FINAL
Historia
   


Nuestra Historia

Dos vidas estelares, Eduardo Santos y Carlos Lleras

 
     
 

Mentalidad y Sensibilidad contra la violencia

Por lo general, de Eduardo Santos se exaltan su cultura francesa, su amor por la filosofía, el arte y el pensamiento galos, pero muy poco se consideran su raigambre ancestral y sus experiencias augurales en la propia Colombia, a la cual consagrara todos sus desvelos. Se complacía él en referir cómo su horror a las devastaciones de la violencia y de la guerra más que a reflexiva y laboriosa convicción se había debido al sacudimiento emocional suscitado durante la peregrinación a la tierra nativa de sus mayores. Apenas recibió el título de doctor en Derecho y Ciencias Políticas. fue allá, a lomo de mula, con el objeto principal de visitar, en la población de Curití, la tumba de su padre, Francisco Santos Galvis, quien en ella tuviera una muerte latina, estoica y serena, propia del temple de su estirpe.

A lo largo de la travesía, con las congruas vituallas de que había sido provisto en Duitama para el escabroso camino, no encontró ni cantos de pájaros ni aves de corral, sino desolación, ruina y miseria, hasta llegar al oasis familiar de Curití. Reanudada la marcha hacia Piedecuesta por los desfiladeros del Chicamocha, sólo pudo ver cabras montaraces sobre la pobre vegetación, restos escuálidos de lo que antes de la guerra de los Mil Días fueran criaderos organizados y florecientes.

De allí tomó el mismo curso que, en los albores del precipitado e improvisado levantamiento liberal, habían seguido las juveniles, heroicas e intrépidas huestes comandadas por los generales Rafael Uribe Uribe y Francisco Gómez Pinzón, sacrificado este a la entrada de la ciudad, en el sitio legendario todavía conocido con el nombre de "Puerta del Sol".

Recorrió así Eduardo Santos la misma ruta de esa romántica y descabellada revolución y supo cómo a esa primera batalla se lanzaron las tropas bisoñas con muy escaso armamento y la consigna de arrebatárselo al enemigo. Al calor de esos trágicos recuerdos y de esas huellas de estrago, se formaron su mentalidad y su sensibilidad contra la violencia. No era miedo de su espíritu erguido a la suerte que pudiera correr, sintiéndose, como se sintió en horas aciagas, exponente revivido de la inmolada generación de 1.810. Era repugnancia combativa por sus consecuencias asoladoras en las vidas de los pueblos e, igualmente, determinación de prevenirlas.

En cuanto a la resistencia a la arbitrariedad y la pasión por la libertad, nunca dejó de inspirarlo el ejemplo de su tía abuela, Antonia Santos. La cual fuera llevada al patíbulo en el Socorro por la osadía de haber organizado, financiado y dirigido la guerrilla de Coromoro para distraer en 1.819 a las tropas españolas, los famosos tercios españoles, de su acción táctica contra el desarrapado ejército patriota de Bolívar y Santander cuando entraba a la Nueva Granada, por Boyacá.

Así, pues, se gestaron dos de sus más hondas y firmes convicciones: la de la lucha irreductible en defensa de las libertades públicas y la autonomía de las conciencias y el horror militante por todo acto de barbarie. De sus propios labios lo escuché siendo él gobernador de Santander por el año de 1931 y yo un niño de menos de diez años.

Entonces conocí, en el lar paterno, su ternura humana, su trato exquisito, su espontaneidad familiar, su temperamento sereno. tranquilo y rumiante como él mismo lo decía, pero no por ello menos alerta y rápido para afrontar las más arduas circunstancias, correr graves riesgos y trazar criterios acertados y seguros.

A una cruzada contra la violencia y la intransigencia creyó menester invitar al pueblo de Santander y obtuvo pronta, franca y duradera respuesta, en forma que de ahí surgieron vínculos perdurables de recíproca solidaridad y cordial aprecio.

De ahí salió Eduardo Santos a complementar sus estudios en París con el bagaje de conocimientos del idioma francés que había recibido en el Instituto de la Salle, en Bogotá. Entre los cursos en los cuales se matriculó figuró el de Sociología de Durkheim, donde un grupo de rusos también estudiaba y, según él vino más tarde a saberlo, estaba nadie menos que una personalidad llamada después a estremecer al mundo: Nicolás Lenin. Quien iba a imaginar que Eduardo Santos se hubiera sentado, sin darse cuenta, en los mismos bancos universitarios en que lo hacía el artífice ulterior de la devastadora revolución rusa. Naturalmente, otra fue su orientación y otros fueron sus objetivos como otros eran sus ancestros y su patria.

De regreso a Colombia, milita en el Partido Republicano. ¿Por qué? Por su horror a la violencia y por que en su alma debía de haber cierto rencor hacia los responsables de la matanza feroz que, en cuanto al escenario santandereano, culminara en la batalla de Palonegro, cuyos resplandores alcanzaba a divisar mi madre, desde la meseta de Bucaramanga, en esas noches luctuosas.

Cómo pedirle a personas de esas experiencias no tener un criterio de paz y concordia, capaz de servir algo así como de algodón entre vidrios y de prevenir desastres como el de la guerra de los mil días que tanta sangre costara a Colombia, y a nuestra comarca santandereana largos años de estancación, melancolía y retraso. Cómo exigirles que no militaran en el Partido Republicano cuando su ideal se confundía con las ideas liberales de libertad y justicia, anidando como anidaba en la memoria el recuerdo del choque brutal que pretendió resolver graves problemas con las armas en la mano.

Pues bien. Militó fervorosamente en el Partido Republicano y al comprar EL TIEMPO en 1.913, con cinco mil pesos que le fueran prestados con los debidos intereses, continuó poniéndolo al servicio de las tesis del Partido Republicano y recogió la bandera de su aguerrido fundador, Alfonso Villegas Restrepo.

Militancia Liberal y Periodistica

En 1.921 encuentra que ese partido no era ya sino escombros y olvido, hasta el punto de que políticamente había desaparecido. Considera entonces que sus ideas podrían florecer con mejor fruto y mejores perspectivas en el Partido Liberal y a él entra resueltamente. Hacia 1.923, su jefe, el general Benjamín Herrera, lo cree destinado a ocupar la Presidencia de la República e incluso a enfrentarse al candidato conservador, general Pedro Nel Ospina.

