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Historia
   


Nuestra Historia

Jorge Eliécer Gaitán

 
     
 

Nace Gaitán en medio de la agitación bélica, política, intelectual de la guerra de los Mil Días, cuando se clama en todos los bandos "por echar un puente sobre el abismo que separa entre sí a los liberales y conservadores de Colombia", según lo expresa en 1898 el jefe del conservatismo Carlos Martínez Silva; y muere asesinado medio siglo después, en 1948 – víctima de la misma violencia religiosa – abriendo así la última guerra civil liberal-conservadora de nuestra historia.

Pertenece Gaitán a la línea de los reformadores colombianos: el Gran General Tomás Cipriano de Mosquera, que por aquellos tiempos acaba de morir, hace veinte años; Rafael Nuñez; y Alfonso López Pumarejo.

Al concluir cualquiera de sus intervenciones en cualquier villorrio en el más apartado puerto del Magdalena- las gentes se arremolinan en las esquinas. Aquella voz que trae una esperanza legendaria, que se confunde con ellos mismos en una simbiosis que los supera, que es más biológica que intelectual, tiene el poder de convertirse en mil voces. Por la radio y desde todo el país se levanta un murmullo, poco a poco transformado en clamor, en grito. No es fácil hoy (en los noventas, apenas medio siglo después) concebir la fuerza de aquel mensaje, la convicción de los oyentes compenetrados con aquella misteriosa garganta, aquel alud, aquel torbellino en que se convertía la voz de Gaitán.

Era –lo testimonian quienes lo escucharon y todavía tiemblan contándolo- como un ciclón del que se iban desprendiendo palabras incomprensibles pero beatificas, de cuya repetición dependería en un futuro muy próximo la salvación individual y colectiva.

Una vez discutido y comentado por todos –hombres y mujeres-, el discurso es la base para la nueva adhesión de los soldados al jefe. Se redacta en todo solemne y se lleva en procesión a la Telegrafía. Allí, el telegrafista está esperando. También él ha oído el discurso y sabe que, ahora, por las ondas eléctricas, comienza a llegar a Bogotá la respuesta del país entero. En el Capitolio, Gaitán se ratifica en sus esperanzas, en su diario plebiscito...

El medio siglo de la vida de Gaitán ve sucederse algunos imponentes avances: se reconocen en la teoría la libertad de pensar y la libertad económica, y se conquista (siempre en la teoría) el derecho al trabajo. En este progreso, la cooperación de Gaitán es indudable, pero los adelantos pragmáticos no lo satisfacen completamente, no consiguen apaciguar su convicción de que solo un huracán social puede renovar y transformar las estructuras caducas de un país que, si bien ha avanzado, sigue muy lejos de las metas revolucionarias que él considera necesarias. Siente que la historia es hecha por los hombres, siente la historia, es la historia…

El entierro de Olaya Herrera –que ha muerto en el Vaticano como embajador ante la Santa Sede- conmueve al país entero. Desde el descendimiento del catafalco en Barranquilla, hasta donde lo ha traído un gigantesco trasatlántico, masas ingentes rodean el cadáver del "mono" y el avance de un metro es como una inefable conquista a la eternidad. La historia colombiana se presenta en esos días como una larguísima sucesión de entierros y los más viejos –aquellos que alcanzaron a saludar al Libertador- evocan los nombres de Bolívar, Sucre, Arboleda, Uribe Uribe, Gonzalo Bravo Pérez…

La magia de la elocuencia lo cautiva desde niño. Es frecuente encontrarlo ante el espejo ensayando el gesto viril con que habrá de acompañar el grito. Le son familiares los nombres de Cesar Conto, Rojas Garrido, el indio Uribe, Antonio José Restrepo, Rafael María Carrasquilla.

En la contraposición de clásicos romanos y románticos girondinos, Gaitán realiza la síntesis más acabada, y poco a poco va haciendo de su oratoria y de su dócil instrumento, su privilegiada garganta, una auténtica ciencia.

No es el intelectual irresponsable, el prestidigitador de ideas que debe su fama a un juego de palabras, a la habilidad para engañar. Es el pensador que no necesita hablar de cultura porque la cultura es él. Gaitán funda así la Orquesta Sinfónica, el Salón de Artes Plásticas, las bibliotecas ambulantes, difunde el pensamiento social, denuncia las injusticias dondequiera que aparezcan, dicta clases magistrales de derecho en los juzgados, es un maestro de oratoria, escribe como un escultor, vive con pasión su vida sentimental, gusta de todos los placeres que las diferencias sociales niegan a las clases proletarias. Por eso no resulta extraño que en un mismo día intervenga en un alegato judicial, prepare una conferencia académica, se reúna con un grupo sindical, pronuncie un vibrante discurso político, se dé un paseo en su flamante Chrysler, descanse media hora con un auténtico caviar rociado con vodka y que encarga con cierta frecuencia al almacén de abarrotes del barrio, revise las cuentas de su pequeño patrimonio, defienda sus honorarios de abogado ante los ricos y los decline ante los pobres. Nada de esto, por contradictorio que parezca, es anormal. Es su forma de vivir y de actuar.

