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Nuestra Historia

Luis Carlos Galan y el Liberalismo

 
     
 

Su contacto con la política

Desde los primeros años de su corta existencia, Galán se encuentra con la política. En su casa, la política es el pan de cada día. Mario Galán Gómez, su padre, no sólo cultiva la historia de sus ancestros, entre los que se destaca fundamentalmente José Antonio Galán, sino que participa activamente en la lucha, donde agita ideas reformistas y clama por la modernización y tecnificación de las estructuras estatales. Buena cuenta de esta herencia se puede encontrar en la constancia de protesta que por la indiferencia del Gobierno Nacional ante la conmemoración del bicentenario de la insurrección comunera, dejó en el Senado el recientemente elegido Senador por Santander.

En ella se lee: "El Gran Movimiento Comunero de 1781 es como el nacimiento de nuestra alma nacional que ya desde entonces vibraba al unísono con el alma de América. En ella se encuentra la raíz y fuente de nuestro derecho público; el fundamento de nuestro sistema representativo; la defensa de los derechos humanos; la búsqueda de la equidad tributaria y del derecho popular a intervenir en la fijación de las cargas impositivas para que éstas no arruinen a la economía, ni entraben el progreso, ni aniquilen el presupuesto de las gentes. Aparecen las manifestaciones iniciales de un sano nacionalismo y el primer esfuerzo para que se respete y favorezca el progreso y la autonomía regionales y para que la Iglesia obre dentro de la órbita de sus propias responsabilidades".

Me temo que muy pocos liberales son conscientes de éstos antecedentes históricos y, por supuesto, del enorme valor que tienen para darle forma a unas ideas hoy a la deriva.

El liberalismo: instrumento adecuado

Para tener algún punto de referencia, es bueno señalar que según lo anota Zalamea, antes de llegar a los treinta años ya ha sido un periodista de primera categoría –no un ilusionista ni un mentiroso– y ha sido capaz de defender en el Congreso sus proyectos de ministro. Conoce el estado del país y tiene un diagnóstico preciso sobre cuáles remedios y reformas se requieren. Para ponerlas en práctica hay que encontrar el instrumento adecuado. Para Galán es la ideología liberal. Sabe de sobra que el liberalismo es un partido gastado y decadente, dominado por una burocracia partidista en la capital y por baronías feudales en las provincias, pero que mantiene una recuperable vitalidad secreta.1

Ya que menciono este asunto, vienen como anillo al dedo las reflexiones que el político y el periodista Galán hacía sobre la situación liberal en 1978, momento en el cual se intentaba promover un debate dentro de la colectividad con el fin de ponerlo en línea con las nuevas realidades. En el editorial de la entrega del 23 agosto de Nueva Frontera decía: "Hace pocos días, en Cali, el Doctor Calos Lleras Restrepo propuso que el liberalismo aproveche esta época –sin apremios electorales– para debatir su destino y por consiguiente sus nuevas misiones en la sociedad colombiana.

"El tema inquieta a todos los sectores del liberalismo. A los más heterogéneos. Al fin y al cabo los argumentos que se utilizaron en la última campaña presidencial son los últimos que emplea un partido político –no se puede olvidar que fue la campaña que llevó a la primera magistratura al señor Turbay Ayala–. Cuando sólo se puede hablar del pasado y nada más que del pasado como único título para preservar las mayorías, se confiesa implícitamente que no hay fuerza ideológica auténtica para interpretar el futuro y asegurárselo a una Nación.

"El pretérito liberal puede originar, varias actitudes, las cuales también pueden ser y son antagónicas. Para algunos implica la responsabilidad contemporánea de probar el mismo espíritu creativo que distinguió al liberalismo y a sus jefes a partir de 1930, principalmente. Para otros es la manera cómoda de refugiarse en antiguas banderas que cumplieron su misión pero ya no son suficientes para convocar a un pueblo a ninguna lucha trascendente. Sólo vale la pena hacer política, trabajar en política, si se tiene el coraje de dar un testimonio real sobre el tiempo que se vive. Reducirlo todo a las consignas, slogan y tesis de hace veinte o treinta años es algo tan fuera de nuestra época como pintar obras impresionistas a estas horas de la vida para presentarlas como la visión estética de vanguardia".

