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Nuestra Historia

Alberto Lleras, Estadista y Educador

 
     
 

De Lleras se sabe --y se ha dicho hasta la saciedad-- que fue un escritor precoz, un pensador agudo, un político de larga visión y un gobernante modelo, para mencionar sólo algunos aspectos sobresalientes de su personalidad. Poco se ha hablado, en cambio, de su carácter de educador, que lo fue en todo el sentido de la palabra. Un educador cívico, cuyo magisterio evitó a Colombia más de una catástrofe (para aludir a la frase de Wells) y la ayudó a encontrar la salida en varios de los momentos más oscuros de su historia.

Lleras heredó de su estirpe la vocación por la enseñanza: su abuelo, Lorenzo María Lleras, fue el maestro de toda una generación de bogotanos, incluyendo a sus numerosos hijos, que se educaron en el Colegio del Espíritu Santo, fundado por él; su padre y sus tíos siguieron la tradición, aunque sólo fuera esporádicamente, y el propio Alberto Lleras ejerció el oficio, como su hermano Felipe, antes de optar por el periodismo y la política.

La calidad de educador imprimió carácter en Lleras de tal manera que se extendió a toda su vida pública. Su trayectoria como escritor, diplomático y hombre de Estado, que culminó en las más altas posiciones públicas en Colombia y en la comunidad panamericana, fue un ejercicio pedagógico permanente.

Basta releer sus escritos periodísticos, discursos y documentos para hallar este hilo conductor que guió el pensamiento y la acción de Lleras a lo largo de su vida: una obsesión, podría decirse, por transmitir a sus compatriotas y a todos los americanos la cátedra fundamental de la democracia, la libertad, el espíritu cívico y el respeto a los derechos humanos.

De la Colonia a la República Liberal

Algunos políticos y gobernantes son recordados por las obras físicas que impulsaron o realizaron. Sus prestigios se miden por kilómetros de carreteras, toneladas de cemento o millones de dinero invertido. En las distintas funciones públicas que desempeñó y, sobre todo, en la Presidencia de la República, Alberto Lleras hizo obras materiales, algunas memorables, pero ellas no fueron su principal aporte al desarrollo de la nación.

En un país que antes de 1930 todavía "olía a Colonia española", según sus propias palabras, Lleras saltó de las aulas escolares al periodismo y la política para unirse a la insurgencia civil contra el anacrónico régimen conservador. Una insurgencia encabezada por Alfonso López Pumarejo, que rompió la resistencia hasta entonces invencible del establecimiento retardatario y abrió el camino para la mayor transformación política, social y económica que ha experimentado Colombia en toda su historia.

En ese país que carecía de leyes sociales, de representación popular, de sufragio efectivo, de equidad tributaria, de justicia, como no fuera para los de ruana, y de verdadera conciencia política, Lleras ejerció, primero al lado de López y después en un puesto de mando que ganó por su peso específico intelectual y ético, un papel fundamental, sobre todo, por su carácter didáctico.

Para desempeñar esa tarea, no sólo en aquella etapa pionera sino más adelante, en otros momentos cruciales de la vida colombiana, Lleras estaba especialmente preparado por sus dotes innatas de escritor y orador. Gracias a ellas se convirtió precozmente en el colombiano que mejor uso ha hecho, en mucho tiempo, de la palabra escrita y hablada.

La fuerza de la palabra

Sólo con ella, con su palabra, Alberto Lleras llegó al corazón y la mente de sus compatriotas en momentos claves de la historia nacional durante más de medio siglo:

--en la campaña por la reconquista liberal del poder en 1930;

--en los históricos debates del Congreso que dieron paso a la primera ley de tierras, a la legislación laboral y a la reforma constitucional que consagró la función social de la propiedad en 1936;

--en la jornada golpista del 10 de julio de 1944, superada a pulso por un Lleras inerme con el uso del micrófono, que con la pluma fue una de las dos únicas armas que empleó en su vida;

--el 7 de agosto de 1945, al ascender por primera vez a la Presidencia en medio de la profunda crisis que precipitó la renuncia de López Pumarejo;