A quien le reprocha su adhesión al caviar, Gaitán responde con una carcajada: -La Revolución se hará no para quitarle el caviar a los ricos sino para facilitárselo a todos… suponiendo que les guste.

La tesis de Gaitán es clara y sencilla. Está hecha para oídos humildes. El hombre del siglo XX comienza a conquistar su igualdad ante la vida. No se trata de inculcar en las gentes que lo aclaman delirantemente en Tuluá o en Cali, en Sevilla o en Manizales, o en cualquiera de los villorrios donde su cátedra se infiltra a diario por radios y megáfonos, los viejos postulados individualistas de igualdad, justicia, tolerancia y democracia.

Ahora hay que reemplazar los esquemas de la revolución francesa de igualdad ante la ley por el principio esencial de la igualdad del ciudadano ante la vida. Sus auditores, que son muchos más que los que alcanzará nunca en el futuro una emisión televisiva, siguen con pasión sus palabras, sus propuestas, sus intervenciones políticas y académicas. Cada una de sus acciones es comentada, aprobada o controvertida.

Sus giras se convierten en verdaderas apoteosis. Lo aplauden por igual en Colombia, Ecuador, Panamá, El Salvador y Costa Rica. El Rector de la Universidad Central de Guayaquil, Mosquera Narváez, declara que nunca se ha oído en las aulas universitarias "una disertación tan elocuente y científica".

Los corresponsales en Guayaquil, Quito, Tumaco, disparan todo su karkaj ideológico y formulan los más encendidos panegíricos del tribuno. El editorialista de "El Tiempo", en enero del 32, también comenta "el nuevo y resonante triunfo" de Gaitán: "…Nada más justo ni más comprensible… Si hay vidas de estudio paciente, desinteresado y ardoroso en Colombia y en la nueva generación, la de Jorge Eliecer Gaitán está sobre todas. Se ha abierto paso en nuestra historia con un método de voluntad, de estudio, de inteligencia y de decoro incomparables. La condición fundamental de Gaitán es la rigidez dogmática de su conciencia. Su vida es recta, clara. No tiene vida privada. Es un hombre público desde antes de ser un ciudadano legalmente…".

El contacto sin pausa con las masas en la defensa de cuyos intereses se sumerge diariamente no lo inhibe para continuar en la labor académica, en la defensa de todos los condenados de la tierra que se atraviesen en su camino, y en la elaboración de una estrategia política de alto vuelo que lo lleva a las mayores dignidades de su partido. De ahí que su nombre aparezca a diario en la prensa, citado como profesor, orador y director del liberalismo.

Su actividad es prodigiosa. Al mismo tiempo reorganiza los cuadros de su partido, forma parte de su dirección nacional, prepara los más amplios debates del Congreso, viaja sin descanso y lleva adelante los innumerables procesos que lo harán famoso. El 18 de febrero de 1932 el vespertino de los Canos, "El Espectador" de Bogotá, sintetiza en una nota editorial lo que el país piensa de Gaitán: -"Por eso, que es debido ante todo a su condición de intelectual, de hombre de espíritu y de estudio, Jorge Eliecer Gaitán se ve rodeado sinceramente de las masas. Propiamente su popularidad no es una conquista, es decir una empresa, sino un resultado, la repercusión de una conducta, de una inteligencia y de una vida en las entrañas del pueblo".

Ningún tema le es ajeno: en la Cámara de Representantes, en el Senado de la República, en las Asambleas y en los Concejos Municipales, su verbo encendido y su puño amenazante consolidan sus ideas, siempre sintonizadas con el mundo contemporáneo.

Los problemas de los ferroviarios, el tratado comercial con Ecuador, el fundamento jurídico de las autorizaciones al Presidente, los derechos del empleado, son otros tantos de sus temas prioritarios. Su proyecto de ley por la cual se determinan los derechos de los empleados particulares, es una de sus primeras conquistas parlamentarias. Hablando de la defensa de Gaitán, dice "Nosotros" de Bogotá: -"Ha sido necesaria la voz fuerte, moralmente irreductible, de este hombre-esperanza para hacer que la ley se hiciera humana y encerrara en su esencia la voluntad de reparar una injusticia reconociendo un derecho: el de nuestra ciudadanía".

"Es un profesor de estética política –exulta un comentarista del "diario del Quindío" -. No solo sería indelicado, sino hasta escandaloso, que en los momentos angustiosos en que el señor Ministro de Hacienda habla de la política del reajuste y conjuga los más severos verbos de la economía los senadores y representantes, insensibles a la amarga realidad de la hora, se declararan mudos ante el espectáculo de la crisis nacional". Lo cierto es que ahí está Gaitán proclamándose la voz del pueblo.