Aunque las anteriores observaciones dan una pista sobre la forma moderna como Galán concebía la acción del liberalismo, es el momento de poner en blanco y negro los elementos centrales de su pensamiento, no sin antes advertir que nunca su énfasis dejó de ser liberal, pese a reconocer, como se anotó antes, que la organización política se encontraba fuera de contexto. El convencimiento de que el país es liberal en su mayoría –aún hoy se puede pregonar tal aserto– y que es un partido que viene de atrás, enraizado en nuestra historia y en especial en los años que van de 1930 a 1960, cuando son los dirigentes liberales los que abren las compuertas de la modernidad, lo mantuvieron fiel a ese ideario, de allí los esfuerzos que hizo para poner el partido al día y así impedir que su espíritu desapareciera en medio de tantas ambigüedades ideológicas y de tantos problemas de organización y comportamiento.

Una forma de aproximación

Acudiendo al pedagógico método de responder preguntas tales como: ¿cuál puede ser el papel del liberalismo en el proceso de renovación democrática que necesita Colombia para superar el dilema anarquía o dictadura? ¿En qué sentido y por qué razones es indispensable la modernización del pensamiento liberal en Colombia? ¿Qué objetivos le debe proponer el liberalismo a la Nación desde ahora y durante los próximos veinte años? ¿Por qué en el área liberal pueden encontrar las nuevas generaciones una línea política que interprete sus ideales de servicio a Colombia y merezca credibilidad y confianza?, Galán facilitaba el diálogo con los colombianos y, por supuesto, la presentación de sus ideas.2

Para empezar, en su cabeza estaba claro que veintitrés largos años de Frente Nacional encerraban uno de los más interesantes y complejos períodos de la vida de Colombia. La columna vertebral de esta etapa histórica había sido el liberalismo por su condición de fuerza mayoritaria que aceptó compartir el poder con el Partido Conservador para rescatar el país del sectarismo y la guerra civil en que se hallaba. Ese fue –aclaraba– un medicamento necesario para superar las graves dolencias nacionales de mediados del siglo. Infortunadamente el liberalismo cayó en la adicción y entre las normas constitucionales pactadas provisionalmente y cierto aburguesamiento general del partido que volvió cómodos y oportunistas algunos de sus sectores parlamentarios y directivos, terminaron por reducirlo a un simple remedo de lo que fue, como si se tratara de otro partido burocrático en la historia latinoamericana con más pasado que futuro político.

Frente a estas circunstancias, el líder desaparecido proponía recuperar la línea histórica de la colectividad con un testimonio moderno de lo que puede crear en esta sociedad el espíritu liberal que aún existe en la inmensa mayoría del pueblo pero no se expresa en los sectores que generalmente llevan la vocería de la organización. Por eso decía que era necesario volver a estructurar esa fuerza creadora que fue el Partido Liberal para que actuara eficazmente en nuestra época. De acuerdo con su parecer, lo que existía –la afirmación es válida para el momento actual– no era el Partido Liberal del que hablan las generaciones anteriores y de la cual la historia registra tantos testimonios. Se mantenía apenas el nombre. La inercia emocional de lo que hizo y representó, servía de instrumento a intereses, mentalidades y propósitos totalmente distintos de los que constituyeron el liberalismo. ¿Se equivocaba cuando esto decía? Para mal del País y del Partido lamentablemente no. Quienes hicieron oídos sordos a su llamado deben lamentar en su interior la falta grave que cometieron y persisten en cometer.

