FINAL
Historia
   


El presidente Jóse Hilario López

Presencia y obra del presidente López en la historia del Siglo XIX.

 
     
 

Se confunde la vida de José Hilario López, (en adelante J.H.L.) con los episodios históricos más representativos de la historia política colombiana del siglo diecinueve. Como les sucedió a los hombres de su generación, pudo conocer dos mundos diferentes, el de la hispanidad colonial dependiente absolutamente de la corona y el mundo de una Colombia independiente, que en su juventud ayudó activamente a liberar con ocasión de la guerra de independencia.

De esa suerte, como soldado de Nariño, como veterano de la Cuchilla del Tambo, como prisionero de Morillo, como combatiente en Venezuela a las órdenes de Páez, como convencionista en Ocaña, como opositor a la dictadura de Bolívar y luego a la de Urdaneta, como diplomático ante el Vaticano, como Presidente, como miembro de la coalición que sometió al General Melo, como convencionista en Rionegro, J.H.L., se encontró al interior de los principales sucesos históricos de la Nueva Granada entre 1811 y 1867. Ofrece pues, el examen de la vida de López una especial oportunidad para asomarse a los pormenores históricos del despertar de nuestra nación.

No me propongo formular una apología de J.H.L., sino ofrecer una reflexión crítica de su participación en estos sucesos, por lo demás, profusamente tratados en nuestra historiografía que incluye sus memorias. En buena hora el general López se ocupó de redactar su autobiografía que permite reconstruir aquellos episodios de su juventud en los cuales participó. Lamentablemente, solo se conocen las memorias escritas hasta 1840 pues el segundo tramo que comprende su paso por la presidencia de la Nueva Granada entre 1849 y 1853, se perdió para siempre, no se sabe si olvidado entre los papeles de su Hacienda San Juan de Laboyos, cerca del actual municipio de San Agustín o como lo asevera otra versión predicada por uno de sus biógrafos, Juan Pablo Llinás, destruidas por uno de sus descendientes, con arreglo a los consejos de un confesor malintencionado. Si bien sus memorias no son una pieza literaria refinada, si entrañaron un meritorio esfuerzo historiográfico de dejar testimonio de los episodios de su tiempo vividos por él. Aunque J.H.L. no fue un hombre ilustrado pues su juventud se ocupó en atender ininterrumpidamente los asuntos militares, si se preocupó de involucrarse en lecturas que le permitieron desempeñar holgada y satisfactoriamente las responsabilidades que le fueron asignadas.

J.H.L. nació en Popayán el 18 de febrero de 1798 (1), en el hogar formado por José Casimiro López y Rafaela Valdéz. Como el, buena parte de sus contemporáneos en aquel tramo final de la colonia se incorporaron entusiastas a la causa de la independencia, decretada en las principales ciudades del Virreinato de la Nueva Granada con ocasión del colapso del régimen borbónico en 1808. Su llegada al poder y su gestión al frente del estado pueden ser resumidos así :

EL ESPIRITU DEL 48.

Al declinar el primer período de gobierno del general Tomás Cipriano de Mosquera, llegaba a su fin la etapa resultante del triunfo militar y político de los generales Pedro Alcántara Herrán, y el del propio Mosquera, quienes al defender el gobierno de José Ignacio de Márquez derrotaron a los llamados "Jefes Supremos". Estos Jefes Supremos se levantaron individualmente a nombre del liberalismo entre 1840 y 1841 en lo que se llamó la guerra de "los conventillos" que incendió la República. Herrán y Mosquera gobernaron con la constitución de 1843 de estirpe centralista y autoritaria. Este régimen de Herrán y Mosquera impedía los cambios pedidos por un núcleo de jóvenes idealistas derrotados en 1841, encabezados por Manuel Murillo Toro y otros. Aspiraban estos jóvenes a dotar a la Nueva Granada de instituciones aptas para reemplazar el andamiaje colonial que aun pervivía en la República, no obstante la independencia. Buscaban la descentralización fiscal, el sufragio universal, la supresión de los censos, la separación de la iglesia y el estado, y la abolición de la esclavitud.