Desde su trinchera de " El Tiempo " no cesa de predicar, combatir y enseñar, de ver de infundir al país sus convicciones y su temperamento. En el gobierno del presidente Pedro Nel Ospina se opone a la colaboración liberal por la cual se inclinaba un dilecto amigo y jefe suyo, el director del "Diario Nacional", Enrique Olaya Herrera. Disparidad ventilada en la forma más civilizada y cortés, sin que afectara los vínculos de amistad que ambos cultivaban.

Páginas memorables de honor y valor tranquilo y sin alardes escribió en "El Tiempo", con dedicación sin ejemplo. Pues él mismo dormía sobre la rotativa del periódico y salía instantáneamente del sueño cuando esa máquina se paraba por cualquier motivo accidental.

A diario hizo la disección de la hegemonía conservadora, denunció su ineptitud y sus lacras y estableció inviolable línea divisoria con los negocios. Creyéndolos, como los creía, incompatibles con el ejercicio político y, más aun, con las disciplinas de gobierno. Dentro de ese orden de ideas, sostenía que quien representara intereses extranjeros debía renunciar a intervenir en la administración pública y en la confección de las leyes. Por los fueros de la patria colombiana, por su integridad, independencia y decoro, velaba insomne.

Combatía sin tregua y sin estridencia por altos y nobles ideales, sin dar campo a lo que denominaba críticamente periódico avispa. Siempre contra las dictaduras, contra los totalitarismos de cualquier género, contra las iniquidades, contra la chismografía disolvente, en defensa de la dignidad de la persona humana y de la equidad en la vida de los pueblos. Cuando contrae nupcias con Lorencita Villegas de Santos, una mujer extraordinaria, luminosa, de fibra a la par de la de su marido, numen de sus meditaciones, escritos y luchas, trae de Tunja, a acompañarlo en "El Tiempo", a su hermano Enrique, el famoso "Calibán".

Responsabilidades públicas

A la victoria del Partido Liberal, el presidente Olaya Herrera lo designa ministro de Relaciones Exteriores, donde de joven había trabajado y ejerce el cargo por corto tiempo para seguir al frente de su diario. En el departamento de Santander se complica la situación por el cambio de régimen y, ante los actos de violencia, el Jefe del Estado le comunica su propósito de nombrar gobernador militar.

Eduardo Santos se niega a aceptar esta posibilidad y acepta más bien viajar a Bucaramanga a estudiar el problema, dispuesto a asumir la Gobernación si lo juzgara aconsejable. A Bucaramanga llega, cuando injustamente se le sospechaba tierra hostil y bárbara, en compañía de Lorencita y una pareja amiga a la que solicitó salir a encontrarlos a Puerto Wilches, sin guardia ni aparato, como a su propia casa. Desde el balcón de la residencia donde se alojó, exclamó: Muchas cosas quisiera decirle al Partido Liberal, pero la misión oficial que traigo me sella los labios" Asumió la Gobernación y durante cuarenta días logró la pacificación, la reconciliación y la concordia, como ya lo anoté atrás.

Poco después viaja a París y, con motivo del conflicto con el Perú, a la Liga de las Naciones, donde brillaría con luz singular y le ofrecería a esa institución el único verdadero triunfo en su corta y accidentada existencia. En un discurso admirado y admirable, campeó su fluida elocuencia en lengua gala y la solidez de tesis jurídicas incontestables, respaldadas en el concepto que felizmente consiguió de uno de los grandes juristas de Francia, el señor Poincaré.

Merced a ese discurso y a sus laboriosas gestiones, se preservó Leticia y se le abrió el cauce al Protocolo de Río de Janeiro y al entendimiento con el nuevo Presidente del Perú, el general Oscar Benavides, con quien audazmente iría a entrevistarse en Lima Alfonso López Pumarejo.

Con estos antecedentes y con los de su prédica liberal y de conductor político, no era de extrañar que muy pronto escalara la cima de la Presidencia de la República, a la cual quería llegar y tenía la seguridad de alcanzar. No abriéndose paso a codazos, no disputándole a nadie títulos bien merecidos, sino esperando tranquilamente su hora. Le llegó por el acaecimiento infortunado del fallecimiento de quien era su candidato, cuyas ejecutorias había defendido y exaltado desde su curul de senador de la República.

Convivencia democrática en el poder 

Todo el mundo pensó en su nombre para llenar el formidable vacío. Pero no faltaban otras aspiraciones impacientes y, por su parte, el presidente Alfonso López Pumarejo, su compañero en anteriores luchas, le expresó con cordial franqueza que su hora había pasado y que no lo creía en condiciones de resultar elegido por el Partido Liberal.

Fue así como se dedicó a recorrer al país, a ir a todos los pueblos, a mezclarse con las gentes, con su ancestro campesino y su devoción y amor por su patria. Siempre en compañía de Lorencita, por los caminos polvorientos de la época. Fue así como un 4 de Abril, fecha que no se me olvida por la celebración jubilosa en la casa paterna, le ganó el pulso democrático al candidato de las simpatías del gobierno, el maestro Darío Echandía.

Con la bandera decidida y enérgica de la convivencia ascendió a la cima del poder. Además de la obsesión de la guerra de los mil días, lo inquietaba la preocupación de que pudiéramos derivar a una contienda civil, como la terrible de España. O de que fuéramos víctimas de un totalitarismo opresor, como el que en ese país se implantó bajo el mando de un hombre frío y sanguinario, el General Francisco Franco. Desde la prensa acompañó a los republicanos españoles en sus vicisitudes y, conociendo como conocía sus circunstancias, le horrorizaba la posibilidad de verlas repetidas en Colombia.

Fue así como en un debate anterior en el Senado disintió de la tesis del gobierno beligerante, aduciendo el fracaso resonante del señor Cassares Quiroga en España. En su lugar, optó por la divisa de la convivencia que, no obstante haber sido calificada de pusilánime y medrosa, había sido la fórmula de salvación planteada por el más extremista de los republicanos, pro soviético por cierto, el doctor Juan Negrín.

