcántara Herrán, el también general José Hilario López organiza desde el Pacífico el ejercito del sur. Naturalmente la acción conjunta de estos tres expertos generales pronto logra romper la resistencia que oponían valerosamente los soldados y artesanos que acompañaban a Melo.

El propio jefe de Estado, junto con casi mil "democráticos", quinientos de los cuales eran artesanos de la capital e infinidad de heridos que resistieron hasta el último momento el embate de la colación librecambista, caen presos en Bogotá y son enviados a morir de fiebres malsanas a orillas del río Chagres.

Sobre el movimiento del 17 de abril de 1854 se han dado distintas interpretaciones, hasta llegar a afirmar que ella se produjo como consecuencia del juicio que debía seguirse contra el general Melo por la muerte del cabo insubordinado, Pedro Ramón Quiroz, desconociendo así su verdadera significación social y política.

Lo cierto es que después de sesenta años de haberse producida la fallida revolución de los comuneros, una clase distinta a la burguesía asume la dirección del Estado La circunstancia de que los artesanos hubieran fracasado en sus intentos reivindicativos y que a centenares de antiguos melistas se les hubiera enviado a morir a orillas de río Chagres, no le resta importancia al movimiento. "Nada mas pudieron hacer los artesanos sino tomar el poder un día y defenderlo durante ocho meses, hasta morir o salir al destierro, pero una política de semejantes alcances no volvió a repetirse...". La revolución del 17 de abril representó un esfuerzo plausible por lograr un cambio que favoreciera al gremio de los artesanos y pusiera freno a la aplicación desmedida del libre cambio en Colombia. Esa es su verdadera trascendencia e importancia histórica.

Derrotada la revolución de 1854 era de presumir que las protestas y finalmente la insurrección contra el libre cambio terminaran. Sin embargo veinticuatro años después se presentan nuevos brotes en la ciudad de Bucaramanga, conocidos como "los acontecimientos del 7 y 8 de septiembre de 1879". Esta vez, los hechos fueron propiciados por miembros pertenecientes a la Sociedad Democrática "Culebra Pico de Oro" contra los socios del club de Soto o club de comercio de esa ciudad, en su mayoría comerciantes nacionales y extranjeros, principalmente alemanes.

No es del caso ahondar sobre esta nueva insurrección. Basta señalar que los hechos fueron la prolongación de un estado de inconformidad social con el libre cambio instaurado por Florentino González. Solo que en este caso, las víctimas fatales fueron además del artesano Cecilio Sánchez, miembro de la "Culebra Pico de oro" y del conservador Obdulio Estévez, los alemanes Cristian Goelkel y Hermann Hederich, cuya desaparición le significó al país pagarle al Imperio Alemán una cuantiosa suma a título de indemnización y rendirle honores a su bandera en la misma ciudad de Bucaramanga.

Pero al igual que en Bogotá, la importación de artículos extranjeros, profundizó aún más la diferencia entre la situación económica y social de los comerciantes y los artesanos de esa ciudad. El libre cambio sólo mejoró la de unos pocos, mientras el resto de la población siguió en su misma condición de pobreza. La libertad económica con que nuestros románticos liberales del siglo XIX pretendieron solucionar nuestra penosa situación económica, no fue más que una "quimera". Los gólgotas y los que los siguieron, pensaron equivocadamente que con este sistema podían armonizar los intereses individuales con los de la sociedad entera, cuando la realidad demostraba exactamente lo contrario. Las actividades más provechosas para el individuo, eran y son las que menos contribuyen al desarrollo de la economía.

Los acontecimientos de Bucaramanga fueron las últimas manifestaciones de las sociedades democráticas de artesanos contra el libre cambio, ya que la Constitución de 1886 se encargó de enterrarlas definitivamente al ordenar (art.47) que "quedaban prohibidas las Juntas Políticas populares de carácter permanente" en clara alusión a las "Democráticas", únicas agrupaciones que tenían esas características.

 

 

 
 
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