Coincidieron estas inquietudes con un terremoto político que ocurrió en Europa simultáneamente, que fue la llamada revolución burguesa de 1848 ocurrida en Francia y en otras naciones europeas, y que derribó la monarquía orleanista. Este cambio se nutrió de la creciente inconformidad social fruto de la expansión del capitalismo en el escenario de la revolución industrial, impulsado por el maquinismo y el fantástico empleo de la fuerza del vapor. Esta atmósfera fué construida por un núcleo de intelectuales del romanticismo francés, primordialmente Víctor Hugo y Lamartine quienes además lograron cautivar una inmensa audiencia en las repúblicas latinoamericanas. De esta suerte, en 1848, la noticia del sacudimiento político general en Francia, contribuyó en la Nueva Granada a enconar el agitado ambiente existente en las postrimerías de la primera administración de Tomás Cipriano de Mosquera. Lo sucedido en Francia se traduciría en cambios de inminente ocurrencia en la Nueva Granada.

Un episodio inscrito en este marco fue la formal exteriorización de la colectividad política que gestaría estos cambios. La mente mas destacada de este grupo fue un viejo conspirador septembrino de 1828, célebre abogado y publicista. Don Ezequiel Rojas quien en 1848 con ocasión de las inquietudes de sus correligionarios acerca de la conducta a seguir y la organización de las elecciones que se avecinaban, expresó por escrito los cambios buscados formulando la carta de navegación del partido liberal colombiano. A propósito del episodio en el cual los liberales tomaron esta decisión relativa a este asunto, el historiador Gustavo Humberto Rodríguez relata las circunstancias y alcance del mismo así:

"En la tarde del 30 de junio de 1848. Allí están reunidos 28 congresistas de variadas tendencias, discurriendo doctoralmente sobre la situación política. la necesidad de que quienes profesan ideas liberales acuerden una candidatura para el próximo período presidencial. Ezequiel Rojas, que había ocupado la presidencia de la Cámara de Representantes, en la legislatura de ese año toma la palabra y explica la situación nacional, como después de 30 años de vida independiente y republicana el país sigue siendo anquilosado en la estructura económica y social de la colonia, como aún subsisten la esclavitud y la pena de muerte, como la iglesia sigue siendo la suprema directora de la cosa pública, como el país requiere desarrollo y progreso, y postula el nombre de J.H.L. como candidato a la presidencia de la república......" (2)

Así, con la irrupción del partido liberal como colectividad organizada, nació la candidatura de J.H.L. quien se enfrentó a dos candidatos de estirpe conservadora, Gori y Cuervo. Ninguno de los tres obtuvo la pluralidad absoluta de votos de suerte que correspondía al Congreso llevar a cabo la elección al tenor del artículo 90 de la Constitución del 43 que decía "... el Congreso perfeccionará la elección eligiendo a pluralidad absoluta de votos de los senadores y representantes concurrentes entre los tres individuos que mayor número de votos hayan obtenido en las Asambleas electorales, el que haya de ser Presidente de la República y declarará electo al que reúna esta pluralidad....." (3) . Esto dio lugar a la tormentosa y legendaria elección de 7 de marzo de 1849 por parte del Congreso en el templo de Santodomingo.

En estas condiciones, llegó finalmente el mes de marzo de 1849, y con él, la fecha del 7 de marzo que resultó emblemática y medular, por cuanto ella divide en forma dramática, la historia política del siglo diecinueve. Así como en el siglo veinte el día del 9 de abril de 1948, es una fecha que resuena en los oídos de todos los colombianos, por las consecuencias imprevisibles que generó y los efectos inesperados que desencadenó, tangibles desde la perspectiva contemporánea, así resultó el 7 de marzo de 1849. Sobre esta fecha se escribió y se habló sin cesar durante los siguientes cincuenta años, y nadie ignoraba lo sucedido ni la importancia de la fecha. Ese día finamente murió la colonia en la Nueva Granada, irrumpiendo el liberalismo como organización política, al impulso del nombre de su candidato el general José Hilario López. La elección del general López, que tuvo lugar en el templo de Santo Domingo en Bogotá, fué objeto de toda suerte de crónicas durante los siguientes años.