Esa convivencia activa, grande y fuerte de ideas distintas y de distintos criterios, no era desde luego para practicar un continuismo ajeno a su temperamento, cuyo sello quería imprimirle a la república, como lo hiciera antes a través de las columnas de "El Tiempo". Tampoco claudicación ante los totalitarismos balbucientes y, en particular, ante la consigna de acción intrépida y atentado personal, impartida y pregonada sin embozo por el jefe del partido conservador, el doctor Laureano Gómez, en su empeño de frenar y tumbar a la República Liberal.

"Yo nunca he pensado- declaró- en una política de convivencia entre gobernantes y cabecillas de los partidos. En un acuerdo reducido a un centenar de personas para hacer o no hacer determinadas cosas. No es esta una política de picardías, es una obligación moral del liberalismo. Yo ni he negociado, ni negocio, ni negociaré jamás con nadie una política de convivencia"

La de la Administración Santos fue obra de extraordinaria intensidad constructiva que no echó atrás ninguna de las reformas de la Administración López Pumarejo. La fiscal la había propiciado en el Senado y la constitucional la refrendó como presidente de dicha corporación. Pero su tesis central era la de la convivencia, emulación franca entre las colectividades políticas y los grupos, sobre la base de que debía haber partidos fuertes y organizados.

Recordando una vez más la trágica peripecia española, no creía en el juego de los partiditos, de las pequeñas alianzas, de las coaliciones frágiles, sino en un partido vigoroso y grande que respondiera por las actuaciones del Estado, lo inspirara y respaldara.

Si hubiera conocido los movimientos antipartidos de ahora, con la vehemencia que en el fondo lo animaba no habría vacilado en protestar y en levantar una enseña, la enseña liberal templada y fertilizada en las lides democráticas. Desde luego, sin la mancha de los compadrazgos, de la corrupción y el clientelismo y de cuanto envilece y ha envilecido la política colombiana.

En discurso de homenaje a su máximo arquetipo de gobernantes, el general Francisco de Paula Santander, autor del lema de libertad y orden en 1.834, expresó en su bella prosa: "Tristes glorias las que navegan en mares de lágrimas o se destacan sangrientamente sobre las ruina de los pueblos sacrificados; ¡pobres glorias las que tienen como pedestal la ajena desventura e inmolan a los ídolos de la destrucción la suerte de infinitos seres humanos, sin ofrecerles otra compensación que el irónico homenaje a los desconocidos!" .

Sello propio y lealtad a las convicciones

Hizo Eduardo Santos un gobierno profundamente liberal, netamente liberal. Por claras razones, sin embargo, no podía haber coincidencia perfecta con el anterior, siendo tan definidas y diferentes las personalidades de sus jefes y habiendo recibido ambos el voto popular a cuanto encarnaban y significaban. No en vano, siendo ya expresidente Alberto Lleras escribió en la revista "Semana", por el mes de Enero de 1947, que Alfonso López Pumarejo creía siempre tener la razón contra todo el mundo y Eduardo Santos creía ser la razón.

Había, pues, entre estos dos grandes conductores discrepancias de estilo y temperamento, pero no menos entusiasmo y ardor en sus convicciones. Erróneo e inexacto es afirmar que Eduardo Santos se propusiera parar la revolución en marcha y retroceder. Eso es lo que quería la subversión conservadora y, a la postre, lo logró. Fuera de que si una revolución en marcha no se estabiliza, corre la suerte de la Cultural de Mao en China.

Por supuesto, Eduardo Santos estuvo en desacuerdo con la tesis del gobierno beligerante y por ello mismo optó por establecer la convivencia democrática. Probablemente, si su espíritu se hubiera mantenido, no habríamos llegado luego a la catástrofe que siguió a la derrota electoral de 1.946 por la división inconciliable de dos grandes jefes, Gabriel Turbay, C curtido estadista de mente clara y cuerpo entero, y Jorge Eliécer Gaitán, caudillo de arraigo popular y muy distinguida trayectoria académica.

Hay un episodio desconocido que a estas alturas me atrevo a revelar. Cuando nos hallábamos en el crepúsculo de la Administración Liberal, siendo Presidente Alberto Lleras y habiendo gabinete de colaboración conservadora, viendo cómo podría llegarse a algún avenimiento entre las grandes corrientes contrapuestas, la legitimista de Gabriel y la revolucionaria de Gaitán, el expresidente López Pumarejo trató de intervenir y echar su cuarto a espadas, saliendo de su retiro, tras haber entregado su corona de oligarca en famoso discurso en el Teatro Municipal. Un día fue a visitar al Presidente de la República, Alberto Lleras.

De despedida, pasó a mi oficina de Secretario de la Presidencia y me dijo: "qué opina usted, Abdón, que me voy a atajar a Eduardo Santos en Barranquilla, a su regreso de Nueva York; en este momento, es la única solución del Partido Liberal y del país". Era su fórmula de salvación, antes de considerar cualquiera otra, como posteriormente lo fueron la candidatura de tercería y la candidatura de frente nacional. Nadie puede pensar que una persona de las calidades y la soberbia de López fuera a proponer que Eduardo Santos repitiera Presidencia si le imputaba haber traicionado ciertos ideales o echado a pique su revolución en marcha.

Eduardo Santos sí le puso atento oído a la propuesta de López. En efecto, habló primero con Gabriel Turbay, quien estaba convencido de la oportunidad y la justicia de su turno, y enseguida con Gaitán , quien había sido su ministro de educación y, a pesar de las discrepancias conceptuales, era su ahijado de bodas. A ver si era posible un entendimiento o una solución diferente de ellos mismos. Al recibir categórica negativa de Gabriel y, después de consulta multitudinaria en el Municipal, pronunciarse Gaitán en el mismo sentido, se sintió relevado de responsabilidades, hizo mutis por el foro y adhirió a la candidatura legitimista de Gabriel, que estatutariamente era la del Partido Liberal. Lo demás es historia sabida.