Los elementos centrales

El punto de partida del pensamiento liberal era para el joven dirigente el reconocimiento de la libertad política de los ciudadanos, es decir, del derecho que a cada uno de ellos corresponde para intervenir en el manejo del Estado, en la administración de la cosa pública. Dentro del sistema representativo, impuesto por las condiciones específicas de los estados modernos, aquel derecho lo ejercitan las gentes por medio de la designación de personas que, con el carácter de mandatarios o de representantes suyos, expidan o ejecuten las normas de carácter obligatorio que regulan la vida colectiva.

En ese mismo contexto, la libertad para cada cual de escoger y de practicar la religión que a bien tenga, mientras ella no pugne con la moral, es un derecho que la doctrina liberal defiende y debe defender sin detenerse en ninguna clase de consideraciones. El Gobierno tiene la obligación de garantizar ese derecho a todos los habitantes del territorio, nacionales y extranjeros. No puede haber privilegio para ningún culto.

El primer deber de la autoridad pública es el de garantizar, sin ninguna clase de discriminaciones o privilegios, las libertades y los derechos esenciales de la persona humana: la vida, los bienes, la honra, la libertad personal, la de pensamiento, conciencia y cultos.

Vale en este momento una digresión. Aunque la exposición de las doctrinas liberales toma a veces el carácter de un simple recuento de los principios tradicionales que informan nuestro Derecho Constitucional, esto es lógico pues aquellas doctrinas han recibido en muchos aspectos fundamentales el asentimiento unánime de la opinión pública colombiana al través de siglo y medio de historia; sobre ellas se fundó y se ha desarrollado la República.

Siguiendo con la argumentación, como para Galán la política no era una forma de hacer carrera, sino una misión de contenido social, el tema de la cultura hacía parte de sus preocupaciones y de su particular atención; por eso señalaba con especial énfasis: "la cultura representa un escenario fundamental de una acción política profunda porque Colombia no ha logrado encontrar todavía su identidad cultural ni detectar los valores que le dan sentido a la sociedad".

Sin dudarlo un momento, advertía que el liberalismo debía preocuparse porque nuestro pueblo tome verdadera conciencia de su pasado; que conozca las preocupaciones de las generaciones anteriores y el sentido de las luchas populares a lo largo de los años porque de otra manera no se puede entender la realidad actual. Y una observación bien importante para los tiempos que corren: "Las nuevas generaciones no sólo ignoran la historia del último siglo y medio, también desconocen lo acontecido desde los días del nacimiento de la República y sobre todo no tienen mayor idea de las causas de las guerras civiles y los procesos históricos regionales que tuvieron tanta trascendencia en la evolución democrática de la Nación". Verdad irrecusable que corrobora, entre otras cuestiones, el absurdo tratamiento dado a la confrontación persistente entre los colombianos.

La lucha por la democracia orgánica era su obsesión, en especial porque ahora las tesis históricas del partido se deben expresar en puntos más concretos de combate contra los privilegios. Esto significaba proclamar la verdadera democracia como el fruto de la triple relación de factores políticos, económicos y sociales de los cuales depende el derecho real del pueblo a tener un gobierno auténticamente suyo y dedicado al servicio de los intereses generales.

Muchos fueron los escritos en los que dejó consignada su opinión sobre los factores y obstáculos de la democracia económica y social; el crecimiento de los monopolios; la intervención del Estado; la lucha por el pleno empleo; los privilegios de cuna y de clase; la dispersión de los sectores populares y la necesidad de la organización popular; las desigualdades en los servicios de salud y tercera edad; la importancia de la educación sexual; los derechos de la mujer; los problemas urbanos; en fin, lo que en estricto sentido podría catalogarse como el plan de acción nacional de cara a los próximos veinte o veinticinco años de desarrollo, entendida esta expresión como los cambios y avances requeridos en los órdenes político, económico y social. Como resultaría prolijo referirse a cada uno de ellos, me limito a hacer breve mención de unos pocos.