Si bien, los únicos actores de la elección eran los parlamentarios, entre quienes la constitución había asignado esta tarea, simplemente como culminación de un alambicado procedimiento electoral de segundo grado, pues resulta que en la elección, el Congreso no estaba solo pues allí aparecieron los artesanos, representados por las sociedades democráticas y los estudiantes.

En efecto, los miembros de las sociedades democráticas, fundamentalmente los artesanos tenían claro que no podían mantenerse al margen del trámite eleccionario en el templo de Santo Domingo, para evitar una decisión que resultara adversa al candidato López y se encontraban dispuestos a cualquier cosa para lograrlo. Además de lo envalentonados que se encontraban los miembros de las sociedades democráticas, en virtud de los aires de reforma que corrían, y del espíritu de la época, disponían de un interés tangible en el cambio de gobierno. Ello, por cuanto las medidas de libre cambio, adoptadas por el secretario de Hacienda del Presidente Mosquera, permitieron el acceso al mercado nacional de productos extranjeros, perjudicando notablemente las condiciones de competitividad de los artesanos. Estos, abrigaron entonces, una pronunciada animadversión contra el gobierno de Mosquera, que prometía perpetuarse con otro candidato de estirpe ministerial. Era necesario cerrar el paso a esa posibilidad. Albañiles, zapateros, carpinteros, marchantes, cargueros y miembros de otros oficios, cuyas voces no habían sido nunca oídas, encontraron en las sociedades democráticas el vehículo para definir su suerte en una coyuntura nunca vista, la elección del Presidente de la República.

El otro ingrediente que integró la masa que presionó a los congresistas electores, fueron los estudiantes de la época, que igualmente en el umbral de las transformaciones que se avecinaban, y entusiasmados con lo que ocurría en Francia, asistían con especial interés a los eventos preliminares de las elecciones de 1849, vociferando y dando vivas al candidato López, pero también sabedores de la minoría en que se encontraba el liberalismo en el Congreso.

Se requería como se ha dicho, una mayoría absoluta de votos respecto de la cifra base de 84 parlamentarios, es decir, cualquier número superior a 42 votos. En el transcurso del día se llevaron a cabo cuatro votaciones, durante mas de 7 horas y en las cuatro, el número total de votos arrojó la cifra de 84 votantes (32). En la primera elección habría de despejarse el nombre de Gori, quien disponía del menor número de diputados. En efecto, esa primera elección arrojó 37 votos para López, 37 para Cuervo y 10 para Gori. Frente a este resultado dice Camacho Roldán, que el presidente del Congreso señor Ordoñez, advirtió que no habría elección, sino cuando uno de los candidatos obtuviere cuarenta y tres votos, señalando que los votos en blanco no serían agregados al que tuviere el mayor número hasta la tercera votación. Correspondía pues en la segunda vuelta, definir la votación dependiendo del sentido al cual se inclinaran los votos. Nótese, que no era clara esta disposición del reglamento pues más allá del punto de la mayoría absoluta, en presencia de 2 candidatos para ser suficiente la mayoría simple. Se llevó a cabo entonces la segunda votación, enfrentados los 2 primeros candidatos en la cual Cuervo obtuvo 42 votos, López 40 y se presentaron 2 votos en blanco. Nótese, que la reacción de los partidarios de Gori no fué homogénea, pues se dispersó hacia los otros 2 candidatos, lo que contribuyó notablemente a acrecentar la tensión ya existente, al interior del templo de Santo Domingo. De hecho, muchos pensaron que Cuervo había triunfado, pero allí le faltó un voto.

De esta suerte, a las 5 de la tarde se inició la tercera votación (4). La extensa duración de la jornada en la cual se llevaron a cabo 4 votaciones, revela las arduas negociaciones y componendas a que fue necesario acudir entre una y otra, para captar el favor de los congresistas indecisos. En este punto, los gritos y presiones de la barra, obligaron al Presidente a actuar con energía y así amenazó con ordenar el despeje de las barras.