Segunda Guerra Mundial

Le correspondió al presidente Eduardo Santos uno de los períodos más difíciles que pueda vivir un pueblo: el de la Segunda Guerra Mundial. Por su causa se desplomó el precio del café, cayeron las demás exportaciones, se nos cerró el mercado europeo, y, poco después, se restringieron también las importaciones. De inmediato exclamó: "Colombia es neutral, pero no indiferente". Su corazón y su inteligencia estaban desde el principio entrañablemente del lado de Francia, invadida por las tropas nazis. Por la democracia vibraba. Porque como de él dijera Ricardo Uribe Escobar, era hombre hecho de libertad y, en esa condición, no demoró en tomar partido contra los totalitarismos agresores. Contra Hitler, Mussolini, Franco. En su sentir, Colombia se apuntó, desde el 20 de Julio de 1.810, a la carta suprema de la libertad y la democracia. En Diciembre de 1.941, a raíz del ataque nipón a Pearl Harbour, sintetizó su pensamiento en esta frase de Abraham Lincoln: "Podemos salvar y salvaremos noblemente todo lo que mezquinamente podríamos perder".

Consecuancias y políticas económicas

Las consecuencias económicas de la guerra se precipitaron en grande. Se desplomaron los precios del café que constituía cerca del ochenta por ciento de nuestras exportaciones, se cerró el mercado europeo, cayeron las otras ventas al exterior, en ultramar se restringieron nuestras importaciones, colapsó el impuesto de aduanas e irrumpió la crisis fiscal. Por fortuna, el gobierno y el país contaban con un joven y óptimo ministro de Hacienda, Carlos Lleras Restrepo. Con su asistencia y dinamismo se afrontaron, sortearon y superaron las situaciones críticas derivadas del tremendo conflicto, se evitó una revaluación traumática, se otorgó prima a los cultivadores cafeteros, se gestionó el Pacto Interamericano de Cuotas y se crearon gravámenes para las compra de la cosecha no vendida o retenida.

Contrarrestar la tendencia depresiva, generar empleo y suplir los materiales escasos fueron preocupaciones primordiales. No sólo se organizaron las importaciones, racionadas en el exterior, sino se procuró suplir la escasez de artículos esenciales. Con este objeto, se estableció el Instituto de Fomento Industrial, llamado a bregar por la sustitución de importaciones y el ensanche de la producción nacional, primeramente de llantas para atender a los apremios del transporte. Asimismo, se fundó el Instituto de Crédito Territorial y se le dotó de rentas para promover inicialmente la vivienda campesina y a renglón seguido la obrera. ¿Con qué fin inmediato? Con el de crear empleo para aminorar las adversas repercusiones de la guerra, conforme lo explicaron el presidente Santos, que no era economista sino humanista, y el idóneo ministro Lleras Restrepo, a quien ciertos tecnócratas pretenden cubrir con el calificativo desdeñoso de seudoeconomista.

Dentro de igual línea de pensamiento, se estableció el Fondo de Fomento Municipal, sin burocracia ni mayores gastos administrativos, para dar agua potable, escuelas, hospitales, plantas eléctricas a los núcleos desamparados.

Imagínese que, en aquel tiempo, tan sólo el uno por ciento o sea trece de los 807 municipios disponía de acueducto que mereciera el nombre de tal. El 69 por ciento o sean 559 carecían por completo de él.

El Fondo originalmente fue una cuenta dependiente del Ministerio de Hacienda, con recursos propios, aportes del Presupuesto Nacional y aportes de los departamentos y municipios. En lugar de cerrar hospitales como ha sido la propensión neoliberal de última moda, se multiplicaron por esos años los puestos de salud, los locales escolares y, en general, las obras para ocupar brazos y satisfacer necesidades sociales.

Yo mismo, cuando fui ministro y recorrí al país, expresé al doctor Eduardo Santos cuánto me había impresionado encontrar en las capitales de los departamentos edificios nacionales construidos durante su administración, siendo como eran tan escasos los recursos. Sí – respondía- pero había que hacerlos. Como le hizo el estadio a Bucaramanga. Que, por cierto, más adelante fue bautizado con el nombre del presidente López Pumarejo. ¿Por qué? ¿Para qué? Para fomentar el deporte, pero primariamente para crear empleo.

Yo vi, con mis propios ojos al presidente Santos en sus visitas a mi tierra bumanguesa, a donde iba cuatro a cinco veces por año, inspeccionando con celo patriótico las obras, como si fueran de su propia casa. Fue así como recortó las proyecciones originales de ese estadio, arguyendo que no quería repetir la extravagancia del Foro de Mussolini en Roma, menos en una ciudad de escasos sesenta mil habitantes. Aunque aterciopelada, tenía el presidente Santos la "libido imperandi" y se complacía en ejercerla.

Era, entre muchas, una obra resplandeciente para crear empleo, para resolver sobre la marcha un problema social, con óptica distinta de la de los tecnócratas neoliberales que han provocado la mayor devastación económica de la historia colombiana, sumido en la pobreza al sesenta por ciento de la población y arrebatado a once millones de compatriotas el único activo de que disponen: su fuerza laboral. En esos tiempos que desde el Sinaí de cierta técnica pretenciosa se miran con desprecio, se trabajaba por el empleo, por la vivienda de las clases menos favorecidas, por el agua potable, por el alcantarillado, por la escuela, por los hospitales.

A esa obra en realidad admirable pude asomarme en el ocaso de la Administración Santos gracias a que, por buen estudiante, fui nombrado por mi profesor y a la sazón ministro de Hacienda, Carlos Lleras Restrepo, en mi quinto año de Derecho y Ciencias Políticas, contador primero de estadística en ese Despacho. Ahí empecé a conocer muy a fondo a Carlos Lleras Restrepo y a trabar una amistad que habría de durar toda la vida. Se preciaba él, singularmente, del arreglo afortunado de la deuda externa, cuyo servicio se había suspendido en 1.932, deuda representada en bonos poseídos por numerosos tenedores, y no vacilaba en destacar la eficiencia, el tacto y la integridad moral de otro de sus artífices, Gabriel Turbay, en su calidad de Embajador en Washington.

"Fe y dignidad" ante la persecución

Pero terminemos la remembranza de la figura del doctor Eduardo Santos, con la cual estuve familiarizado desde cuando frisaba los ocho años y, mucho después, por haber sido su apoderado general durante más de tres lustros en circunstancias especialmente turbulentas y compartido sus luchas desde la tribuna de "El Tiempo" como co-editorialista, subdirector y gerente de ese periódico.