El núcleo del pensamiento económico

En el conjunto de las necesidades públicas y de los servicios llamados a satisfacerlas hay algunos que tienen predominantemente un carácter local y deben ser regulados por la voluntad del grupo social vinculado a ellos. Si su reglamentación y manejo se entregan a quienes no derivan sus poderes del electorado local, sino de sectores más amplios que no tienen en esos servicios un interés directo, se presenta también una violación de la verdadera libertad política. Estos elementos le dieron a Galán las bases para la intensa defensa y promoción que hizo siempre de la descentralización.

En cuanto a los fines del Estado, consideraba que estos consisten ante todo en la protección y garantía de las libertades y derechos esenciales del hombre, y en la consecución del mayor grado de seguridad y bienestar para todos los habitantes de la nación. Las necesidades públicas que el Estado debe satisfacer no son esencialmente distintas de las necesidades individuales. Claro está que la seguridad de la nación, su preservación como entidad independiente, la conveniencia de que el Estado tome en cuenta no sólo el bienestar presente sino el desarrollo y el bienestar futuro, de que armonice los intereses opuestos y busque progresivamente la igualdad económica, imprimen al concepto de necesidad pública ciertas características peculiares. Pero esto no lo divorcian de las necesidades individuales. El hombre es en definitiva el valor esencial para cuyo servicio existe la organización del Estado.

Estimaba que una de las funciones esenciales del Estado es el logro de la democracia económica. ¿Cómo aproximarse a este difícil punto? El análisis de la estructura económica del país le mostraba los siguientes rasgos característicos: un ingreso nacional, esto es, el valor neto de los bienes y servicios producidos cada año, bajo en términos absolutos; un ingreso per cápita también muy bajo; un alto índice de concentración del ingreso que hace que las rentas de la mayor parte de la población sean muy inferiores al ingreso promedio per cápita, mientras las rentas de una pequeña minoría son extraordinariamente más altas que dicho promedio; una reducida productividad del trabajo; baja participación de los ingresos del trabajo en el conjunto del ingreso total, al lado de una excesiva remuneración del capital; escasez de capital y por consiguiente de equipo productivo; atraso técnico y deplorables condiciones físicas e intelectuales del factor humano. Estos eran –y todavía son, valga recordarlo– los hechos a los cuales debe hacer frente el Estado en Colombia con un criterio realista no perturbado por vanas utopías, señalaba con especial énfasis.

Es obvio que un escrito de esta naturaleza no puede pretender detenerse a estudiar los pormenores de la política que en distintos campos propuso; no obstante, no se puede dejar de mencionar la que se refería a la distribución del ingreso a través de los mecanismos fiscales y de la seguridad social. El Estado, con sus mecanismos fiscales no solamente afecta la distribución del ingreso, sino que lleva también a cabo un proceso de capitalización en su propia cabeza. Con ese capital que acumula realiza inversiones indispensables para el general progreso económico; por tal motivo, el Estado debe utilizar tales instrumentos para dotar de capital a quienes de él carecen. Este criterio tiene especial aplicación en el sector agropecuario, donde nuestros campesinos se enfrentan a la carencia de tierras, de equipos productivos y de fondos para alimentar el proceso de producción.

Expuestas a grandes saltos las ideas y los principios que vincularon a Galán con el pensamiento liberal, no me resta otra cosa que, parafraseando a Alberto Zalamea, decir: "Hojear estas páginas, donde se ha buscado condensar el intenso entendimiento entre Galán y el Liberalismo, puede resultar frustrante por lo ocurrido en los años posteriores, pero sí escudriñamos su sentido secreto y germinador, comprobaremos que de estos escorzos de realidad brota también la esperanza. Es el legado de este hombre ejemplar, de este político paradigmático, de este patriota cuya obra y vida deben ser conocidas y estudiadas por todos los colombianos".

1 Zalamea, Alberto. La Vida de Galán. Villegas Editores

2 Nueva Frontera, No. 341, julio de 1981.

 

 
 
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