Esta tercera votación se inclinó a favor de López con 42 votos, Cuervo con 39 y en blanco 3 votos. La lectura de este resultado produjo un nuevo y enconado bochinche, de suerte que el Presidente se decidió a hacer despejar las barras, orden que por lo demás se llevó a cabo, y el público reaccionó con tranquilidad acatando la orden, y actuando sobriamente a diferencia de lo sucedido el día anterior, fruto de las medidas que se tomaron.

Los exaltados quedaron en la calle, incluyendo a Ambrosio López y al doctor José Raimundo Russi, quien adquiriría triste celebridad años después (5). De modo que importa destacar como, en esta cuarta y última votación no había público en el recinto y los únicos protagonistas de la decisión fueron los congresistas electores. En esta votación Cuervo obtuvo los mismos 39 votos de la tercera votación pero los tres votos en blanco de esa tercera votación, cambiaron su decisión y se sumaron a López quien sumó 45 votos superando holgadamente el número de 43 votos que requería para acceder a la presidencia de la Nueva Granada. Gómez Barrientos explica el origen de la decisión de los goristas, quienes se inclinaron por López y le dieron sus votos

"..... los liberales que con sus ademanes y amenazas tampoco lo habían logrado, colocados entre las cuatro paredes de la iglesia, a solas con sus colegas y adversarios, acudieron a otro sistema, al que desde primero debieron apelar: entenderse con los goristas para obtener de ellos, si no todos sus votos, siquiera los 6 que con los 37 suyos completaran lo 43 de la mayoría absoluta; y acabaron por hacerlo, merced a la suma habilidad de sus jefes intelectuales y civilistas, entre los que se contaba Murillo Toro, que ya empezaba a destacarse como político genial... (6).

Tan cierta era la ausencia de las barras en la última votación, que se acude a otro testimonio sano y fidedigno de don Aníbal Galindo, citado por Carlos Lozano y Lozano así:

" A eso de las cuatro y media de la tarde después de varios escrutinios sin resultado, dióse por el Presidente del Congreso la orden perentoria de despejar la barra y hacer salir del recinto del templo a todo el mundo, providencia que fue cumplida con mucho tacto... Cerráronse detrás de nosotros las puertas del templo y el Congreso quedó sólo y en completa libertad para continuar la elección. Caía una gruesa llovizna, pero nadie abandonó el atrio ni las calles adyacentes, del templo, aguardando el resultado el cual no se hizo esperar mucho tiempo... (7)

Mas allá de los sucesos circunstanciales, ocurridos en los recintos del templo de Santo Domingo, protagonizados por las barras, bochornosos y reprochables se presentaba un hecho político innegable, que se constituyó en la determinante de la elección de López y ese fue el de la enconada división del partido conservador. Simplemente, los partidarios del José Joaquín Gori, abocados a votar entre Cuervo y López lo hicieron por este último y le dieron a los simpatizantes del general, la oportunidad de vencer y a expensas del partido conservador. Pero, el resultado de este fenómeno electoral se traducía en el hecho cumplido del éxito de una mayoría relativa, que accedía al poder por esa vía. No sería la primera vez, que esto sucedía. En 1930, así llegó el candidato del partido liberal al poder y así lo perdió en 1946 y en 1982, claro está con la diferencia de que la elección no era, en esos años, indirecta ni restringida. Precisamente, para conjurar este fenómeno que sin duda distorsiona la voluntad electoral, la llamada asamblea constituyente de 1991, adoptó el sistema francés de la doble vuelta. En todo caso, para corregir este fenómeno, el mismo congreso de la época mediante la ley de mayo 31 de 1849, estableció que la elección del Presidente y Vicepresidente cuando correspondiera hacerla al Congreso se haría por mayoría simple. (8)

Importa destacar además que el conjunto de reproches formulados a esta elección por las insólitas presiones ejercidas por un núcleo de liberales que allí se encontraban, pues solo son imputables a esos liberales, pero nunca al general José Hilario López, simple y llanamente porque el General no se encontraba en Bogotá. En esos días, López estaba en su hacienda denominada Mayo, ubicada en el actual municipio de Gigante dedicado a atender los asuntos de sus tierras.

LA REFORMA FISCAL.