Repasando esa época de terrible perturbación e inquietud, emocionadamente evoco los días azarosos de la Convención del Teatro Imperio, cercado su recinto de esbirros hostiles y de gentes ansiosas de ver como se cobraban las cabezas cimeras de los liberales. El presidente de esa convención fue el doctor Eduardo Santos. El director del partido era el doctor Carlos Lleras Restrepo. Me constan la tranquilidad de espíritu, la decisión heroica, la impavidez de ambos ante el peligro. Santos había lanzado su consiga de "fe y dignidad" para cerrar el paso a las deserciones y colaboraciones codiciosas. Como heraldo, guardián e intérprete lo acompañaba Lleras Restrepo en la política así trazada, que si no hubiera existido quizá habría desaparecido el Partido Liberal.

Aun en medio de la insistente prédica de la paz por la Dirección Liberal, pagamos su precio en la destrucción de las casas de los jefes liberales ( (López y Lleras) y de las sedes de los periódicos liberales por los agentes del Gobierno. La de EL TIEMPO me dolió en el alma porque ese día yo estaba en su comando y debí ocuparme de su resurrección.

Fue una página de honor, una más en su historia hazañosa, que al Partido Liberal incumbe recoger en su altivez, firmeza y diafanidad. Cómo no volver sobre estos pasos de desprendimiento, generosidad y defensa irreductible de las libertades públicas, cuando el pendón era nada menos que la Carta Universal de los Derechos Humanos, invocada sin cesar para proteger a la gente perseguida, acosada y, muchas veces, aniquilada.

Se afirma que fue una contienda para ver quien se tomaba el poder y quien lo retenía, algo así como una guerra civil no declarada. Falso. Fue una cruzada de exterminio, emprendida aquí desde el poder, a semejanza de la sangrienta del General Francisco Franco en España. Hasta el punto de que todo portador de alguna prenda roja se exponía a atropello implacable, si no a perder la vida. A mí mismo se me manifestó que personalmente no le caía mal al Gobierno y que mal haría en seguir poniéndole el pecho a una cruzada que como la de la Península Ibérica habría de conseguir su objetivo.

Eduardo Santos conocía mejor que nadie la naturaleza y los fines de esa operación y, por eso, quiso mantenerse en el puente de mando, corriendo todos los peligros. De tal manera que cuando fueron arrasadas las instalaciones de "El Tiempo" siendo yo su director encargado, por ausencia del titular Roberto García-Peña, el 6 de Septiembre de 1.952, me ofreció desde París respaldo, asistencia y estímulo infinitos, hasta el extremo de autorizarme a vender lo que le restaba, incluso dos casas de Lorencita, para mantener viva y erguida la llama de "EL Tiempo". ¿No es ello grandeza, desprendimiento? No podía estar a nuestro lado por la grave enfermedad de su señora, pero nos asistió con su inteligencia alerta, con su corazón conmovido e indignado, con su carácter granítico.

Resistencia a la arbitrariedad

Más adelante vino el enfrentamiento con el presidente Rojas Pinilla, veterano como él era en esta clase de conflictos, aunque no de gravedad siquiera parecida. Siendo joven de alrededor de treinta y cinco años, el presidente Marco Fidel Suárez lo hizo llevar a su despacho para que le explicara la razón de haberlo llamado cínico. En crónica deliciosa refirió Eduardo Santos cómo fue la primera vez que se vio coaccionado desde el Poder, conminado a retirar sus palabras y amenazado a sufrir las represalias a que hubiera lugar conforme a derecho. Al fin, la cosa no pasó a mayores. El señor Suárez se cayó antes de que pudiera cumplir sus designios.

Pero vino el General Rojas Pinilla y hubo un problema de principios indeclinables, de ideas fundamentales. "El Tiempo" nunca fue periódico de compadrazgos, ni de camarillas, ni de directorios políticos. Con plena autonomía realizó su misión liberal y democrática, según su leal saber y entender. Pero en esta oportunidad fue atropellado y las libertades públicas desconocidas porque el director, Roberto García-Peña, no accedió a rectificar los conceptos expresados en un telegrama.

De inmediato, el doctor Santos viajó de París a Bogotá, con escala en Nueva York, a donde yo salí a encontrarlo por indicación suya. Sólo me preguntó por qué no había asumido la dirección siendo su apoderado general. Le expliqué que por haberlo creído inútil y no se volvió a hablar del asunto. Asumió entonces la defensa ardorosa de las libertades públicas y de "El Tiempo " y escribió la página colombiana de su género más memorable desde el Memorial de Agravios de don Camilo Torres. De cómo sabe vivir y morir un periódico libre con su capitán en el puesto de mando, sin renegar de su ideología, de sus tesis ni de sus actos. Documento de arrogancia desafiante, de protesta contra el desafuero, de reto y acusación, de dialéctica incontestable y alto vuelo intelectual.

Cayó el general Rojas Pinilla. Y "El Tiempo resurgió y volvió a vivir, mutilado unas veces, reprimido otras, pero luchando y jugándose el pellejo bajo el estímulo de la inspiración liberal y democrática que lo alentaba.

Personalidad y turno de Carlos Lleras Restrepo

Paso ahora al presidente Carlos Lleras Restrepo, ya sin referencias circunscritas a sus conocimientos en hacienda pública y economía, comprobados como fueron en su actuación felizmente repetida de ministro del ramo y de asesor del Banco de México.

Aunque complementaria de la de Eduardo Santos en anteriores ocasiones, era la suya personalidad muy distinta, con rasgos muy definidos, propios y peculiares. Un Lleras de pura sangre: fogoso, impetuoso, combativo, impulsivo, ardiente y, a veces, intransigente, como de su abuelo Lorenzo María Lleras decía Alberto Lleras.

Una anécdota ilustra la formación de su carácter. Invitado su padre, el profesor Federico Lleras Acosta, a matricularlo en el Gimnasio Moderno, se negó a hacerlo por el temor de que lo volvieran ecuánime. Ni quiso serlo ni lo fue nunca. Los privilegiados dones de su inteligencia eran los encargados de frenar o de acompasar los ímpetus de su temperamento.