--diez meses después, al hacer el triste anuncio de la derrota liberal en las elecciones presidenciales, preludio de uno de los capítulos más oscuros de nuestra historia reciente;

--en 1949, al convocar al "partido de los patriotas" para poner fin a la violencia y la degradación en las que había caído Colombia bajo el nuevo y minoritario régimen conservador;

--en 1955, al bajar de "los riscos universitarios" de los Andes para iniciar el combate contra la dictadura de Rojas Pinilla;

--de allí en adelante, en una batalla de palabras contra Rojas Pinilla desde las tribunas de la prensa, batalla que no cesó hasta la caída del dictador en 1957;

--en 1958, el año de su fulgurante regreso a la Presidencia, donde continuó infundiendo a los colombianos, con su voz y su ejemplo, la fe en los principios democráticos y la confianza en los gobernantes legítimamente elegidos;

--y luego, desde Palacio o desde su casa, en la plaza pública o en los recintos cerrados, en la tribuna o en la prensa, sin dejar de estar presente en el escenario nacional mientras tuvo salud y fuerzas, hasta la campaña triunfal del liberalismo que llevó al poder en 1986 a Virgilio Barco.

Lleras movilizó a sus compatriotas en todos esos momentos cruciales esgrimiento principios tan elementales como valiosos, que por desgracia hoy brillan por su ausencia en el ámbito nacional: la convicción sobre la necesidad de los partidos, el derecho inalienable a ejercer la oposición, la búsqueda de una nación igualitaria, el respeto al carácter sagrado de los bienes públicos, la promoción de la educación y la cultura, el estímulo, en fin, de todo lo que se requiere para hacer de Colombia un país democrático y civilizado.

Cátedra internacional

La cátedra de Alberto Lleras no se limitó, por otra parte, al escenario colombiano. En los consejos y asambleas de la Organización de los Estados Americanos todavía se recuerdan sus exposiciones magistrales sobre el derecho internacional americano, y en particular sobre los instrumentos jurídicos que dieron origen a esa Organización, los cuales se forjaron con su directa y activa participación en los años en que prestó sus servicios a la comunidad hemisférica, primero como director de la Unión Panamericana y después como primer secretario general de la OEA.

Lleras se sintió atraído desde joven por los asuntos internacionales y en los años de la República Liberal representó a Colombia en eventos tan importantes como la Conferencia Interamericana de 1933 en Montevideo, la Conferencia de Consolidación de la Paz en Buenos Aires en 1936 y la Conferencia Interamericana sobre Problemas de la Guerra y la Paz reunida en México en 1945 (más conocida como la Conferencia de Chapultepec), donde se armó el acuerdo que conduciría tres años más tarde a la creación de la OEA.

Para entonces ya había sido embajador en Estados Unidos y dirigido la Cancillería. Luego iría a San Francisco, para representar al país en la reunión más importante del siglo, la que daría carta de nacimiento a la Organización de las Naciones Unidas.

Estos fueron los hitos en el camino que lo llevó, poco después de dejar la Presidencia de Colombia por primera vez, al cargo más importante en el ámbito de las relaciones interamericanas, donde dejó la marca indeleble de su palabra en numerosos escritos, que siguen siendo fuente obligada de referencia para quienes participan en los debates y las actividades de la máxima organización interamericana.

La arremetida neoliberal

Pero la magna tarea de Alberto Lleras fue la que realizó en Colombia, primero en los años de la Revolución en Marcha y después en los del Frente Nacional. Al evocar aquella primera etapa, da tristeza ver cómo se están desmantelando las grandes reformas políticas, económicas y sociales que él ayudó a impulsar, mientras se promueve una política que privilegia al gran capital, con el falaz argumento de que ella abrirá el camino a un hipotético crecimiento económico que no llega.

Se invierte tiempo y energías en deshacer lo que hizo el liberalismo, aliviando las cargas a los empresarios y eliminando los mecanismos protectores de los asalariados, con la teoría de que esto liberará energías dormidas y reactivará la economía. Mientras la cruda realidad muestra que lo que el neoliberalismo está creando aquí, como en tantos otros países del mundo, es un cuadro de desigualdades que hace años habían cedido terreno o desaparecido de Colombia.