Iniciada la administración López, se ocupó el Presidente y su equipo de impulsar las reformas radicales del proyecto político con el cual triunfó su candidatura. Una de ellas era la de la reforma fiscal. Su gran impulsor fué el segundo secretario de hacienda de López, don Manuel Murillo Toro que había reemplazado a Ezequiel Rojas. El momento resultaba crítico, pues se avecinaba para la Nueva Granada un delicado problema fiscal, consistente en que el día primero de enero de 1950, se iniciaba la vigencia de la ley que eliminaba el estanco del tabaco, razón por la cual el estado se privaba de una importante fuente de recursos.

El problema de prescindir de las rentas del tabaco era significativo si se tiene en cuenta que el presupuesto de rentas de la Nueva Granada en 1849 sumaba en total $3.383.901.00 de los cuales una tercera parte provenía del tabaco, renta que cesaría en 1850, pero al mismo tiempo la decisión de eliminar el estanco del tabaco era definitiva. De esta suerte, Murillo Toro actuó rápidamente e impulsó un ambicioso proyecto de reforma fiscal, que se expresó en la aprobación por parte del Congreso de la ley de 20 de abril de 1850 sobre "... descentralización de algunas rentas y gastos públicos, y sobre organización de la hacienda nacional....." (9). El proyecto fue redactado por el propio Murillo Toro, en asocio de Francisco Javier Zaldúa el secretario de gobierno, y del contador general del tesoro el señor José María Plata (10).

En efecto, la más representativa de las instituciones coloniales de las que quería desembarazarse el liberalismo, en esta revolución del medio siglo, era la arcaica, inelástica y antieconómica estructura tributaria que tenía la Nueva Granada en aquellos días. Ello, por cuanto en buena parte, el fisco se nutría con recursos que impedían el desarrollo económico y la circulación de la riqueza, las cuales provenían del pasado colonial, como el estanco del tabaco, de la sal, de la percepción de los diezmos, aunque este último se destinaba a la Iglesia.

A ello se agregaba que el costo, administración y recaudo de estas rentas era descomunal, lo que hacía nugatorio su resultado final. Los monopolios representaban el 56 % de las rentas del estado. La percepción de estos impuestos, presentaba además una caótica organización, desprovista de unidad de caja, de modo que en buena hora Murillo Toro se aprestó a poner en orden, el ramo de la hacienda. El método empleado en esta ley, para la citada reforma fue el de darle en su artículo 14 alcance nacional solamente a 10 rentas, que tuvieron precisamente esta dimensión como las aduanas, correos, papel sellado y el resto de las rentas como los diezmos, quintas y aguardiente, peajes, derechos de fundición, hipotecas y registro, fueron cedidas a favor de las provincias en las que se causaba el hecho gravado para que allí fuera administrado. De hecho, sobre esta cesión de rentas a las provincias se echaron las bases del esquema federal adoptado en las constituciones de 1853,1858 y 1863.

En este propósito de romper las ataduras del reciente pasado colonial, igualmente el gobierno de J.H.L. se ocupó de atenuar una institución que resultaba perniciosa para la circulación de la riqueza. Se trataba de los llamados censos, cuya regulación como preámbulo de su extinción, significaba una reforma agraria. De esta forma, la supresión del censo fue el antecedente de lo que posteriormente sería la desamortización de bienes de manos muertas.

El censo era una vieja institución castellana que heredó la Nueva Granada de los tiempos de la colonia y cuya eliminación era parte del ideario liberal del gobierno de J.H.L. De modo que en aquellos tiempos el censo era el paraíso de los rentistas, que a través de esta institución encontraban seguridad en forma indefinida, de una renta por cuenta de un bien entregado, que quedaba así atado. Un pernicioso porcentaje de activos inmobiliarios de la Nueva Granada en aquella época se escapaban a una eficiente explotación por cuenta del censo. . Se agrega a ello que la precariedad del sistema de registro inmobiliario hacia muy difícil detectar la existencia de los censos. Murillo Toro impulsó esta ley que fue aprobada el 30 de marzo de 1851. Toda vez que buena parte de los censos de la época se encontraban constituidos a favor de la Iglesia y de comunidades religiosas, su supresión fue uno de los ingredientes que contribuyeron al conflicto que tuvo J.H.L. con la jerarquía eclesiástica.