Winston Churchill fue su arquetipo por largo tiempo. No en vano el retrato de Osuna en la Sociedad Económica de Amigos del País, una de sus criaturas predilectas, refleja esos rasgos. Le entusiasmaban su temple, su audacia, su activismo, su combatividad. Tanto que solió llevar eterno cigarrillo en los labios mientras la salud se lo permitió y adoptar actitudes similares a las del estadista británico. El fallecimiento prematuro del padre de este lo traía a cuento para explicar su impaciencia de llegar a la cúspide presidencial antes de sufrir frustración y desenlace análogos.

Le seducía que Winston Churchil hubiera hecho historia y él mismo la hubiera escrito. Ni en lo uno ni en lo otro se quedaría atrás. Le apasionaban los atributos y las arduas disciplinas del gobierno y lo animaba laboriosidad infatigable en el ejercicio del poder, pero a la vez se solazaba en la poesía de diversas lenguas y en la prosa de raíces clásicas. De su puño y letra escribía páginas interminables, precisas, directas, no pocas con finas y discretas galas literarias.

El creador de instituciones, el gobernante, el legislador y el escritor de raza convivían en su alma y movilizaban sus energías. Tenía reflexiva e irreprimible propensión al escrutinio de las realidades y problemas nacionales, yendo al meollo de cada cosa, lejos de superficialidades y generalidades, con la misma precisión inquisitiva con que su padre examinaba las bacterias en su microscopio.

Salido de la universidad con su diploma de doctor en derecho y ciencias políticas toma bien pronto el camino de la política, con la cual había tenido contactos cuando por voluntad del doctor Eduardo Santos trabajó en "El Tiempo", casi niño aún, por el año de 1.925. También por la experiencia de su padre en el Concejo de Bogotá, donde desplegara sus talentos y sus iras magníficas y tuviera por compañeros a Alfonso López Pumarejo, Eduardo Santos y Laureano Gómez.

No quiso asumir Carlos Lleras Restrepo el tono grandilocuente y florido en boga por esa época. No obstante haber sido poeta en agraz, tempranamente tomó la ruta de la economía que había aprendido en el texto de Gide y Rist, de los presupuestos públicos y de la reforma agraria en Cundinamarca, cuando fuera secretario de Gobierno del gobernador Miguel Arteaga.

Como representante a la Cámara, le correspondió, ni más ni menos, la ponencia de la reforma tributaria, propuesta por el gobierno del presidente Alfonso López Pumarejo. Elegido por esa corporación Contralor General de la República, a la estadística consagró sus vigilias, publicó excelente libro sobre la materia y adquirió una afición que habría de cultivar toda la vida. Se disciplinó en esa ciencia, promovió las geografías económicas regionales, conoció a fondo el país y se mantuvo rigurosamente en el plano de la técnica. Excepto en un ruidoso debate contra el ministro de Guerra, Plinio Mendoza Neira, de cuyo furor y acritud, muy de su estirpe, habría de arrepentirse en el ocaso de su existencia.

De la Contraloría hace el tránsito al Ministerio de Hacienda al acceder Eduardo Santos a la Presidencia de la República. De antaño lo conocía y conocía la seriedad y responsabilidad de su trayectoria pública. Apenas había cumplido 30 años. Es su gran reto, al cual responde con entero lucimiento y el aplauso de la nación, enfrentado a las dificultades económicas de la segunda guerra mundial. Ni grandilocuente, ni peleador, antes bien tranquilo y sereno, en ese período con talante muy santista, no se ve envuelto en las agrias pugnas parlamentarias. No se altera, no se exacerba, discurre en tono menor, expone objetivamente las cosas, las documenta en cifras, y, de esta suerte, se gana el respeto del Congreso y del país. Como maduro hombre de Estado aparece y empieza a acariciar el sueño de escalar la máxima jerarquía.

Liderazgo Político

Faltaba conocer la garra indomable del conductor político. Con creces la demostró a la caída del Partido Liberal y, más que todo, a la muerte de Jorge Eliécer Gaitán, cuando recogió la bandera ultrajada y asumió el liderazgo beligerante de la oposición en toda la línea. Lucha sin par por las libertades públicas y el orden jurídico, abolidos por la dictadura de fementido manto constitucional.

Como adalid del Partido Liberal y gonfalonero de la insignia de "fe y dignidad", no solo veló por la suerte de los copartidarios en desgracia sino que adelantó resonantes debates de acerba crítica y protesta encendida. Uno de ellos frente a nadie menos que Luis Ignacio Andrade, cuyo solo nombre infundía pavor. Debate durante la cual tuvo la osadía de formular la intrépida invitación a negarle el saludo a los conservadores solidarios con el despotismo, él que pertenecía, por lo Restrepo, a una familia de cepa conservadora.

Sin detenerse ante los riesgos, con claro sentido de las circunstancias, supo mantener enhiesta la bandera liberal. ¿ Por quienes? Por los perseguidos, por los humillados, por las víctimas de la violencia oficial, por cuantos sufrían la negación de su derecho a profesar y expresar sus convicciones.

Fruto delictuoso de esa situación fue el asalto devastador a su casa de habitación el fatídico 6 de Septiembre mientras se daba una fiesta por el cumpleaños de una de sus niñas. La policía, primero sin uniforme y luego con él, redujo a pavesas su bella casa, su biblioteca, sus preciosos archivos. El mundo se le derrumbó y, ante el terrible peligro, debió tomar el camino del exilio, a México. Donde el presidente del Banco Central le abrió sus puertas y lo hizo su asesor técnico. En un encuentro casual en París, pude verlo consiguiendo libros sobre cuentas nacionales en su celo por cumplir cabalmente su función.

Cuando suena la campana de la reconciliación y del Frente Nacional, no titubea en ponerse al servicio entusiasta de esa política y de su jefe, Alberto Lleras, que a nombre del Partido Liberal actúa. A mí mismo me correspondió acompañarlo en una gira por el departamento del Tolima, cuando tampoco se podía pescar de noche, en favor del plebiscito de 1.957, llamado a sellar la restitución del orden jurídico.