Tal vez las nuevas generaciones de colombianos no han estudiado bien cuál fue el país que recibió aquella de la cual formó parte Alberto Lleras, y cómo lo transformó. No resisto la tentación de citar, sobre todo para beneficio de los jóvenes, esta descripción de la Colombia de entonces, hecha por Adán Arriaga Andrade:

"En el campo, al cual están adscritas más de las tres cuartas partes de la población activa, siguen imperando el mismo régimen feudal de la Colonia y los mismos sistemas de explotación agraria; el encomendero se llama ahora hacendado y el indio ha tomado el nombre de arrendatario o terrazguero pero la situación es idéntica.

Vastas extensiones cuya propiedad está amparada no por el aprovechamiento económico sino por el notario, el juez y el alguacil; peones desnutridos que han de sacar de su parcela, sin técnica, sin semillas, sin herranmientas y sin crédito, cuanto requieran para la vida de sus familias, y pagar el arrendamiento de la misma trabajando largos días en la semana, sin remuneración alguna, las tierras del amo... En las minas, jadea el negro esclavo, pese a su teórica emancipación, bajo el doble azote de la canícula y del capataz, o en jornadas agotadoras en las profundidades del socavón; deja en el 'comisariato' de la compañía o en la tienda del patrón las fichas representativas del jornal hipotético a cambio de unas varas de tela, unos cuantos víveres y una botella de aguardiente, y va a tirar su dolorida humanidad en la primitiva 'barbacoa' o en el piso del rancho... En los barcos fluviales, la escasa tripulación se mueve sin decanso de sol a sol, recoge en una escudilla los desperdicios de la comida del pasaje para saciar el hambre, y tiembla ante los caprichos del capitán omnipotente... En las ciudades no hay más ley del trabajo que el Código Civil; el obrero de la pequeña fábrica, la moza de café, el oficial de peluquería, el dependiente de almacén, el cajero de Banco, el cronista del periódico local, el profesor del colegio privado, el sirviente del hotel, el escribiente del notario, el tipógrafo, el albañil, se rigen por las normas que, desde Roma y Justiniano, pasando por Napoleón y Bello, regulan el clásico contrato de arrendamiento de servicios; mientras que el empleado público, objeto de la envidia de los demás trabajadores porque descansa todos los domingos y goza de un sueldo que, si pagado con varios meses de retardo, es bastante mayor que el del empleado particular, soporta en la oficina el lento martirio de la inseguridad, siempre en espera de la intriga adversa, de la 'reorganización' o de la crisis ministerial".

Parece mentira, pero algunas partes del texto anterior, escrito en 1946, podrían atribuirse a situaciones que el neoliberalismo está generando más de medio siglo después. Es algo que merece un serio análisis, al margen del tema de esta charla. Por lo pronto, y para circunscribirme a él, lo que quiero destacar es que Alberto Lleras fue protagonista, en su primera irrupción en la política, de la formidable tarea que se emprendió en Colombia cuando apenas habían transcurrido las primeras décadas del siglo pasado, para sacar al país del atraso, eliminar tan aberrantes desigualdades y establecer principios tan primordiales como el voto universal y directo, el derecho a la tierra, la libertad de asociación y las garantías sociales.

Contrario a lo que pregonan ahora los enemigos de esas conquistas, nada de eso creó desorden, inseguridad y mucho menos retraso en el desarrollo del país. Por el contrario, esos cambios progresistas contribuyeron a modernizar y a hacer más vivible la república. El desorden, la inseguridad, la violencia y el retroceso vinieron después, por cuenta de quienes no veían con buenos ojos la eliminación de los privilegios, como están volviendo ahora por cuenta de los reformadores al revés, que crean toda suerte de traumas económicos, sociales y hasta ecológicos.