EL CONFLICTO CON LA IGLESIA.

La memoria de J.H.L. se evoca en la actualidad en el grueso del público, con admiración en torno a la ley que otorgó la libertad de los esclavos. No obstante en otros sectores se tiene una imagen menor favorable, por virtud del choque que se presentó durante su gobierno con la iglesia, por cierto en una época en que no había sido plenamente definida la relación de la Iglesia frente al estado de la Nueva Granada. Esta animadversión, se extendió hasta después de la muerte de López en Neiva, donde el párroco se rehusó a permitir la sepultura del cadáver del expresidente, invocando el conflicto que durante su gobierno se suscitó con la Iglesia (11).

Además de la supresión de los censos ya citada, dos fueron los episodios que entrañaron un ruidoso choque entre a Iglesia y el estado durante el gobierno de López y que dejaron profundas cicatrices y que son el origen de las revanchas ejercidas durante la regeneración. Se trató de la expulsión de los jesuitas y del extrañamiento del arzobispo Mosquera.

En el caso de los jesuitas se encuentra que, al ser formulado el ideario liberal de 1848, se levantaron voces que pedían la expulsión de los jesuitas. Un poco a propósito del impacto que tuvo en la mente de los jóvenes radicales granadinos de la época la lectura de una de las piezas representativas del romanticismo francés. "El Judío Errante " de Eugenio Sué en el que se presentaba a los jesuitas como una especie de herramienta feudal cuya erradicación resultaba indispensable para el progreso de los pueblos.

Desde siempre y sobre todo desde la pragmática sanción, el tema de los jesuitas generó una aguda polarización de opiniones. Nunca el tema resultaba indiferente. Sin sólidos elementos de juicio, desde la época de la independencia los sectores liberales habían sido refractarios a considerar el retorno a la Nueva Granada de la Compañía de Jesús, pero durante el gobierno de Herrán se permitió su retorno, de suerte que aun no llevaban ocho años en la Nueva Granada cuando tuvieron que enfrentar nuevamente la expulsión.

Abstracción hecha del alcance de la obra de la Compañía en la Nueva Granada durante aquellos años, para el grupo derrotado en la guerra de los Supremos el regreso se tomó como un ingrediente inmensamente irritante pues atribuían a la presencia de los jesuitas la herramienta que hacía cada vez más confesional diferente al Estado de perfil laico al cual aspiraban los liberales. Así lo plasmó Ezequiel Rojas en su ideario de 1848, con estos razonamientos en exceso apasionados:

"....el partido liberal ve en inminente peligro las libertades públicas, las prerrogativas de la soberanía y las garantías con la permanencia en el país del instituto conocido con el nombre de Compañía de Jesús. La influencia de esta corporación es irresistible; nace de fuentes diversas y poderosas; obra sólo a beneficio del tiempo con una fuerza irresistible como un grande ejército bien disciplinado y bien dirigido: es como aquellas plantas que tienen la virtud de cubrir y apoderarse de todo el territorio que está a su alcance, marchitando y absorbiendo la sustancia de cuanto alcanza a cubrir su sombra....." (12)

Desde la perspectiva del curso de más de cien años de esta afirmación, se observa la exageración de estas aseveraciones, que elevaron desproporcionadamente a la Compañía de Jesús a la categoría de enemiga de la soberanía nacional. De modo que la llegada al poder de José Hilario López con el gobierno llamado del 7 de marzo, alertó a los jesuitas sobre la suerte que les esperaba, tanto mas cuanto que desde las sociedades democráticas se despotricaban con entusiasmo contra los jesuitas.