Sociedad más prospera, justa e igualitaria

Durante la Administración Valencia no cabe duda de quien será su sucesor. Le tocaba el turno, como antes se decía. ¿Con qué banderas? Con la de una sociedad más próspera, justa e igualitaria, con la de la transformación nacional, con la de la economía de abundancia y la equidad social.

La marcha hacia la sociedad más igualitaria –explicaba- suponía ir colmando los abismos que separan a las clases marginadas del resto de la sociedad colombiana y, dentro de este orden de ideas, conceder primacía a los factores que caracterizan ese fenómeno. Sin perjuicio de la propiedad privada y la libre empresa –advertía- evitar que los mecanismos económicos funcionen a favor de una creciente concentración de la riqueza y el ingreso, promover cambios en su distribución y canalizar recursos para crear, con el progreso sustancial de la educación y la salud, reales oportunidades de mejoramiento.

En su mensaje presidencial de 1.969 precisó cómo se adelantaba la campaña, metódica y coherente, contra el marginalismo, en la actualidad denominado exclusión social.

Los siguientes eran los elementos esenciales: campañas de promoción popular y acción comunal; organización de los usuarios de los servicios rurales; apertura de vías hacia las tierras de colonización; reforma agraria en sus diversas manifestaciones; reformas impositivas y combate contra la evasión y el fraude fiscales; plan nacional de salud, con inclusión de suministro de drogas a precios muy económicos y grandes campañas de saneamiento ambiental, vacunación y asistencia médica y hospitalaria; extensión de la seguridad social a una población más numerosa y para cubrir más riesgos; construcción de viviendas en escala nunca antes superada; multiplicación de los centros de aprendizaje y creación de carreras intermedias; política económica internacional caracterizada por la defensa del precio de los productos básicos, la integración regional y la complementación económica continental; préstamos abundantes para el fomento de la producción; promoción de nuevas industrias y lucha contra el desempleo por ese medio y por otros como el desarrollo de la construcción con amplio crédito hipotecario; énfasis en las labores del Instituto de Bienestar Familiar, constituido, organizado y madurado en su Administración; propaganda incansable a los ideales de la sociedad más igualitaria.

Todo esto enmarcado en un orden jurídico de fuerte raigambre democrática. En medio de su resistencia al despotismo, abrigó siempre el designio de desmontar los mecanismos de que se había valido para instaurarse con falaz ropaje legal.

Regresar a la institucionalidad en toda su plenitud, sin correr el riesgo de que, con cualquier pretexto, volviera a quebrantarse. Y sustituir la legislación del estado de sitio por otra tramitada y adoptada en el seno del Congreso. Así se estableció en la reforma constitucional de 1.968, expedida con su tenaz y vigoroso patrocinio, restringiendo la figura del estado de sitio a las situaciones de guerra o de conmoción interior ligadas a perturbaciones del orden público, e instituyendo el estado de emergencia, a lo más por noventa días en el año, si sobrevinieran hechos que amenazaran perturbar en forma grave e inminente el orden público o social o constituyeran grave calamidad pública.

El afán de modernización en las diversas esferas corría parejas con el de consolidar el regreso a la normalidad democrática y su funcionamiento.

Viraje económico

A Colombia venía preocupándola que su escasez crónica de recursos de cambio exterior se hubiera erigido en el principal factor limitante de su desarrollo. A la zaga de la corriente de crecimiento del comercio mundial estaba. En efecto, mientras este se duplicaba entre 1.953 y 1.963, el país descendía de exportar alrededor de 586 millones de dólares en aquel año a poco más de 446 millones una década después. Fenómeno análogo había ocurrido entre 1.918 y 1.928. Pero no se había encontrado cómo superarlo, ni cómo sobreponernos a la absoluta dependencia de la comercialización del café, ni cómo poner en marcha la alardeada mística de exportaciones. Ahí debía haber un viraje radical, hacia fórmulas imaginativas y operantes. Compromiso de la Administración Lleras Restrepo era hallar y aplicar las soluciones válidas y efectivas.

La estrangulación exterior, precipitada y agravada por la actitud del Fondo Monetario Internacional, se convirtió en la ocasión propicia para enfrentar el conjunto del problema en sus causas e implicaciones. Colombia registraba por el año de 1.966 reservas internacionales negativas de 134 millones de dólares o sea que los pasivos exigibles excedían en esa suma a los activos y, por contera, la Federación Nacional de Cafeteros había transferido al Banco de la República, por debajo de la mesa, 124 millones de dólares de empréstitos conseguidos por ella en el exterior. Semejante situación crítica se mantenía en secreto por el temor de que, a través del mercado libre de dólar, se fugaran las escasas disponibilidades que restaban para el movimiento regular del comercio exterior.

Dentro del sistema de cambios múltiples se trabajaba, con ajustes para corregir desequilibrios y distorsiones irritantes, aunque sin recursos para sostener la amplia liberación de importaciones al fallar el desembolso puntual de los préstamos de programa de la A.I.D, sujetos a la luz verde del Fondo Monetario Internacional, como su mismo esquivo crédito de contingencia. Referida a la consecución de determinadas metas cuantitativas, específicamente en materia de reservas netas internacionales, se suspendió abruptamente al no alcanzarse esta meta por una baja súbita de los precios del café.

Desde el mes de Septiembre del año susodicho, en mi condición de ministro de Hacienda y Crédito Público (lo fui durante los cuatro años de la Administración Lleras Restrepo) había manifestado privadamente en Washington a Sam Eaton, asesor del presidente Johnson, que si se interrumpían los empréstitos echaríamos todo a la cesta de los controles. Como inquiriera el significado de la palabra todo, le indiqué que importaciones y cambios internacionales. Con asombro y cortesía, pero seguramente con escepticismo, recibió la cordial advertencia, sin prometer nada aunque sin ocultar amablemente su estupor y disentimiento.

Tras muchos forcejeo e intercambio de comunicaciones, el emisario del FMI, Raymond Frost, me notificó que ahora la posición era más drástica: devaluación (traumática a un determinado nivel) o bloqueo de los créditos externos. Pedí 24 horas para responder mientras hacía la consulta de rigor al presidente Lleras Restrepo, a esas horas de visita en Sumapaz. Tomó él el asunto con la responsabilidad, el aplomo y la celeridad que el caso requería e incluso tuvo el cuidado de sondear el concepto del Embajador de Estados Unidos.