Reivindicación necesaria

Infortunadamente, la vida de un hombre es un breve paréntesis en la de un país. Y cuando se extinguió la de Alberto Lleras en 1990, faltaron otras voces con poder semejante para defender todas aquellas banderas con eficacia parecida. Y algo más: también han faltado voces que recuerden lo que Lleras significó en la vida del liberalismo y del país y que reivindiquen su enorme contribución a nuestra aún precaria civilización política.

Al contrario, lo que ha ganado popularidad es cuestionar lo que hizo, por ejemplo, para restaurar la democracia cuando el país cayó en la dictadura. Abundan los juicios ligeros sobre el Frente Nacional que construyó con Laureano Gómez, como si aquella no hubiera sido una solución audaz, creadora y, además, la única posible para sacar a la nación del hueco negro al que la habían conducido largos años de represión, arbitrariedad y corrupción en las más altas esferas del poder.

Se habla sin saber, se sigue como borregos las opiniones de algunos pontífices que denuestan de los partidos políticos, sin advertir que no hay presente sin pasado, que el país, y en este caso el Partido Liberal, tienen mucho que rescatar de su larga y fructífera trayectoria antes de arriar sus banderas, languidecer en la burocracia o seguir cediendo espacio a las nuevas teorías tecnocráticas que están llevando al pueblo colombiano desde hace ya algunos años de frustración en frustración.

Hay una falla de fondo en la concepción de la democracia que se refleja claramente en lo que ha ocurrido en los últimos tiempos en el país: la oscilación del favor popular de un extremo a otro, al calor de sensaciones transitorias o expectativas ilusorias, en lugar de la consolidación de un sistema político de puertas abiertas, donde las distintas fuerzas sociales hallen expresión y se canalicen hacia metas de verdadero interés común.

Pero es que algo así sólo se consigue cuando un país tiene guías lúcidos y visionarios como Alberto Lleras, que no sólo sean capaces de vislumbrar la ruta sino señalarla a la nación entera. Eso hizo Lleras más de una vez, sobre todo en aquella etapa de su vida en la que condujo su otra gran empresa política después de la de la República Liberal: la de la lucha contra la dictadura, la restauración de la democraca y la preservación de la convivencia, antes, durante y después de su segunda Presidencia.

Cátedra democrática

En ese tiempo tan decisivo en su vida y en la de Colombia, Lleras hizo gala como nunca de su condición de maestro. Primero, para reorientar a una nación que había perdido la brújula, y hacerla comprender que nada bueno podía esperar mientras no cancelara el paréntesis que la había sumido en la arbitrariedad y el caos. Y segundo, para resucitar en ella el amor por la libertad.

Discursos como los que Lleras pronunció el 23 de septiembre de 1955 en el Salón Rojo del Hotel Tequendama, en defensa de la abolida libertad de prensa y en particular del clausurado diario 'El Tiempo'; o el 22 de octubre de 1956 en la Asamblea Nacional Constituyente, para oponerse al proyecto de 'reelección' de Rojas Pinilla; o el 9 de mayo de 1958 en el Teatro Patria de Bogotá, para definir ante los jefes y oficiales de las Fuerzas Armadas "el contrato de recíproco respeto" entre los militares y la sociedad civil, son exposiciones magistrales, que deberían leerse en las escuelas para mostrar a nuestros niños, en el lenguaje cristalino de un hombre que hablaba claro porque tenía las ideas claras, cuál es la diferencia entre la libertad y el vasallaje.

Y esto es para citar sólo tres ejemplos, pues en los años transcurridos desde entonces, hasta la última figuración pública de Lleras en la convención liberal que proclamó la candidatura presidencial de Virgilio Barco en 1985, fueron muchas los artículos periodísticos, documentos y exposiciones en los cuales continuó su tarea de guiar a los colombianos según los principios democráticos que encarnó durante toda su vida.

Es tiempo de releer y asimilar ese acervo, tan rico política y literariamente, y utilizarlo para revitalizar a un partido que hoy no es ni la sombra de aquel que hizo vibrar multitudes, desafió obstáculos que parecían insuperables y transformó la sociedad colombiana, gracias a la capacidad intelectual, el sentido histórico, el vigor ético y la voluntad de hombres como Alberto Lleras Camargo.

 

 

 
 
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