Con algunas reticencias por parte de J.H.L. se llegó al hecho cumplido de la toma de la decisión, se acudió a un extraño razonamiento para proceder a ésta y fue el de predicar la vigencia de la pragmática sanción. Este procedimiento significaba, como se hizo en muchos otros casos, en afirmar la pervivencia del orden jurídico y la legislación del estado español con posterioridad a la independencia, con el propósito de llenar los vacíos del recién creado orden republicano. Tal procedimiento se incluyó en la llamada recopilación granadina, en la cual se ordenó aplicar las normas del gobierno español vigentes hasta el momento de iniciarse la República de la Nueva Granada. De modo que con fecha del 18 de mayo de 1850, se dictó el decreto que solo fue insertado en la Gaceta Oficial día 21. En la motivación se puso de presente la pragmática sanción de abril 2 de 1767, que a juicio del gobierno no había sido derogada. La quinta motivación, que se refiere al presidente dice lo siguiente:

"...Que una de las cuestiones que más se agitaron, y más fervorosamente se sostuvieron durante la gran disensión nacional que preparó la última elección de presidente de la República, fué la conveniencia de confiar al Poder Ejecutivo a un sujeto que por sus principios y enérgica decisión republicana dictase las providencias convenientes para hacer cumplir la citada pragmática de Carlos lll..." (13)

Dispone finalmente en forma contundente, en el artículo primero, que los jesuitas

" salgan del territorio de la República por la vía que los mismos gobernadores designen..."

Siempre que se ha ventilado esta decisión, se critica el exótico procedimiento de atribuirle vigencia a la pragmática sanción por cuanto bien se hubiera podido acudir, por ejemplo. A la revocatoria del decreto que los invitó a regresar al país, lo cual hubiera sido menos desgastante, más aún si la medida ya se encontraba tomada. Pero había hecho carrera la tesis de la pragmática sanción, de modo que ella fue la empleada por el presidente López. Se agrega a lo anterior, para resaltar lo extraño de la medida, el hecho de que la pragmática sanción había sido revocada por Fernando Vll en 1815, según lo recuerda Pilar Moreno de Ángel(14).

Curiosamente, si no tuvo el gobierno de José Hilario López dificultades para hacer cumplir la orden de expulsión de los jesuitas, la excepción se presentó en Popayán, donde en 1850 el liderazgo del partido conservador era ejercido por Julio Arboleda, inmerso en una profunda inconformidad con las reformas liberales de López. De esta suerte, la noticia de la salida de la Compañía de Jesús fue plásticamente capitalizada por Arboleda para defender a los jesuitas no obstante haber sido él, con gran destreza intelectual por cierto, quien en 1848, antes del 7 de marzo, predicó la vigencia de la pragmática sanción en una aguda y enjundiosa controversia de prensa sobre el tema. En consecuencia el general López destacó al general José María Obando en Popayán para verificar que el decreto fuera cumplido puntualmente, tanto que allí los jesuitas fueron notificados el 4 de junio de 1850 y salieron el día 6 provistos de sus respectivos viáticos. La salida de los jesuitas tuvo consecuencias para la política internacional de la Nueva Granada en la época, en vista de que el entonces presidente del Ecuador autorizó el ingreso de los jesuitas al Ecuador, donde las fuerzas igualmente se polarizaron perniciosamente alrededor del tema.

En el caso del extrañamiento del arzobispo Manuel José Mosquera Importa agregar, que la atmósfera adversa a la iglesia, se incrementó a propósito del levantamiento militar promovido por Eusebio Borrero que llevó a cabo el partido conservador en 1851, como reacción a las reformas progresistas del gobierno del 7 de marzo. En esta sublevación, que no fue de poca monta, de hecho fue una de las guerras civiles en regla del Siglo XlX extendida severamente en el Cauca y Antioquia, el Presidente López triunfó con las armas, pero había quedado claro, que la iglesia aplaudió con entusiasmo el levantamiento militar de los conservadores. El apoyo del clero a esta sublevación, fue significativo pues de hecho, el Arzobispo Mosquera era visto como el jefe del partido conservador al menos como la figura cuyas orientaciones atendían el recién fundado conservatismo. Es normal que se diera esta especie de fusión entre la iglesia y el conservatismo si se tiene en cuenta que las reformas anticlericales del radicalismo ofendieron gravemente la fe religiosa de muchos colombianos. En circunstancias diferentes fué éste, el precedente del papel que tuvo el Arzobispo Bernardo Herrera Restrepo en Bogotá a principios del siglo XX, como árbitro de la política electoral durante le llamada hegemonía conservadora. (15)

Por esta razón, la actitud del Arzobispo y su proyección en el escenario político de la Nueva granada se hicieron intolerables e ir.

 

 
 
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