La reforma educativa, el rescate de los valores propios de la nacionalidad, la defensa del indio, la solidaridad latinoamericana, el ataque a al corrupción administrativa, el desgreño de las instituciones armadas, el análisis de las dictaduras europeas, son otros tantos de los temas que en ese momento lo ven como protagonista esencial. Allí, entre las laderas manizalistas, Gaitán encuentra tiempo también para exponer los vicios del sistema totalitario mussoliniano. "La frase galana, fácil y convincente –lo recuerda un cronista-, la relación serena y clara, todo el conjunto de las conferencias, revelaron en el doctor Gaitán que la vida que pasó en Italia, la dedicó en parte a la observación imparcial y de fondo respecto a las cuestiones que tienen a ese gran país postrado bajo una de las más odiosas tiranías".

La vida cotidiana, que es la vida de la historia y la Historia de las llamadas gentes comunes, se entrecruza en Gaitán con la vida política. Cada uno de sus actos comunes es político y cada hecho político es un hecho que interviene, interfiere, en la vida diaria de todos los ciudadanos. Por eso su existencia es igual a la de los demás seres envueltos en la red de fenómenos y acontecimientos que ligan los primeros años del siglo XX. Por eso la narración simplemente cronológica de sus acciones no es suficiente para comprenderlo. Se requiere la visión de conjunto del bloque social en que se sumerge. Habría que seguirlo minuto a minuto en sus actos y pensamientos, como el catecismo que él mismo aprendió en la escuela, y al mismo tiempo seguir también en sus actos y pensamientos los ídem de todos los seres que en distintas y permanentes secuencias atravesaron su camino.

Un bloque de los años cuarentas, por ejemplo, podría darnos alguna idea sobre la efervescencia de una época en la que palabras como "valores", "espíritu", "mística", "religión", son de uso corriente y tienen significados equivalentes para ciertas capas intelectuales de Colombia. ¿Qué es lo que hace que Gaitán sea tan "popular", tan inteligible? Seguramente sus aspiraciones, sus anhelos, sus metas, que se identifican con los de una Nación que se debate entre los dolores augurales del parto y las desesperanzas de la agonía.

Gaitán, sus actos y sus palabras, son ejemplo. Lo admiran los jóvenes, que ven en él su futuro; los viejos, que deploran las violencias del pasado; y especialmente lo admiran las mujeres que encuentran en su verbo inflamado una desesperada ansia de amor.

Ese ejemplo, que no es manifestación de egoísmo sino proyección de los mejores instintos, inunda todos los campos y quiere ser el germen del porvenir. Gaitán es el paradigma de los nuevos tiempos y por eso quiere ser siempre el primero y por eso lo consigue. La suya es una lucha procelosa con el diario existir. Es el primer alumno del primer colegio. Es el universitario magna cum laude. Es el abogado triunfante. Es el creador de una nueva teoría del derecho. Es el más valeroso de los denunciantes. Es el conferencista por antonomasia. Nadie lo supera en la oratoria. Es un hombre de cultura. Sobrepasa a todos sus competidores. A López, a Santos, a los dos Lleras, a Laureano. Sus triunfos le vaticinan el cadalso político. Por eso lo matan. Y luego lo ignoran, lo descalifican, lo calumnian.

Los años que llenan el arco toral que va de 1938 a 1949 son el momento colombiano (apenas un instante en la parábola vital de un pueblo) en el cual "la historia se encuentra como recogida en un punto álgido", dixit Walter Benjamín, recordado por Policarpo Varón.

Escatimar sus méritos se vuelve en ese momento un deporte nacional. Los intelectuales disparan sus calambures trasnochados y los mediocres sus cuchufletas irónicas. Ante el espejo ensayando sus gestos patéticos recuerda el ridi pagliaccio de Leoncavallo escuchado con sus perdidos amigos romanos. Pero el pueblo cree en él. En su franqueza y en su sinceridad que se contraponen todos los días a la parsimonia y el disimulo del Presidente Ospina, que ha encontrado su identidad en la morosa dilatación con que se enfrenta a las quejas liberales. Gaitán, en cambio, sigue desarrollando un temperamento agitado, incluso turbulento en veces, atemperado por el instinto que él mismo bautiza como "malicia indígena". En el escenario de la política ingresan entonces fuerzas tortuosas de brutal intensidad y así va surgiendo una clase media inculta y voraz.

En estos días de marzo de 1948, Gaitán habla de su extraño destino Shakespereano y entreve en alguna parte oscura de su devenir la convocatoria de las parcas.