Reunidos estos elementos de juicio, convocó al Consejo de Ministros, donde a conciencia de la gravedad de la cuestión se rechazó la exigencia del Fondo y, de inmediato, se procedió a expedir el decreto mediante el cual se estableció el control de cambios e importaciones. Era menester tender este cordón defensivo y precautorio antes de que se filtrara la noticia de la vulnerabilidad cambiaria y financiera de la nación. No fue, pues, un arrebato temperamental, sino un acelerado proceso de reflexión y determinación el que llevó a tomar estas medidas de emergencia. Había, como en la frase célebre del presidente Eduardo Santos, "luz en la poterna y guardián en la heredad ".

Al día siguiente, a las 8 a.m., di la respuesta oficial al ultimátum del emisario del FMI, quien era a la vez funcionario del Banco Mundial. Se me preguntó cómo era posible que contestara con cañones (el establecimiento del control de cambios e importaciones) a una propuesta sometida a nuestra consideración. Porque no era simple y desprevenida propuesta. Era exigencia perentoria y muy azarosa que si hubiéramos aceptado no habría arrojado beneficios sino arruinado y desestabilizado la economía y surtido peligrosas consecuencias sociales. Tanto más cuanto no habíamos concluido el saneamiento del fisco y del Fondo Nacional del Café.

Corrimos así el riesgo de que se nos suspendieran los créditos externos y del inevitable retraso en el pago de mercancías, fletes y remisión de utilidades al exterior. Gracias a la repatriación de capitales y al manejo preventivo de las importaciones, abolida como fue su liberación, a los seis meses el país se había puesto al día en el cumplimiento de sus obligaciones comerciales y financieras.

No en vano un año después recibíamos el espaldarazo y el aplauso del director del F.M.I , Pierre-Paul Schweitzer, que de esta suerte nos compensaba del rudo, receloso e impositivo tratamiento anterior. Eso les pasa a quienes obran de acuerdo con su conciencia, aun cuando la técnica de moda los incite a contrariar y sacrificar el interés nacional y a provocar la recesión y el desempleo, como con posterioridad los hemos experimentado.

Piezas maestras y auge consiguiente

¿Cuál el instrumento institucional? El decreto 444 de 1.967, expedido en uso de las precisas facultades de la ley 6ª del mismo año, en virtud del cual se estableció el régimen de cambios internacionales y de comercio exterior para promover el desarrollo económico y social y el equilibrio cambiario a través de los siguientes medios: fomento y diversificación de las exportaciones; aprovechamiento adecuado de las divisas disponibles; control sobre la demanda de cambio exterior, particularmente para prevenir la fuga de capitales y las operaciones especulativas; estímulo a la inversión de capitales en armonía con los intereses generales de la economía nacional; repatriación de capitales y reglamentación de un nivel de reservas suficiente para el manejo normal de los cambios internacionales.

No todo fueron controles para el manejo de la crisis de una economía de recursos escasos, sino también incentivos para incrementar y diversificar las exportaciones. Lo comprueba el resultado de haber dejado atrás la monoexportación cafetera y de haber multiplicado las exportaciones menores hasta representar hoy la mitad del total exportado: entre cinco y seis mil millones de dólares.

Con la ventaja inmensa de haber movilizado conocimientos, energía y mano de obra al mismo tiempo que se vencía la estrangulación exterior y se garantizaba al país un ingreso de divisas adecuado a las necesidades del desarrollo. Al fin y al cabo, era el objetivo. El ágil, compacto y eficaz organismo de Proexpo, creado por el decreto 444, fue la llave maestra para franquear la puerta hacia fuera.

La idea de la economía de abundancia no era divisa huera. Sistemáticamente se la prohijó, impulsó y encauzó. Nosotros mismos, en el seno del gobierno, nos sorprendimos de la rapidez con que la economía respondía a los estímulos, especialmente en los cultivos de pan coger. No disponiendo todavía de la red de silos programada, el gerente del Idema hubo de bregar por almacenar los sobrantes ocasionales incluso en las iglesias rurales y salir a los mercados del exterior a colocar de urgencia los variados y copiosos excedentes de las afluentes cosechas.

La verdad es que bajo el mando y la guía del presidente Lleras Restrepo se pudo lograr un crecimiento sólido, estable y duradero de 6.5 por ciento promedio anual con tasa de inflación de no más del 7.5 por ciento anual. En la Administración Valencia, esta había sido de 18.5 por ciento. Con tales hechos se demostró la viabilidad de combatir y bajar drásticamente la inflación sin perjuicio de impulsar el desarrollo y de llevarlo por encima de los niveles usuales. De seguir así, no parece temerario imaginar que quizá habríamos podido emular con el crecimiento económico de Corea del Sur. Con razón se le ha llamado la edad de oro de la economía colombiana.

Integración regional y nacional

Preocupaba al presidente Lleras Restrepo la estrechez del mercado nacional y buscaba ampliarlo al Grupo Subregional Andino como pieza preliminar de la integración regional y continental. Era la manera de ensanchar los consumos y de promover la producción en serie y el abaratamiento de sus costos.

Por el año de 1.959, se había publicado en París un libro en el cual se denunciaba la profusión de industrias de una misma línea volcadas sobre los consumos muy limitados de Chile, circunstancia que encarecía los costos y generaba precios comparativamente exagerados. Éramos microcosmos. De ahí el propósito de extender económicamente las fronteras para tener economías más vigorosas, más integradas y con mayor poder adquisitivo.

El de la creación del Grupo Subregional Andino fue el primer paso en el gobierno del presidente Lleras Restrepo. Ulteriormente, se empeñó en las preferencias generales y no recíprocas a escala continental. Por cierto, Raúl Prebisch, con los argentinos y los chilenos, se opuso a esta proposición aduciendo que acentuaría la dependencia de Estados Unidos. Como más vale tarde que nunca, al fin la idea se realizó y, además, se nos hizo partícipes las preferencias de Europa al Africa, en recompensa por los esfuerzos contra el narcotráfico.

 

 
 
INICIO
QUIENES
SOMOS
NOTICIAS
EVENTOS
REGISTRO
CONTÁCTENOS
Diseñado por: www.grafitel.com