Como en todas las historias de todas las naciones, de todas las comunas, de todas las familias, la incomprensión, el rencor, las antipatías crecieron y se desarrollaron. La figura un poco siniestra del padre, a caballo entre el librero bohemio y el estratega de café, domina el panorama de la infancia, donde se reproducen sin cesar los ecos de una indignación impotente.

Su vocabulario refleja el alma que cada quien lleva en sí. Inmenso, colosal, enorme, son palabras de su diario vivir. Lo ha dicho Pascal: "Hay palabras determinantes que dan idea del espíritu de un hombre".

De aquellos días surgió entre las clases obreras, especialmente en los Santanderes y en la Costa la costumbre de bautizar a los niños con el nombre de Jorge Eliecer.

Vida compleja la de Gaitán, inmersa en el océano de la cultura, cuyo oleaje de humanidad y compasión no da tregua. Palpitar de células, de arterias, de músculos, que van amansando la personalidad única de un hombre atento a todas las vivencias, cumplido en todas las encrucijadas, inquieto en su quehacer histórico. Cualquier día de su existencia es idéntico a los otros: en todos se agita la misma idea de justicia, de equidad, de igualdad que ha aprendido a desarrollar en las aulas primero, y en la cátedra de la vida después.

Lo acusan de retórico cuando es el antirretórico por excelencia. Cada compromiso de su jornada diaria es cumplido y hasta exasperado. Y en todo busca la perfección. No la alcanza, es obvio, pero sí tiende el arco y dispara la flecha hacia la meta de sus sueños.

Al mismo tiempo, el entusiasmo popular por el líder empuja al bautizo con su nombre de avenidas, calles, calzadas, jardines y escuelas por todo el territorio nacional.

Cuando llegue su hora fatal, el país estará listo para la apoteosis sangrienta del hombre de la paz. Mística, adoración, fanatismo, todos los ingredientes del héroe superlativo, se apretujan en la confundida mente colectiva por cuyos meandros circula la última esperanza: "a la carga por la restauración moral de la República".

"Yo no soy un hombre, soy un pueblo…".

Esta exclamación categórica y definitoria, lanzada al huracán de la corriente histórica, encierra toda la vida y la muerte de Jorge Eliecer Gaitán. No es una frase retórica como algunos lo han dicho. Encierra una verdad demostrada con los hechos y acontecimientos desarrollados en Colombia durante la primera mitad del siglo XX y que se prolongan hasta el nuevo milenario.

Su biografía es así –lo hemos mostrado en todos los foros posibles - una autobiografía del pueblo colombiano.

Sus páginas han sido escritas por esos protagonistas, por esos seres humanos que nacieron, vivieron y murieron en la geografía de ese rincón terrestre llamado Colombia, en el cual creyeron encontrar su razón de existir.

Como en una tragicomedia shakespereana, en ese múltiple escenario actuaron todos los barones de todas las guerras, todos los burdos campesinos, todos los líderes, todas las mujeres maltratadas, todos los humillados, ofendidos y condenados y todos dejaron el testimonio de su misma lucha por la libertad.

De todos aquellos nombres ilustres, como en la interrogación poética del Cancionero poco ha ido quedando. Los protagonistas mayores desaparecieron en grandes cataclismos morales: los nietos de un expresidente fueron condenados por narcotráfico en Estados Unidos; el jefe de la fracción conservadora más intransigente, cayó asesinado ferozmente; herederos de apellidos presidenciales se vieron vinculados a negocios turbios; millares de militantes de la Unión Patriótica fueron fusilados o desaparecidos… Nada nuevo, sin embargo; otro tanto o peor ocurría en los inicios del siglo, como se prueba con la lectura de los documentos, grandes o pequeños, que forman la urdimbre de esta vida tejida por las manos del sufrimiento y la compasión.

En la mañana del 9 de abril de 1948, Amparo llama a la secretaria de Gaitán y le cuenta que ha tenido un sueño sangriento y que Gaitán no ha querido escuchar ninguna advertencia. A la una y cuatro minutos de esa tarde, Gaitán sale de su despacho en busca de su destino. A la una y cinco cae asesinado en pleno centro de la capital. A la una y treinta y ocho el último filo de vida del caudillo se escapa hacia la eternidad.

Desde entonces Colombia tambalea, tiembla, se estremece, a la búsqueda de su destino perdido. A las tres comienza el incendio de Bogotá, auténtica hipóstasis del jefe con su pueblo. A las ocho y media se constituye una Junta Revolucionaria de Gobierno. A las diez de la mañana del 10 de abril la Dirección Liberal resuelve ingresar al gobierno. Darío Echandía se pregunta: "El poder ¿para qué?". Nunca lo supo. El no saberlo le costó a Colombia muchos años de guerra civil no declarada… pero esta es otra historia: nuestra historia de hoy. Muchas gracias.

 

 
 
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